martes, 4 de enero de 2011

Queridos Reyes Magos



La otra noche, en la cena con los amigos, hablamos de los regalos de Reyes. Mi amigo Manolo se lamentaba de que sus nietos ya no saben qué pedir. Yo, por el contrario, decía que los míos lo piden todo, aunque se lo tenemos restringido a 3 juguetes y 2 cuentos. Y luego la conversación derivó a nuestra infancia, cuando nos regalaban un solo juguete y nos quedábamos emocionados con él. ¡Ah, mi triciclo rojo! ¡ Y, otra vez, mi muñeca vestida de bailarina de ballet, con sus zarcillitos y todo!

Alguien dijo después que a su padre, de chico, le regalaban solamente una naranja. Y a mi madre, recordé yo. Y a mi abuela en Fuerteventura, dijo Lolina ¿De dónde habrá venido esa costumbre? Melchor, que es una persona muy curiosa, aventuró que tal vez del “Romance de la huida a Egipto”, que, nada más empezar a decirlo, todos recordábamos de nuestra Enciclopedia infantil:

Camina la Virgen pura
de Egipto para Belén
y a la mitad del camino
el Niño tenía sed.
(…) Allá arriba en aquel alto
hay un lindo naranjel
y el hombre que lo cuida
es un ciego que no ve.
- Ciego, dame una naranja
para el niño, que trae sed.
- Coja usted las que usted quiera
las que sea menester.
El Niño, como era niño,
no dejaba de coger.
Las que cogía la Virgen
volvían a florecer.
Apenas se va la Virgen
el ciego comienza a ver.
- ¿Quién ha sido esa señora
que me ha hecho tanto bien?
- Ha sido la Virgen pura
que va de Egipto a Belén.

Probablemente al niño Jesús le gustaría más, en una huida por tierras áridas, una jugosa y fresca naranja que el oro, incienso y mirra de los Reyes Magos, que a ver qué hacía con ellos. Y, en recuerdo de la leyenda, se regalaría esa naranja en noches de Reyes lejanas.

Aunque nos gustó lo poético del asunto, creo que todos nos quedamos pensando en que miraríamos mal a los Reyes Magos, esos roñosos, si en nuestro zapato sólo encontráramos una naranja. Pero yo también me quedé con la sensación de haber perdido algo. Tal vez, la capacidad de maravillarnos con lo más sencillo. O de conformarnos con lo que la vida nos da.

Es lo mismo que cuando todos decimos que lo que queremos es salud, cuando la damos por supuesta, los días que, como dice Alice Munro, “no tienen duras aristas ni zumba la sensación de destino en las venas”. Pero no nos gustaría levantarnos temprano el 6 de enero y no ver nada y que te digan:”Tienes salud, ¿Qué más quieres?”.

Así que el Día de Reyes, además, espero ver regalos en el suelo del salón, en el rincón que siempre sus Majestades me han reservado a mí, al lado de mi zapato (no uno nuevo ni uno demasiado viejo), con golosinas y globos alrededor.

Pero, a lo mejor, este año, hay también una naranja. 

martes, 28 de diciembre de 2010

El villancico cruel




Los villancicos no deben ser crueles. Deben hablar de San José, la Virgen, el Niño, los pastorcillos, los ángeles, paz, amor, felicidad y campana sobre campana. Y, sin embargo, uno de los villancicos de toda la vida tiene una estrofa que siempre me ha parecido especialmente cruel. Además, porque el estribillo es todo lo contrario:

Alegría, alegría, alegría,
alegría, alegría y placer,
que esta noche nace el niño
en el portal de Belén.

La estrofa a la que me refiero es la que dice así:

Esta noche es Nochebuena,
noche de comer pasteles,
y el que no pueda comerlos
que se arrime a las paredes.
Y después venga otra vez, hala, el “alegría, alegría, alegría”…

En mi tierra los pasteles típicos de Nochebuena son esos redondos de hojaldre con un corazón de guayaba o cabello de ángel en su interior. A mi madre se los venía a vender por estas fechas una señora que iba por las casas con su aromática cesta de exquisiteces (¿existe todavía esa venta a domicilio?). Los más famosos ahora son los de Los Realejos y mi amiga Margarita, que es de aquellas tierras, me regala siempre una caja por navidad.

