Este último fin de año ha sido atípico. En lugar de celebrarlo en casa con los amigos como en los últimos 30 años, por imperativos de la situación covidiana, nos hemos ido al sur con mi hijo y familia (Bueno, en realidad al oeste, ya les expliqué cómo es esto en "La isla con dos puntos cardinales").
Aspirar, mientras tomábamos las uvas, el salitre de olas embravecidas y ver sobre nuestras cabezas un cielo nocturno lleno de estrellas -Orion, las Pléyades y la Vía Láctea, claramente visibles-, es, cuando menos, distinto a otros años. Y, después de las uvas, los fuegos artificiales, que nunca vemos desde mi casa (excepto los 3 cohetes que tira el vecino). Pero abajo, en el sur, los teníamos a derecha e izquierda, unos con el fondo del Acantilado de Los Gigantes, otros desde la Playa de Alcalá.
No eran tan abundantes como los del Cristo de La Laguna, ni tan originales como los de Gandalf en la fiesta del principio de "El Señor de los Anillos": Hubo cohetes como un vuelo de pájaros centelleantes, de dulces voces; hubo árboles verdes, con troncos de humo oscuro, y hojas que se abrían en una súbita primavera; de las ramas brillantes caían flores resplandecientes sobre los hobbits maravillados (...). Hubo fuentes de mariposas que volaban entre los árboles, columnas de fuegos coloreados que se elevaban transformándose en águilas, o barcos de vela, o una bandada de cisnes voladores.
No, estos de esa noche -ramilletes de colores, palmeras, antorchas, estrellas, tracas finales- no eran fantásticos, pero eran unos fuegos dignos y festivos. Viéndolos y brindando con champán, quise que este 2022, ¡tan bonito número, él!, fuera como esos fuegos que brillaban en la noche: un año lleno de color que iluminara los momentos grises; un año que nos arrancara unos cuantos ¡Ooooohs!, como hacemos al ver palmeras doradas en el cielo nocturno; un año del que nos apeteciera ser testigos y vivirlo bien vivido, lo mismo que hemos hecho cada vez que anuncian fuegos artificiales para celebrar la vida. Y sobre todo, (toquemos madera), un año en el que el fuego siguiera siendo artificial y domado, no natural, no el que está escondido en las entrañas de la Tierra: un fuego en la cocina para calentar la comida, fuego en la chimenea en las noches frías, fuego en las velas de cumpleaños, en las hogueras de San Juan, en las fiestas de los pueblos o en los fuegos de esta despedida de año -¡Adiós, 2021!- y de esta bienvenida a otro: ¡Hola, 2022, a ver cómo te portas!.
¡Feliz año a todos!
