Cuando le dije hace unos días a mi marido que hoy iba a escribir del Gran Tema de estos días, me dijo: “Pero si tú de fútbol no tienes ni idea, si no ves un partido entero desde aquella vez que fuimos a ver al Tenerife…”. Y tiene en parte razón: no veo un partido entero desde entonces, allá por los años 80 en que una era joven e influenciable. Y también es verdad que del fútbol lo único que me gustan son los goles, aunque sospecho que eso es lo que les pasa a todos: no compensaría sufrir tanto viendo a 22 personas correr como locos tras un balón si eso no estuviera coronado con un gol.
Pero ¿cómo no hablar de fútbol, ahora que “somos” campeones del mundo, ahora
que, cuando se habla del partido, nadie dice ¿qué partido?, ahora que hasta
parece que la Bolsa, ese ente incomprensible, puede subir con un gol de Iniesta?
Una vez, en clase, comparé a Platón y a Aristóteles con dos entrenadores de
fútbol, cada uno con una técnica distinta, y uno de mis alumnos me dijo: “Es lo
más interesante que he oído en filosofía”. En estos momentos parece, además, que
el fútbol es lo más interesante en el mundo.
Y, por otra parte, es imposible no estar enterada del tema. El domingo, que
fui a bañarme a Bajamar, las conversaciones que oías al pasar sólo hablaban de
las posibilidades de Holanda y España para ganar (todos parecían
superespecialistas) y de ¿Y tú dónde vas a ver el partido? Es imposible no estar
enterada del tema cuando he tenido a mis sobrinos vestidos de magos en
Johanesburgo, a sufrir en vivo y en directo. Es imposible no saber lo de la
pantalla gigante en La Concepción de La Laguna para terminar la Romería de San
Benito con una apoteosis.
Así que algo sé de fútbol: sé lo de las vuvuzelas y espero que no lo sepan
mis nietos; sé lo del pulpo “zahorino”, que diría mi abuela, que esta vez se ha
lucido para no acabar a la gallega; sé lo de Pedrito el de Abades, camino de
convertirse en héroe aquí en Tenerife; sé hasta que Kaká, después de que lo
expulsaran en el partido contra Costa de Marfil, dijo: “No puedo decir lo que mi
abuela comentó del árbitro cuando me expulsó, pero fueron palabras muy duras”,
con lo cual, ya saben, cuando necesiten decirle a alguien cuatro frescas y su
educación no lo permita, pueden decir: “¿A que te mando a la abuela de Kaká?”.
No se puede estar de espaldas a la realidad y, por eso, he visto después de
30 años el partido. Y, si uno se pone muy nervioso con el fútbol, puede, como he
hecho yo en este Mundial, no verlo y pasar de vez en cuando por donde los demás
se están bebiendo las cervezas y mordiéndose las uñas, y preguntar, temblorosa:
“¿Quién va ganando?”. Aunque, si es España, muchas veces lo sabes antes porque
oyes los cohetes en todo el valle del Portezuelo.
Tal vez, sin embargo, lo más interesante haya sido ver cómo todo el mundo se
ha unido en una piña, el entusiasmo contagioso, las cacho banderas españolas que
han sacado sin ningún rubor en bares y balcones, el oír decir “hemos ganado”,
como si fueran el mismísimo y genial Casillas o el estoico e imperturbable Del
Bosque. Una de mis primas, no futbolera también, me contó que el sábado 3, en el
que se jugó el Alemania-España, aprovechó la hora del partido para ir a El Corte
Inglés, en un Santa Cruz en el que todos habían sido abducidos por
extraterrestres. Y, cuando estaba haciendo sus compras, empezó a oír un rumor
creciente, propagándose de un dependiente a otro: España marcó un
gol, España marcó un gol… Y terminaron aplaudiendo todos en la planta,
dependientes y clientes, incluso con algún abrazo y todo.
Algo parecido vivimos este domingo, 11 de julio, y esta semana los españoles
estamos un poco más contentos. ¿Ven? Los romanos, cuando decían aquello de “pan
y circo”, sabían de lo que hablaban.
(En la imagen, la foto más recordada de los mundiales de hace 4 años)
(En la imagen, la foto más recordada de los mundiales de hace 4 años)