A mí esas capas doradas, crujientes y riquísimas del hojaldre me saben a navidad y me recuerdan otras navidades pasadas. Pero también me traen a la memoria el villancico cruel. No dejo de imaginarme, cuando los como, lo mismo que cuando era pequeña: yo, zampándomelos y un montón de niños pegados a las paredes, mirándome con ojos tristes. O peor, con ojos resentidos, como diciendo la frase infantil de entonces: “A ver si invitas, marrón”.

Mi brindis de este año nuevo va por que esta escena no exista ni pueda existir. Por que todo el mundo tenga una vida digna que te permita tener todas tus necesidades satisfechas, incluido el placer de comerte en navidad un pastel de hojaldre.

No más hambre. No más insolidaridad. No más villancicos crueles. 

martes, 21 de diciembre de 2010

Arretrancos




Ante la Navidad hay dos tipos de personas. Están las que, como yo, disfrutan de ella, compran árbol de los de verdad, hacen calendario de adviento y romances para el amigo invisible, les encanta regalar, preparan nacimientos y adornos por toda la casa y hacen cenas especiales a tutiplén. Y luego están los que rezongan, como mi marido. A partir de octubre, que es cuando yo empiezo a calentar motores comprando regalos de reyes, se le oye de vez en cuando murmurar por lo bajo: “…follón… qué necesidad…¿Más regalos?... y ahora, qué rollo… ¡Dios mío, otra comilona!... ya no puedo más”, y así.

Pero este año he encontrado la solución: pintar la casa por dentro dos semanas antes de la Nochebuena. Es que es estupendo porque pintar no es solamente pintar. Hay que desmantelar todo, habitación por habitación, quitando todos los arretrancos que se habían ido acumulando a lo largo de los años, tapando paredes y llenando estanterías y trasteros.

La palabra “arretranco” según el Diccionario de canarismos es “trasto viejo e inútil que estorba”, con lo cual no me explico por qué, si es trasto, si es viejo, si es inútil y si estorba (y no me estoy refiriendo a personas, ojo), todos tenemos la casa llena de ellos. Pero así es, y te das cuenta cuando haces machuca y limpia.

Del trastero han salido las primeras tumbonas que tuvimos cuando nos mudamos hace casi 30 años. Eran de aquellas de hierro con el asiento de tela y, cuando se nos rompieron, las dejamos por si alguna vez las arreglábamos. ¿Y cómo íbamos a tirar, aunque fuera un trasto, esa máquina enorme para hacer hasta jugos de zanahorias, aunque nunca hicimos ninguno? ¿Y la vajilla de diario, ahora diezmada y sin brillo, que nos regalaron en la boda y que cobijó mis primeros pinitos en la cocina? O la pantalla del primer ordenador que tuvimos o el equipo de música de la era analógica, que es como decir antidiluviana. O una caja llena de Barbies despelujadas de mi sobrina, que me quedé para adecentarlas y dárselas a mi nieta cuando la tuviera y, ahora que la tengo, ni me acordaba. Y marcos de cuadros, y libros, libros, libros que ya no leeré más, y los apuntes de la carrera o las fichas de la tesis que no terminé ni pienso terminar.

Y también te vas encontrando a lo largo de la casa lo que te traes de los viajes. A mí me pasa lo mismo que a Sócrates, que le encantaba llegar a una ciudad y pasear por los mercados y mercadillos. Pero, mientras él, mucho más sabio, cuando los visitaba decía: “¡Hay que ver la de cosas que hay que no necesito!”, yo me pongo a comprar arretrancos. Pero ¿quién se resiste a una bola de cristal que parece tener en su interior el pasado, el presente y el futuro? ¿O a esa jarrita de un mercadillo de Karlovy Vary, con una forma especial para beber el agua (asquerosa) que mana de las fuentes de ese balneario checo? ¿O la tetera y los vasos de té que me trajeron de un mercado marroquí?

