Sí, sí, ya sé que la Iglesia lo ha eliminado de un plumazo, pero estoy convencida de que el limbo existe. Tiene que haber un no-lugar, fuera del tiempo también, allá por los celajes, al que vayan a parar los propósitos a medias, los amagos, las intentonas, lo imperfecto, lo no terminado.
Allí estarían, seguro, todos los deseos no realizados, como el de mi hija,
con 8 años, bajándose de la guagua del colegio y diciéndome como quien ha visto
la luz: “Mamá, ya sé qué quiero ser de mayor: señorita de guagua”.
Estarían las
buenas acciones fallidas, como la de mi amiga Ana el primer día de clase en la
facultad, agarrando por el brazo, con cara de virtuosa, a un atónito compañero
“ciego” (con un ojo medio cerrado pero viendo perfectamente) y dejándolo
sentadito en su silla, hala.
Aparecerían allí todas las cartas perdidas y esos
e-mails kilométricos en los que cuentas a los amigos tu vida y costumbres y que
se pierden sin más por los aires límbicos sin que nadie sepa jamás adónde han
ido a parar; todos los besos no dados, no sólo los de amor, sino también esos
otros en que te acercas a saludar con los labios ya fruncidos como un piñón y
preparados para el besuqueo, y la otra persona no se percata y sigue a lo suyo
mientras tú te recompones como puedes; todas las palabras no pronunciadas, todas
aquellas que te tragas porque eres muy fina o no dices porque en ese momento no
se te ocurren con la contundencia que quisieras…
Estoy segura de que, si pudiera llegar al limbo, allí encontraría, por lo
menos, dos hechos concretos:
Uno es el del filósofo Hume que allá por el siglo XVIII escribió una sesuda
obra que él pensó que iba a ser el boom del siglo y que se la iban a criticar
por activa y por pasiva. Entonces preparó de antemano y minuciosamente todos los
argumentos que él contestaría si le decían esto o aquello. No le dijeron
absolutamente nada.
Y el otro hecho es personal. Imagínense, yo, de adolescente, en esa edad en
la que hasta rascarte la nariz te da vergüenza. Desde la guagua veo por la calle
a una amiga francesa que sé que se va a ir al día siguiente, y, sin pensarlo,
sacó medio cuerpo por la ventana y, ante la mirada perpleja de los demás
pasajeros, vocifero: “¡¡¡Orvuar!!!”. Y ella no me vio ni me oyó.
Diga lo que diga la Iglesia, tanta energía, tanto esfuerzo, tanta frustración
y tanto bochorno tienen que haber ido a parar a algún sitio. Vamos, digo yo.
(En la imagen, Virgilio y Dante en el Limbo. Divina Comedia de Dante, ilustración de Gustavo Doré)
(En la imagen, Virgilio y Dante en el Limbo. Divina Comedia de Dante, ilustración de Gustavo Doré)


