Uno de los mejores días de las pasadas fiestas -que, aunque no está señalado en el calendario, muchos de ustedes habrán disfrutado esta semana- es el Día de la Recogida. Después de la traca final de Reyes, ahítos de sorpresas esperadas e inesperadas, de comilonas pantagruélicas, de brillores por toda la casa, viene el día 7 (o el 8) y todo vuelve a su sitio. Vuelven a sus cajas los nacimientos que desperdigo por todas partes, y el de verdad, como dice mi nietita, pequeño pero al que no le falta detalle: su rana sobre el castillo de Herodes, su cagoncete, su estanque-espejo para los patos... Desaparece el árbol, al que voy despojando con ternura de todo el cargamento con significado para mí: la cruz de San Patricio que compré en Irlanda, la bola roja y dorada que encontré una vez rodando calle abajo, los corazones de plastilina con el nombre de mis hijos... Tiene también su encanto ya vacío, desprovisto de oropeles y luces, pero más cuando esa noche arde en la chimenea y la casa guarda durante días un sutil aroma a abeto, el olor de la Navidad.
Ese día es para mí un ejercicio de catarsis, una vuelta a lo cotidiano, un pronunciamiento de "aquí no ha pasado nada". No es cierto, claro, porque, aunque en las tronjas reposan las cajas con sus cartelitos (ya saben que soy muy ordenada), siempre me dejo algunas cosas por detrás, que empezaron siendo "de navidad" y terminan formando parte de la casa: bolas de cristal que parecen tener un árbol dentro, o un angelito de plata que una vez me regaló una alumna, o una vela que siga alumbrando cenas.
Pero, cuando todo está limpio y ordenado, cuando se ha tirado a la basura lo inservible, entonces viene el contagio y las ganas de que toda la casa esté igual, sin trastos que realmente no usas, con armarios que no parezcan el baúl de la Piquer, todo despejado y diáfano: mi propósito de año nuevo.
Una vez una alumna me dejó un libro para comentarlo conmigo. El título era "Dios vuelve en una Harley" de Joan Brady, y aunque esto fue hace muchos años, de lo que más me acuerdo era de que la protagonista se despojaba de casi todo lo que poseía y sentía una liberación total. Desde luego, no voy a imitarla porque también tengo el gen coleccionista que me hace cobrarle cariño a determinadas cosas (figuras de búhos o de palomas, marcadores de libros...). Tampoco voy a hacer lo que aconseja la autora de "La magia del orden", la japonesa Marie Kondo, sobre quedarse con solo 30 libros (o está loca o no es una gran lectora). Pero sí voy a intentar aligerar el equipaje. Echar a volar libros que no releeré (han colonizado toda la casa); hacer por menos de nada mercadillos gratis, como hizo este año mi hermana en la cena de Nochebuena con collares, zarcillos y adornos (¿nos los ponemos todos alguna vez?); llenar los contenedores de ropa y zapatos con lo que se guarda para ocasiones que nunca llegan; tener valor para leer (y tirar después) revistas pendientes que forman una tonga cada vez mayor, como les muestro en la imagen... Sobre todo, sacar tiempo y ganas para cumplirlo.
Ya sé que los propósitos de año nuevo caducan en un par de meses. Pero este no es como hacer dieta o apuntarte a clases de chino. Es más vital porque tiene más que ver con liberarte de la tiranía de las cosas, con prescindir del tener para disfrutar del ser. Tiene que ver con el deseo que Antonio Machado quiso que se grabara en su tumba:
"Y cuando llegue el día del último viaje
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar".
A proponérmelo, pues.