Así que aquí estamos ahora, exhaustos y polvorientos, cantando villancicos mientras ordenamos y ponemos todo otra vez en las habitaciones recién pintadas y tiramos tantos arretrancos que en el “Punto limpio” ya me dicen: “Oh, Jane ¿tú por aquí otra vez?”.

Pero eso sí, este año he conseguido dos cosas. Una, empezar el año nuevo con la casa limpia y mucho más vacía, para volverla a llenar el próximo con nuevos arretrancos. Y otra, que mi marido, por primera vez, en estos días no ha rezongado nada por las navidades. 

martes, 14 de diciembre de 2010

Mi compañera de habitación


Esta semana he estado en Madrid para asistir a la investidura como académica de Ana Crespo, mi amiga y compañera de habitación del colegio mayor en mis años de estudiante. En aquel salón de la Academia de Ciencias, presidido por un enorme retrato de la Reina Isabel II (que no sé qué pintaba allí) y arropada por un montón de señores vestidos de chaqué, me pareció fresco y joven el discurso de Ana que tituló "El discurrir de una Ciencia amable y la vigencia de sus objetivos: de Linneo al código de barras de ADN se pasa por Darwin". En él habló de sus amados líquenes pero también de sus bisabuelos, Pedro J. de las Casas y Rita Pérez, que alfabetizaron a media isla de La Palma y guardaban entre los documentos de su Biblioteca una copia manuscrita de "La boda de las plantas", una oda a Linneo de nuestro Viera y Clavijo, que empieza así:
"Los Desposorios de la amable Flora
cantar en un vergel es mi deseo; 
templa su voz mi lira y suave implora
para el epitalamio no a Himeneo
sino al que la Botánica ya adora
por numen fiel, al inmortal Linneo,
al primero que vio en las plantas todas
los sexos, los amores y las bodas..."





Y esta fue la entrada que yo escribí hace 2 años, cuando la nombraron académica, y que suscribo hoy como entonces. 

Eso de tener una habitación propia que pedía Virginia Woolf no va mucho conmigo. Soy capaz de abstraerme leyendo o escribiendo en un cuarto lleno de gente. Y, para dormir, desde siempre lo he hecho cómodamente acompañada: en casa de mis padres, con mi hermana; y en mis años de Madrid, en el Colegio Mayor, con Ana, mi compañera de habitación, por quien le puse el nombre a mi hija.

Tener una compañera de habitación que conecte contigo es una suerte y un privilegio. Ana estuvo ahí en el día a día, pero también cuando me llamaron por teléfono para decirme que mi abuela había muerto o la mañana en la que hubo un terremoto en Madrid y me despertó de un sueño inquieto en que me mecían en una cuna, para salir corriendo al pasillo. Pero también estuvo en las partidas de cartas entre examen y examen, en las lecturas comentadas, en una conversación que tuvimos con Buero Vallejo después de ver “El tragaluz”… Estuvo en las buenas y en las malas, como hacen las amigas de verdad.


De ella ya he hablado en este blog, cuando les conté en “El gen coleccionista” que me había traído de China 10 marcadores de libros preciosos, o cuando hablé de mi momento estelar, que también fue el de ella. Pero momentos hubo muchos. Con Ana y José Ramón, su entonces novio y hoy su marido, descubrí Madrid: los paseos a Rosales a tomarnos un helado después de una tarde estudiando, las visitas al Museo del Prado a sentarnos delante de “El jardín de las delicias” de El Bosco, las mañanas de domingo en la Cuesta de Moyano rebuscando entre libros… Mis mejores recuerdos de aquellos años los incluyen a los dos, compartiendo música y risas y hablando, hablando, hablando de todo lo que en ese momento teníamos o pensábamos tener.

