Si las Islas Canarias son llamadas las Afortunadas no es por el maravilloso paisaje, las gentes estupendas que somos, las buenísimas comidas o la vida divertida que llevamos, fiesta va y fiesta viene, no, sino principalmente (y el resto del personal lo sabe) porque hemos sido bendecidos con un lugar estratégico en el mundo, cercano al anticiclón de las Azores (que para nosotros es como de la familia) del que proceden los vientos alisios. Los vientos alisios, benditos sean, desparraman sobre el norte de las islas un mar de nubes blancas y algodonosas que nos arropan, refrescan y nos quitan de encima los veranos tórridos de otros sitios. ¿Saben lo que es eso? Pasear con el vientecillo en la cara a una temperatura de 24º y dormir ahora en julio con un edredón finito por las noches ¡La gloria bendita! Y mientras, el resto del Hemisferio Norte se derrite de calor: temperaturas de más de 40º, sofoquinas, ambiente espeso y pegajoso... ¡Un horror!
Unos lo combaten ahora como yo hacía cuando estudiaba en Madrid hace ya muchos años: una ducha fría con el camisón puesto e ir inmediatamente a la mesa de trabajo para descubrir que ya vas seco sin pasar por toallas. Otros, en una clausura de persianas bajadas, ventilador a tope y bebidas con hielo hasta que este se te acaba y no tienes valor para salir a la calle a por más. Mi consuegra, que se va estos días de Madrid a su pueblo en Badajoz, me cuenta que tiene que estar encerrada en su casa, como todos los vecinos, hasta las 8 de la tarde más o menos, hora en la que el sol decide menguar fuerzas y es posible asomar la nariz a la calle sin que se achicharre. Hay quienes son más originales, como el crítico literario Manuel Rodríguez Rivero, que confiesa en El País que él se quita el calor a base de leer novelas ambientadas en lugares gélidos o en los polos (Diario ártico: un año entre los hielos y los inuit, de Josephine Diebitsch Peary, por ejemplo). Otros ni lo dudan cuando van por el asfalto asfixiante: se tiran de cabeza con zapatos y todo al primer charco, arroyo, fuente o lo que sea, esté o no prohibido.
Por la tele encima nos dicen que, con el cambio climático (que Donald Trump y otros sonados como él niegan), esto va para peor y que en 30 años Madrid, por ejemplo, será en verano como Marraquech con el viento quemante del desierto ululando en los cogotes. Macron en Francia, asustado por las cada vez más altas temperaturas, pregona que habrá que "cambiar nuestra organización, nuestra manera de trabajar, nuestro urbanismo, nuestra manera de desplazarnos al trabajo". Ah, sí, mucha Tour Eyffel y mucho Bois de Boulogne, pero se siente, haber tenido a los alisios.
Porque aquí con ellos el verano es otra cosa. Sí, hay más calor que en invierno pero nos basta entonces con seguir los consejos que nos daban nuestras madres: ir por la sombrita durante el día, sentarnos a la fresca muchas noches a ver las estrellas, proveernos de abanicos uno para cada bolso y, si vamos a La Laguna, no olvidarnos de la rebeca, que La Laguna es La Laguna y por las tardes hay fresco. Y no cansarnos nunca de elevar los ojos al cielo y dar gracias de todo corazón por haber nacido y vivir en semejante sitio, diciendo fervorosamente: "¡Benditos alisios!






