martes, 21 de julio de 2009

Duyuspikinglis II: los trips




Sí, sé que el inglés es necesario y me gustaría de verdad aprenderlo, ahora que tengo tiempo. Uno, porque muchos de mis libros preferidos (Ay, mi Jane Austen) son ingleses en su lengua original y pienso que, traducidos, algo de esencia deben perder. Y otro, porque no me gusta que vacilen conmigo por esos mundos, como hace un amigo mío con los extranjeros que le preguntan por dónde se va a “Puto del Hidalgo”.
En mi único viaje a Londres fuimos con un tour operador con el que juré no viajar nunca más. Éramos varias parejas y nos pusieron a cada una en una punta distinta de Londres (aparte de otras perrerías que no vienen al caso). A nosotros nos tocó un hotel en Picadilly que no tenía baño ni en la habitación ni en las inmediaciones. Los hoteles ingleses (por lo menos, éste) no son como los nuestros en los que los recepcionistas pasan de un idioma a otro que da gusto oírlos. No, allí se habla inglés y sanseacabó. Así que una amiga nos dijo una frase cuya pronunciación apuntamos tal cual en un papel y que más o menos quería decir que nos gustaría ducharnos. Más tarde me enteré que lo que pedíamos era algo así como “coger un baño”, pero el caso es que nos entendieron y nos mandaban cada noche a una señora negra, seria y oronda, tipo la que decía “señorita Escarlata” en “Lo que el viento se llevó”. Llegaba cargada de toallas y nosotros, primero yo y después mi marido, la seguíamos por interminables pasillos hasta un baño con bañera de patas (había 3 para 100 habitaciones) que abría con llave y, cuando terminábamos, limpiaba y cerraba. En los días que estuvimos allí creo que sólo lo usamos nosotros. No me digan que esta situación no hubiera estado bien para una larga y erudita conversación.
Otra ocasión en que eché de menos hablar inglés fue en Irlanda. Esta vez los amigos y nosotros fuimos a un bed and breakfast. La dueña, una señora irlandesa, amabilísima y loca, llamada Mamie y a la que enseguida bautizamos como Mamá Chola, nos dejó su casa alegremente y se largó, creemos que al pub más cercano. A nosotros nos tocó en su dormitorio y esa noche me despertaron unos gritos que decían “¡Mamie, Mamie!” y una retahíla después y, ante mi horror, vi aparecer por la ventana la mano de un hombre que golpeaba el cristal. ¿Qué se puede decir en inglés en estos casos, sobre todo si no sabes inglés? Yo dije, alto, despacio y vocalizando bien: “Ai-don-un-ders-tan”. Pero debe ser que mi inglés era muy de Oxford para su gusto porque el hombre no paró hasta que también se despertó mi marido que, más expeditivo, se sentó en la cama y bramó: ”¿QUÉEEE?”. Y esto sí parece que lo entendió porque se marchó. Después nos enteramos que había tocado en todas las ventanas y que era el hijo de Mamá Chola que había venido con sus hijos sin avisar desde Inglaterra y se encontró la casa de su madre llena de okupas.
Así que sí, probablemente vuelva a intentar lo del inglés un año de estos. Aunque una señora inglesa y yo estuvimos hablando en Hyde Park por lo menos un cuarto de hora acerca de una rebeca que me había comprado aquí, en la Exposición Iberoamericana. Y sin saber ni papa ninguna de las dos de los respectivos idiomas.
Para que luego digan que no existe un idioma universal. 

