Ya que amablemente, desde los celajes en los que nos está contemplando, Jane
Austen ha accedido a prestarme su nombre y su rostro para este blog, justo es
que empiece esta serie sobre mis tres Jane favoritas por ella, una escritora
inglesa nacida en el siglo XVIII (como está claro nada más ver el modelito de la
foto, que no es lo último de la Pasarela Cibeles), que me ha deleitado,
divertido y entretenido con sus novelas muchas noches de mi vida.
De aquellos que la han leído, hay quienes se quedan con que sus novelas son
de amor. De pudorosos amores habría que puntualizar porque "besos besos" no se
ve ninguno. Y si a alguna, como Lidia Bennet, la hermana pequeña de Orgullo y
prejuicio, le da por fugarse con su galán, el oprobio, el escarnio y la
vergüenza caen sobre las cabezas de las demás, que ven disminuidas sus
posibilidades de casarse.
Porque eso sí, más que de grandes amores, sus novelas van de casarse, que no
es lo mismo. El inicio de Orgullo y prejuicio, su novela más famosa, así
lo proclama: “Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero,
poseedor de una gran fortuna, necesita casarse”. Y es que esa es
otra: no basta con casarse sino que hay que casarse bien. Y, cuando lo
consiguen, ¡ay, es como llegar a la Luna! La madre de Elizabeth Bennet, cuando
ella le comunica que va a casarse con Mr. Darcy, que tiene más dinero que el Tío
Gilito, exclama: “¡Elizabeth de mi corazón! ¡Una casa en la capital! ¡Todo lo
apetecible! ¡Diez mil libras al año! ¡Madre mía! ¿Qué va a ser de mí? ¡Voy a
enloquecer!”.
Otros lectores se quedan con las curiosidades (esos bailes tan alejados del
hip-hop…) y el complicado protocolo de una sociedad en la que marido y mujer se
dirigen uno al otro como señor y señora y en la que a la hermana
mayor no se la llama por su nombre como a las demás sino
señorita+apellido (y una siendo hermana mayor toda su vida, sin saber
que, de haber nacido en esa época, me hubieran correspondido tamaños
privilegios).
Pero, sobre todo, con lo que muchos nos quedamos es con la ironía con la que
trata a sus personajes. Debajo de esa puritana toca, yo me la imagino con mirada
brillante y media sonrisa mirando a su alrededor y vacilándose de todo el mundo.
Retrata personajes impagables: la Isabella de La abadía de Northanger,
coqueta, interesada e hipócrita, haciendo siempre lo contrario de lo que dice,
como cuando flirtea con dos chicos y “se hallaba tan lejos de desear atraer
su atención que sólo se volvió a mirarlos tres veces”; o el inteligente y
pasota Mr. Bennet de Orgullo y prejuicio que proclama “¿Para qué
vivimos sino para entretener a nuestros vecinos y reírnos de ellos a la
vez?”; o el clérigo Mr Collins, que se pasa tres pueblos de pelota y
obsequioso; o la quejica e hipocondriaca Mary, de Persuasión; o la
taimada Lucy, de Sentido y sensibilidad, que con tal de casarse le
da igual ocho que ochenta. ¡Qué retrato de familia hace, en esa novela, con esta
frase: “Sir John era cazador y lady Middleton, madre. Él cazaba y
disparaba, ella atendía y acariciaba a sus niños; a esto quedaban
reducidos los recursos de sus vidas”!
Jane Austen vino a este mundo para ser una de las grandes novelistas
inglesas. Pero yo creo que sobre todo vino para divertirse y, de paso,
divertirnos a nosotros, observando y haciendo un formidable retrato de su
entorno y descubriendo, a la vez, lo absurdo, lo terriblemente absurdos, que
muchas veces somos los humanos.