Gracias al 600 de José Ramón (¡bendito 600!) nos íbamos a merendar a Chinchón o a Aranjuez y, sobre todo, nos íbamos a la montaña a hacer caminatas, alguna vez incluso durmiendo en una cabaña de pastores al lado de las fuentes del Lozoya.

En todas ellas, Ana, que ya se estaba aficionando a la Botánica, recogía líquenes y nos los hacía recoger a los demás. Si caminas por la montaña con una forofa de los líquenes, de repente empiezas a descubrir que toda la naturaleza está tapizada de ellos. A los árboles y a las rocas sus colores –verde agua, tejas, cobrizos, dorados- los embellecen y sabes que, aunque hasta ese momento eran invisibles, a partir de entonces ya no dejarás de verlos nunca más. Y, mientras los recogíamos, Ana los iba nombrando –parmelia perlata, umbilicaria postulata…-, bellos nombres latinos que todavía recuerdo.
 
Las dos nacimos en marzo del 48, yo unos días antes que ella. Las dos somos de Tenerife y empezamos la carrera en la Universidad de La Laguna y terminamos en la Complutense al mismo tiempo. Las dos tuvimos vivencias comunes en aquellos años convulsos desde el 67 al 70: las asambleas, las manifestaciones, los grises a caballo, la censura, el estado de excepción, la primera conciencia política.

Pero después la vida nos llevó por caminos diferentes. Ella continuó en Madrid –allí están su casa y su trabajo- y yo me vine para Tenerife. Nos vemos muy de vez en cuando pero, aunque pase tiempo, cuando la veo, a ella y a José Ramón, siento la comodidad que sólo se tiene con la gente cercana, aquella con la que no sólo has compartido una parte de tu vida, sino con la que también has soñado el resto. Sé que puedo contar con ella y ella sabe que puede contar conmigo.

Y ahora yo me he jubilado y ella no creo que lo haga en mucho tiempo. Ana es Ana Crespo de las Casas, Catedrática de Botánica de la Complutense, un hacha en su especialidad, reconocida en todo el mundo. Y sé que seguirá, cuidadosa, paciente, inteligente y curiosa, como toda buena investigadora, enseñando a nuevas generaciones a observar la naturaleza y que los líquenes están ahí.

Hace muy poco la han nombrado Académica de la Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales, la primera canaria que ingresa en ella y una de las tres mujeres que lo han hecho en toda su historia. Y yo no puedo evitar sentir una enorme alegría y también el orgullo de haber compartido ronquidos con ella hace ya 40 y pico años. Porque es como si una parte de mí –aquella que convivió con plantas de todo tipo envueltas en periódicos y bolsitas desperdigados por toda la habitación común- también estuviera con ella, formando parte ya para siempre de la Real Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales.

(La foto en color es del acto académico el pasado 28 de noviembre de 2012. En la foto en blanco y negro estamos Ana y yo rebuscando entre libros usados en una de las casetas de la Cuesta de Moyano un domingo de abril del 69. La foto la sacó José Ramón)



martes, 7 de diciembre de 2010

Entonces, ¿a qué volver?




Ya los pueblos no son lo que eran. Cuando vuelvo a los pueblos de los veranos de mi niñez -Granadilla, Los Realejos, Los Sauces- me dan ganas de cantar aquella canción de Los Chalchaleros: “La casa ya es otra casa, el árbol ya no es aquel…”. El paisaje ha cambiado, las casas en las que viví –casas de tejado, con suelo y techos de tea, cálidas y acogedoras- ya no existen. Tampoco están mis padres, mis tíos o mis abuelas, las personas con las que estuve en ellas, dando por seguro que la vida era eterna.

En esos pueblos, todo el mundo se conocía y las fuerzas vivas eran individuos únicos: el cartero, el guardia, el barrendero, el boticario, el sastre, incluso el tonto o el ladrón del pueblo. Y también el maestro, como mi tío abuelo Cándido, que enseñó a muchas generaciones de sauceros, por lo que hoy el Instituto de Los Sauces lleva merecidamente su nombre. Yo le tenía terror. Cada vez que en mi niñez iba a Los Sauces, mi tío abuelo me cogía por banda, a pesar de mis esfuerzos por escaquearme, y me hacía un examen en toda regla. Perdí muchos puntos a sus ojos cuando, a los 8 años, no me supe la lista de los Reyes Godos. Me la aprendí de memoria al año siguiente y, nada más verlo, sin saludarlo ni nada, le espeté: “Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico, Turismundo…”.

