Una de las ventajas de ser mayor es que reconoces sin ningún tipo de vergüenza lo matada que una es para algunas cosas. Yo lo soy especialmente en dos: la música y las plantas. Para la primera no tengo oído, para las segundas no tengo "mano". Y mira que me gustan...
En casa tengo unas cuantas orquídeas que no hay manera de que se empelechen. Envidio hasta ponerme verde el orquidiario del Sitio Litre del Puerto de la Cruz en donde crecen como plantas salvajes al aire libre. O las que crecen en el vestíbulo acristalado y luminoso de mi prima Pepi con unas flores enormes y preciosas. O las que cultiva en La Palma mi amiga Nievitas en su porche frente al jardín... Y aunque sigo sus consejos, nada. La planta está preciosa, cuajada de flores espectaculares y exquisitas, y, de repente, empiezan a caerse una a una alfombrando suelos y dejándome convencida de que eso de la "mano" es privilegio de algunos que plantan un palo en la tierra y de él empiezan a salir brotes por todos lados.
Y no es que las plantas sean delicadas, no. Una vez leí que en Costa Rica las orquídeas eran hace un tiempo casi una mala hierba para los agricultores, que las tenían que arrancar de los árboles sobre cuyas ramas crecían como locas. Engañan, engañan esos tallos finos, esas flores aterciopeladas, haciéndonos creer que son débiles y quisquillosas, cuando en realidad son fuertes y tenaces si las sabemos escuchar.
Y eso es lo que he estado haciendo últimamente. Las tengo en macetas transparentes porque les gusta la luz en las raíces, les pongo agua recogida en día anterior porque no les gusta mucho el cloro... Y sobre todo las he ido paseando por varios sitios a ver en cuál estaban más a gusto hasta que he llegado a este que ven, la ventana que da al oeste, protegida del sol por un visillo, y desde donde pueden mirar el ocaso y el mar. Y por fin esta semana, de repente, se ha producido el milagro. No es que se hayan llenado de flores, no, pero de los palos que creía secos han brotado de sopetón botones (he contado hasta veinte) que me han maravillado ante el hecho de que tal vez se abran a la luz y al aire dentro de un par de semanas, cuando ya esté aquí la primavera.
Todo esto me hace pensar en los pequeños logros de la vida y en como cada uno es un escalón que anima a aprender más. Pienso en la primera vez que me até los cordones de los zapatos, en la vez que descifré una página de un cuento, en cuando de repente me vi flotando en el agua sin hundirme, en la primera vez que me salió bien una tortilla de papas, en todas las veces en que he aprendido algo y que, al haberlo asimilado y hecho mío, sentí una alegría inmensa, la misma de ahora al ver que mis orquídeas han respondido a mis intentos (aunque no tenga "mano").








