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| Llegando a casa |
Mi nieta mayor está en un instituto que también tiene internado y me cuenta que, cuando hace unos días les dijeron que lo cerraban todo y que los internos tenían que volver a sus casas, algunos de estos se echaron a llorar. Todo lo contrario de lo que le pasaba a mi marido cuando era pequeño, que estuvo un año en un internado y lloraba de desolación cuando sus padres lo dejaban allí los domingos por la tarde.
Estos días en que el "Quédate en casa" es el lema, habrá quienes lo consideren un castigo y quienes lo ven como una bendición. Todo tiene que ver con la apreciación de cada uno sobre lo que es el hogar, dulce hogar.
Para mí el hogar es el sillón que guarda la marca y el calor del cuerpo.
Es un rincón donde brotan flores.
Es la luz del amanecer cruzando la ventana. Y la que me espera encendida cuando llego de noche.
Es leer hasta altas horas y vivir otras historias, más allá de las paredes de la habitación.
Es la cena temprana y un champán para brindar.
Es ver una película e irla comentando con quien me acompaña.
Es oír música un sábado al atardecer.
Es pasar la mañana en la cocina inventando recetas ricas.
Es la ducha calmada, el agua caliente cayendo por la espalda.
Es el desayuno mirando al valle.
Es aprovechar el tiempo libre de ahora para hacer un trabajo placentero que había pospuesto. Como buscar los poemas e indagar en la vida de mi abuelo el poeta.
Es la lluvia bailando en la claraboya del pasillo.
Es mi territorio. Mi hija Ana publicó, entre otros, este poema cuando ganó el Premio Félix Francisco Casanova hace 26 años:
Esta es mi casa,
donde trabajo,
vacilo,
siento incompletas la noche
y la mañana.
Donde descanso,
donde respiro,
donde resuelvo penumbras.
Es mi casa de castaña,
una bufanda de cal,
el marco de la serenidad
callada que precede al sueño.
Empecé a nacer en sus maderas,
entre sus amplias ventanas.
Fue la fresca y seca piel
sobre la que dormí.
el alma de mi carne.
Sin edad,
sin estación,
sin raíces.
Yo tejí el aire y el agua
y el canto de sus muros
que nunca callan,
aunque no haya nadie para oírlos.
Yo labré el artesonado
de sus cuatro cielos
con mis recuerdos
y con mis lágrimas.
Esta es mi casa,
porque si la casa es solo ajena
no significa nada.
El hogar guarda todas las fórmulas para el sosiego. Y una casa solo ajena -ahora entiendo los lloros de los compañeros internos de mi nieta- no significa nada.
Quédate en casa, quédate en el hogar.