La canción de Los Chalchaleros sigue diciendo: “Si han volteado hasta el recuerdo, entonces, ¿a qué volver?”. Yo pienso que hay que volver porque siempre algo perdura. Me encantan los saludos educados que todos nos damos en los pueblos, la mirada orgullosa del “yo soy de aquí”, los poyos en los que se sientan todo el día los jubilados a hablar de lo divino y lo humano, el que todavía algún anochecer de verano saquen las sillas a la calle y hablen mientras contemplan las estrellas. Me gustan las señoras que barren a la puerta de su casa, dando por hecho que lo público también les pertenece y que hay que cuidarlo; me gusta que todos sepan quién es quien y con quién pueden contar o el que hagan piña en momentos determinados. Me gustan hasta los personajes extravagantes que existen siempre en todos los pueblos, como Toribia, que, cuando nos veía a las niñas en Los Realejos, se empeñaba, ante el horror de mi tía, en hacernos con saliva caracolillos en el flequillo.

Y, bien mirado, tal vez la cosa no haya cambiado tanto. Me contaban el otro día que, cuando llamaron a un pueblo de Tenerife para investigar un robo, le contestaron: “El de aquí no fue”. Y cuando en otro pueblo del sur desaparecieron las gallinas y los pollos de un vecino, todos supieron enseguida quién había sido el ladrón. Máxime cuando éste al día siguiente ponía un cartel en su casa que decía:”Se venden huevos”.

Y es que también no hay nada como un pueblo para reírse un rato. 




(La imagen inicial es de una de las casas en las que viví, la casa de mi tía Agustina en Los Sauces. La imagen final es el busto de mi tío abuelo Cándido -el que me hizo sufrir con la lista de los reyes godos- en la Alameda de Los Sauces)

martes, 30 de noviembre de 2010

El principio de la sabiduría



Dicen los filósofos que el principio de la sabiduría es la ignorancia. Ningún enterado de esos que creen que se lo saben todo se pone a buscar, a indagar, a caminar en pos de la verdad (si es que ésta existe). Este es el sentido del “sólo sé que no sé nada” socrático, que muchos continúan con “y todavía no estoy muy seguro de ello”.

Es lógico, entonces, pensar que detrás de la ignorancia vienen las preguntas ¿verdad? Y, sin embargo, parece haber en el sexo masculino una increíble tendencia a no preguntar nada. Ya pueden estar en un pueblo perdido en medio de la estepa castellana sin saber qué rumbo tomar para volver a la civilización y, por supuesto, sin GPS, que antes muertos que preguntar al lugareño más cercano cosas tan elementales como “¿cómo se sale de aquí”, “¿hay alguna gasolinera cerca?” y “¿dónde se puede comer bueno, bonito y barato por estos andurriales?”.

Por eso me encantan mis nietos. No se cortan un pelo a la hora de preguntar y, aunque a veces sean tan pesados como el crío que en la canción de Les Luthiers pregunta, machacón, por qué la gallinita dijo “eureka”, por qué, por qué y por qué, su repertorio de preguntas, inacabable, demuestra que están en el camino de la sabiduría. He aquí una muestra de ellas, recogidas este verano pasado en que los he tenido conmigo casi a tiempo completo:

¿Por qué el dedo gordo del pie está al lado de los demás?
¿De qué están hechos los ojos de los peluches?
¿Por qué los mosquitos no pican a los zorros en lugar de a los humanos?
¿Las ratas se lavan?
¿Por qué las hormigas no se caen al subir por las paredes?
¿Cuántas servilletas de papel hay en el mundo?
¿Por qué las gotas de agua se ponen redondas en el espacio?
¿Las gaviotas viven en una “gavietita”? (Con esta creo que pretendían hacer un chiste)
¿En el tiempo de los dinosaurios ¿existían las montañas?
¿Por qué hay restaurantes chinos si a todo el mundo le gusta la comida normal?
Cuando explote el volcán ¿qué habrá después de los humanos?
¿Por qué todas las casas no son hinchables?
¿Dónde viven las mariposas?
¿Qué trajes se pone el Ratoncito Pérez? ¿En serio es un ratón?