jueves, 16 de julio de 2009

Duyuspikinglis I: los tícher




Dado que casi todos los de mi generación éramos de francés y no tenemos ni repajolera idea de inglés, una de las preguntas que la gente me hace ahora, adjudicándome ya la tarea propia de esta etapa, es: “Te pondrás en clase de inglés, ¿verdad?”.
El problema es que yo he tenido bastante mala pata con los profesores de inglés. El primero fue el marido de mi peluquera que el primer día nos dijo que él era el tícher y en una semana nos enseñó a decir “The cat is under the umbrella” y luego se marchó y no lo volví a ver más.
Yo sé que aprender una frase no está mal para empezar una conversación pero inevitablemente después ésta languidece. Un amigo mío, que se casó en Estados Unidos con una americana, sólo sabía decir en inglés la frase “Yo nunca me levanto tarde en domingo” y se la soltaba en la boda a todo el que le venía a felicitar. Algunos lo miraban desconcertados, atribuyendo la cosa al exotismo del personaje; otros se partían de risa, pero la mayoría le seguía educadamente la conversación, suponía él hablándole también de sus hábitos mañaneros.
La segunda vez que intenté lo del inglés me apunté como Dios manda a una academia. El tícher este decía que para aprender lo mejor era conversar entre nosotros y nos dejaba haciéndolo mientras él se iba a sus cosas. Nosotros, claro, terminábamos en animadas conversaciones hablando de lo divino y lo humano en español. Una amiga, cuando me quejé de lo malo que era mi profesor, me dijo que el suyo particular era estupendo, wonderful, y que había aprendido montones. Lo curioso es que un día, estando juntas, lo vimos y resultó ser el mismo profesor que el mío. Esto nos llevó, como si fuéramos Einstein, a la conclusión de que todo es relativo.
Dado que pienso que sí, que el inglés es necesario y que hasta mis nietitos lo chapurrean, he seguido intentándolo por diversos métodos: la tele –un poco infantil el método que vi, con dos japonesitas dándose los buenos días todo el rato-; los cassetes –me aburrí un poco-, e incluso la traducción directa: una vez me puse, diccionario en mano a traducir un texto de física y un colega de mi marido que lo leyó dijo: “Oye, quien te tradujo esto no sabía ni inglés ni física”.
Pero claro, ¿qué se puede esperar de una lengua en la que “zenkiu” se escribe “thank you” y en la que “water” es el agua cuando todos sabemos que el water es el water? Pues eso. 

sábado, 11 de julio de 2009

Olas que vienen y van




Sin llegar a la categoría de sirenas que le asigno a dos amigas mías que se han bañado en las heladas aguas del Mar del Norte, yo no concibo estos días en los que ha cambiado el sentido del tiempo sin la presencia del mar, no sólo por el placer de bañarme o de hacer ejercicio en el agua (ahora lo llaman “acuayin”), sino también por la paz que me inspira su contemplación.
Esa presencia ha sido constante en mi vida. En las largas tardes de verano de mi niñez, mi madre nos llevaba a Las Teresitas. Íbamos en guagua por aquella carretera alta, estrecha y peligrosa de San Andrés, nos bañábamos con unos flotadores de corcho y merendábamos pan con chocolate o unas pelotas de gofio que te podías morir (a veces acompañado todo con un trago de vino Sansón que se suponía tonificante para los niños). Al final, volvíamos a casa cansados, llenos de salitre y arena, felices, mientras mirábamos caer el atardecer sobre el mar.
Venía con nosotros a veces una vecina muy amable llamada Paulita, que era la persona más grande que yo había conocido. Era grande en todas las dimensiones. El día en que la vimos por primera vez en bañador fue memorable. Se lo había hecho ella misma y era una construcción en lona azul, con asillas y luego recto hasta los muslos, y, a partir de allí, una falda con tablas que le llegaba hasta las rodillas debajo de la cual llevaba unos pantalones bombachos. Los niños, boquiabiertos, la mirábamos como quien ve el Everest. Y de esa guisa nos acompañaba a Las Teresitas.
Los jóvenes de hoy no saben lo que eran Las Teresitas de entonces: una playa de arena negra (arena que no se veía cuando había marea alta), con unas olas enormes que nos hacían tenerle al mar un respeto imponente. En una de estas, la amable Paulita me convenció de que a su lado no me podía pasar nada y de la mano de aquella mole azul entré confiadísima en el agua. En ese momento vino la madre de todas las olas que arrastró, volcó y zarandeó a Paulita, a sus kilos y kilos de lona azul y, debajo de todo, a mí. Esa experiencia, que no sé cómo no me traumatizó para siempre, no me quitó el amor al mar pero sí me hizo desconfiar de las amables Paulitas.
Desde entonces me gustan los vaivenes del mar, esa "imagen de la paz que tanto anhelo, / lo he visto manso, halagador, riente, / y luego, imagen de la guerra, hirviente, / subir bramando hasta tocar el cielo" (José Plácido Sansón Grandy 1815-1875)
Y muchas tardes ahora paseamos mirándolo o nos quedamos quietos y se nos pasa el tiempo contemplando, embobados, los remolinos, la espuma, los cangrejos en las rocas, la luz sobre el mar, la fuerza de las olas. Y es tanta la serenidad que transmite que, después de un rato largo de silencio, mi marido me dijo la otra tarde:
- Machado dirá lo que quiera pero donde esté este mar que se quiten todos los campos de Castilla.