Ahora el único problema que tenemos los abuelos es encontrar las respuestas.  

martes, 23 de noviembre de 2010

Adivinanzas en la oscuridad




Este título lo he tomado prestado de uno de los capítulos más memorables de “El hobbit” de J.R.R. Tolkien, sólo que adaptado al habla canaria, en la que usamos más “adivinanzas” que “acertijos”. En este capítulo Tolkien nos dice que los torneos de adivinanzas son sagrados y de una antigüedad inmensa, y el que se plantea entre Bilbo Bolsón, el hobbit, y el tramposo Gollum, lo es. Hallar la solución es, además, para Bilbo la llave para salir de la oscuridad literal de una cueva llena de seres malignos hacia la luz exterior.

Del mismo modo, todos los que hemos jugado desde chicos a las adivinanzas hacemos el mismo camino: estamos en las tinieblas y de repente se hace la luz (la bombillita sobre la cabeza de los colorines) y decimos, como un amigo mío que a todas responde lo mismo: “¡La gallina!”.

Las clásicas (“Alto, alto como un pino y pesa menos que un comino”, “Oro parece, plata no es…”, “Adivina, adivinanza ¿qué tiene el rey en la panza?”…) ya nos enseñan de pequeños a usar las metáforas y a jugar con las palabras. Con el tiempo, nos van gustando cada vez más complicadas (“En medio del cielo estoy / sin ser lucero ni estrella, / sin ser sol ni luna bella. / Adivina tú quién soy.”, “Caja sin llave, / tapa o bisagra, / pero dentro un tesoro / dorado guarda”…). Y siempre, siempre, intentamos llegar a la luz aunque sea para que no se cumpla “y el que no la acierta bien tonto que es”.

¿Juegan todavía los niños y los jóvenes a las adivinanzas, como lo hacíamos nosotros? A veces, lo dudas cuando los ves, zombis, con las maquinitas, abstraídos en su mundo, sin intervenir en la conversación. Pero a mis nietos les encantan, y a veces las inventan, y mi amiga Lolina me contó que, en la playa, un grupo de chicos y chicas estaba entretenidísimo la otra tarde oyendo a uno de ellos que les proponía una: “Tú tienes 3 por delante y ninguno por detrás; tú, uno por detrás; a ti no te conozco lo suficiente para saber si tienes o no; tú no tienes ni por delante ni por detrás...”. Y ella veía en todos el acicate de la curiosidad, el entusiasmo por encontrar la respuesta, las risas, las tentativas, los razonamientos…: el cerebro a pleno funcionamiento. Cuando ya se iba, no pudo evitar acercarse y rogarles que, por favor, le dijeran la solución, o se iba a pasar el día y la noche dándole vueltas. “Los hermanos”, le dijeron.

Durante mis años de profesora di una asignatura que se llamaba “Aprender a razonar” y dediqué siempre una clase a las adivinanzas (incluyendo el capítulo de “El hobbit” sin las respuestas) y puse muchas. Una de mis preferidas era un poema de García Lorca, que él plantea como adivinanza, dando en el último verso la solución. A mis alumnos les costaba pero al final, con ayuda, la adivinaban. Si no la saben, traten de hacer lo mismo sin hacer trampa. Y no vale decir: “¡La gallina!”:

En la redonda
encrucijada,
seis doncellas
bailan.
Tres de carne
y tres de plata.
Los sueños de ayer las buscan
pero las tiene abrazadas
un Polifemo de oro.
¡?? ????????! 
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