(Las fotos son de Bajamar en color, y, en blanco y negro, de Las Teresitas con mi madre y mis hermanos en septiembre de 1958)

miércoles, 1 de julio de 2009

Como Dios




Hoy hace un año justo que me jubilé. Mi nieta preguntó una vez por qué yo no iba a trabajar y mi marido le explicó que Aba ya había trabajado mucho y que ahora le tocaba descansar. Entonces ella dijo: “¿Como Dios?”.
Realmente, no andaba muy desencaminada. A esta etapa jubilosa y jubilada de mi vida yo la llamo D+D+D, es decir, Descansar después de Disfrutar, o Disfrutar, Descansar y volver a Disfrutar. Mis amigos me dicen que ya está bien de celebrar mi jubilación, que llevo meses haciéndolo pero es que me lo paso tan bien …
Cómo no celebrar un día cualquiera en las horas de trabajo (de los demás), por ejemplo, el despertarte tarde, desayunar y volver a la cama otro ratito más a leer.
O ir a desayunar chocolate con churros a la Plaza del Cristo de Tacoronte y luego visitar en plan turista la iglesia, el convento de San Agustín y las preciosas callitas que lo rodean.
O irte a caminar o a bañarte en Bajamar y venir como una rosa perfumada, maringá.
O pasarte la mañana en el jardín o cocinando un plato nuevo o amasando pan (receta de otra jubilada) que es algo así como un rito ancestral.
O pasear por la calle Herradores alegando con todo el mundo.
O escribir y leer cuando te plazca.
O tener tiempo para ordenar fotos, libros, armarios… y, si no tienes ganas de hacerlo, no pasa nada.
O, si tienes ganas, hacer una excursión al Teide o al norte o al sur o adonde te dicte la rosa de los vientos.
O, si sale un viajito, liarte la manta a la cabeza y adiós muy buenas.
O apetecerte invitar a los amigos a una cenita y a una guitarrada para celebrar cualquier cosa, qué sé yo, por ejemplo, mi jubilación.
O disfrutar, en fin, de estas vacaciones perennes.
Como Dios. 

jueves, 25 de junio de 2009

Un punto de locura



Yo tuve un amigo que levitaba. Bueno, que decía que levitaba porque realmente nunca lo vi por los aires. Él decía que no se iba a poner a levitar delante de mí que era una descreída y que mi escepticismo le quitaba la inspiración. Yo le contestaba que, si lo veía subiendo a los cielos como si fuera la ascensión de la Virgen, yo sería su primera fan y desaparecería de sopetón toda mi incredulidad. Pero ni por esas lo convencí.
A lo largo de nuestras vidas todos hemos tropezado con personas así, con un punto de locura, como decimos los lógicos: un profesor de un instituto del sur que fue tirando los boletines de notas de sus alumnos por toda la autopista, con la posterior recogida por parte de una policía asombrada; un primo mío, que lee los libros marcha atrás, desde el último capítulo al primero; el Anoniman de la Autopista del Norte, que cada semana hace sonreír o pensar a todo el que pasa, con sus frases al borde de la carretera (“Atrapa el instante” fue una de las últimas)…
Hace poco en un velatorio un señor al que no conocía, al enterarse de que yo era profesora, vino pitado a exponerme su teoría del lenguaje. El español, decía, es un idioma muy complejo debido a los tiempos verbales y él tenía una propuesta fabulosa para arreglar esto: usar solamente los infinitivos y los adverbios. Por ejemplo, en lugar de decir “yo comí”, teníamos que decir “yo comer ayer”. Me lo decía totalmente en serio, con el entusiasmo del descubridor.
Tengo también un recuerdo de infancia que no sé si fue verdad o lo soñé. Estoy vestida con un traje repolludo de volantes almidonados a los 3 o 4 años viendo en el parque cómo los chiquillos desharrapados se cuelgan del tiovivo de los caballitos cuando pasa a toda velocidad. Los encargados, enfadados, los echan fuera. Yo estoy imaginando cómo será esa experiencia libre y desinhibida y, sin pensarlo, me cuelgo yo también y en unos minutos gloriosos doy una extática vuelta mientras oigo los gritos de mis padres, de los encargados y del mundo entero.
Ya sé que los sesudos científicos explican todas estas acciones con que si el lado derecho o el izquierdo del cerebro. Pero ¿no es hermoso pensar que en la naturaleza humana hay también un punto de locura que nos redime de tanta lógica?

(El dibujo es de John Tenniel, ilustrador de "Alicia en el País de las Maravillas", un cuento un poco loco creado por Lewis Carroll, un lógico matemático)

domingo, 21 de junio de 2009

Noche de San Juan bendito




Yo me puse de parto por primera vez una noche de San Juan hace 37 años. Según mis cálculos todavía faltaba un mes y pico para que naciera mi hija y esa noche fuimos a ver a unos amigos que se casaban al día siguiente. Tomamos algo en la terraza de su casa en el barrio de la Salud, viendo las hogueras que en aquel entonces llenaban de humo y luz la noche chicharrera.
Al llegar a casa pensé que algo me había sentado mal y le pedí a mi marido que me hiciera una manzanilla. Y entre manzanilla y manzanilla, de repente caí en la cuenta de que probablemente estaba dando a luz.
Mi hija siempre ha sido así. Si la citan a las 9, ella ya está plantada una hora antes esperando el santo advenimiento. Y para nacer no iba a ser menos. En lugar de ser como su hermano que, 3 años más tarde, casi viene de 10 meses (yo nunca he tenido partos normales de 9 meses), no. Me dejó sin boda de amigos, sin la gimnasia preparto que iba a hacer después de terminar las clases en ese mes que me faltaba, y sin poder comprar ropita para ella, que también tenía previsto hacerlo ese mes. De hecho, la vistieron con cosas de la clínica, mientras mi madre y mi hermana salían escopetadas a comprarle pañales y faldellines.
Así que el día de San Juan siempre ha sido especial en mi casa. Siempre ha habido fiesta de cumpleaños y, cuando nos vinimos, 8 años después de nacer mi hija, a vivir al campo, la celebración se acompañó siempre también de una hoguera con el muñeco correspondiente en su cumbre.
Los niños pasaban cerca de un mes recolectando palos, cartones, ramas, cajas, alguna silla rota… Buscaban trapos y sombreros para hacer un muñeco tamaño natural que a mí siempre me recordaba a los “mayos” que en mi niñez hacía mi abuela: el día 1 de mayo abrías los ojos y allí enfrente de tu cama estaba el “mayo”, con su cara de trapo y su sonrisa roja, dándote de paso un susto de muerte. No sé de dónde venía esa costumbre de mi abuela pero ella se partía de risa. Los muñecos de mis hijos, sobrinos y niños de los alrededores no eran tampoco difíciles de hacer: rellenaban una escoba y un palo atravesado y allí estaba “Telesforo” o “Pancracio” o como quiera que lo llamaran. Lo realmente difícil era evitar que encendieran la hoguera a las 5 de la tarde.
Hoy los alrededores de mi casa están ya asfaltados y no hay terreno para hogueras. Pero, dentro de la celebración por el cumpleaños de mi hija, está también el verlas en el valle, aspirar el olor a madera quemada, oír a cierta distancia las risas y los petardos de los niños, y ya, de noche, después de la cena, con velas en la mesa en homenaje a los fuegos de otros tiempos, cantar al son de la guitarra la canción sabandeña: “Noche de San Juan bendito, alumbrada por hogueras…”

Feliz cumpleaños, hija. 

lunes, 15 de junio de 2009

Una promesa es una promesa




Confieso con rubor que una vez hice una promesa. Tenía 14 años y prometí que, si aprobaba la reválida de 4º, iría caminando a Candelaria. Cuando la aprobé dije: “Eh, eh, desde el cruce con la carretera general, tampoco hay que pasarse”.
Pero, a pesar de este desliz de juventud, no entiendo muy bien este tema de las promesas. Si yo fuera Dios o la Virgen de Candelaria me importaría un pimiento lo que alguien camine o deje de caminar. Como si se quiere quedar en su casa viendo la tele, vamos.
Y menos entiendo todavía cuando la promesa es por delegación. Una prima mía se pasó no sé cuantos años vestida de blanco con una cinta amarilla en la cintura por una promesa de su madre. La pobre estaba tan harta que, cuando se casó, dijo que de cualquier color menos de blanco. Y una vez que me enfermé y vi las orejas al lobo, una amiga vino a decirme, cuando me curé, que ella había hecho la promesa de que, si yo me curaba, yo tenía que ir a ver a la Siervita. ¿Por qué no prometió ir ella, digo yo?.
Pero, mira por donde, me ha dado una idea que me apresuro a comunicar a todos mis allegados: ante cualquier contrariedad de la vida prometan, si se resuelve, que yo tengo que ir en peregrinación a:
Rocamadour, sitio precioso donde los haya, situado en el valle del Lot en Francia, en uno de cuyos muros está clavada la espada de Roldán.
O a Santa María de Lebeña, una iglesita en la espesura del bosque bajo el perfil de los Picos de Europa, en donde se respira un aire sagrado de siglos.
O a una iglesia de las que jalonan desde Alemania la ruta jacobea. Pongamos, por ejemplo, la Abadía de la Sainte-Foy de Conques con su pórtico del Juicio Final.
O a Santa Sofía en Estambul, una de mis asignaturas pendientes.
O al Monte Saint Michel, rodeado de mar a ratos, majestuoso y romántico.
O a un templo hindú con sus budas orondos y dorados.
O a cualquier lugar sagrado y lejano que la imaginación de ustedes me asigne.
Yo, que tengo ahora tiempo y ganas, puedo prometer y prometo (como decía Suárez) que allí estaré como un reloj.
Porque lo prometido es deuda. Y una promesa es una promesa. 
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