martes, 16 de noviembre de 2010

Acompáñame





Mi bautizo en la Universidad de La Laguna a los 17 años, allá por 1965, estuvo unido a tres hechos. El primero fue que por primera vez allí mismo, en los jardines de la Facultad, asistí al rodaje de una película. Se llamaba “Acompáñame” y estaba protagonizada por Rocío Dúrcal y Enrique Guzmán, que evidentemente, como actores, no aspiraban al Óscar.

Me imagino que algunos días de aquel noviembre no hubo clase porque ¿cómo estaba allí toda la universidad, sin perderse ni una escena? O mejor dicho, gozándonos la repetición de la misma escena veinte veces, la bajada de la tuna por la rampa del jardín, con Rocío y Enrique delante, cantando “Ninguna como mi tuna que al Teide le quiere robar una a una las luces que van a estrellar mi fortuna”.

 Después hablamos en el bar con Enrique Guzmán, uno de mis cantantes preferidos en esa época, y comprobamos que era tan agradable como parecía. Y, por supuesto, nadie se perdió más tarde la película, no sólo para constatar que, en la escena de la tuna, aunque no se nos ve, al otro lado de la cámara 3000 curiosos estábamos allí, como el dinosaurio de Monterroso, sino también para ver a los extras conocidos: a aquella chica de 2º que hizo de inglesa aunque no lo era, a mi entrenador de baloncesto bajando por las escaleras de una piscina o a mi amigo Chano que estaba en la tuna.

El segundo hecho fue encontrarme con un joven profesor de Filosofía, Don Emilio Lledó, que cambió mi visión de las cosas y nos dejó a todos encandilados. Nos enseñó filosofía, pero también a pensar, a ser críticos, a leer a los filósofos, o a analizar frases como la de “Hoy es siempre todavía” o “La Tierra es azul como una naranja”.

Uno de los primeros días de aquel curso de 1965, cuando subía en la guagua desde Santa Cruz a la facultad, se sentó a mi lado y todavía recuerdo la emoción ante su presencia, pero sobre todo el asombro de que me reconociera, me preguntara cosas y me escuchara (y de que usara la guagua). No estábamos acostumbrados a profesores así.

El tercer hecho fue que me enamoré. Los de Ciencias organizaron para el 15 de noviembre una excursión al Lago Martiánez, en el Puerto de la Cruz, y en ella un chico de ojos azules que tocaba la guitarra me miró y me sonrió. Fue un día precioso: baño en el Lago, comida junto al mar y baile al atardecer. A la vuelta, ya íbamos juntos en la guagua hablando sin parar.

Hoy tiene 64 años. La profesora de mi nieta le dijo a ésta este principio de curso: “¡Qué abuelo más guapo tienes!”, y ella contestó: ”Sí, pero no tiene pelo”. A pesar de esto, sigue teniendo los mismos ojos azules y la misma sonrisa que me enamoraron. Y sigue tocando la guitarra.

Yo me especialicé en Filosofía y de vez en cuando tengo la suerte de volver a ver a Don Emilio. Hoy es uno de los más importantes filósofos europeos, miembro de la Real Academia y autor de varios libros. Pero sigue siendo joven y entusiasta a sus 83 años, y sigue gustándole escuchar a los demás. En uno de sus libros me puso esta dedicatoria: “Para Isabel, en la ya larga memoria de nuestros años en La Laguna, soñando una nueva Universidad”.

De “Acompáñame” me queda una copia desvaída en un vídeo. Algunos de los que intervinieron en la película, incluyendo a la protagonista, han muerto ya, y los escenarios –el Puerto, la Universidad, Las Caletillas, la Rambla- han cambiado totalmente.

Pero tal vez su título sea lo más actual. De alguna manera, en mis recuerdos de aquel otoño de hace 45 años están mezclados los primeros paseos de la mano, las risas y las canciones, las discusiones y los debates profundos sobre el sentido de la vida después de las clases de filosofía, los nuevos descubrimientos, las complicidades con las amigas y amigos, lo jóvenes que éramos. Y esas vivencias, que dirigieron mi camino en una dirección determinada, sí que realmente me han acompañado toda la vida. 

martes, 2 de noviembre de 2010

Pomporrutas imperiales




Yo siempre he sido muy de himnos, qué se le va a hacer. Me encanta ese tachántachán, que anima a cuadrarse, levantar la cabeza y andar erguida cantando a grito pelado como si estuviera marchando en un desfile. Y me gustan casi todos los himnos patrióticos, desde el nacional hasta la Internacional o la Marsellesa. Nadie es perfecto.

De hecho, me enamoré de los libros de Harry Potter cuando en el primero (que mi hija me regaló nada más salir porque pensó que me interesaría aquello de “la piedra filosofal”) vociferan el Himno de Hogwarts, cada uno a su aire: “Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts, / enséñanos algo, por favor. / Aunque seamos viejos y calvos / o jóvenes con rodillas sucias, / nuestras mentes pueden ser llenadas / con algunas materias interesantes. / Porque ahora están vacías y llenas de aire, / pulgas muertas y un poco de pelusa. / Así que enséñanos cosas que valga la pena saber, / haz que recordemos lo que olvidamos, / hazlo lo mejor que puedas, nosotros haremos el resto / y aprenderemos hasta que nuestros cerebros se consuman”. Grandioso ¿verdad? Hasta Dumbledore, el director, dice, al terminarlo, enjugándose los ojos: “¡Ah, la música! ¡Una magia más allá de todo lo que hacemos aquí!".

En mi colegio nos tupían a himnos religiosos, como el de Santo Tomás (Doctor angelical, sol de la Iglesia…), y patrióticos, como ese Montañas nevadas, banderas al viento, a cuyo compás marchábamos en las tablas de gimnasia. Era la posguerra y, en crisis continua y a falta de cosas mejores, las canciones nos hablaban de glorias pasadas, no dudando en recular hasta los Reyes Católicos (De Isabel y Fernando el espíritu impera…) o en animarnos con reivindicar imperios perdidos en la noche de los tiempos, como ese “Voy por rutas imperiales, caminando hacia Dios…”, que para nosotros pronto se convirtió en Pomporrutas imperiales.

A mi hermano y a mi primo les enseñaban, además, en el colegio el “Cara al sol”. Recuerdo una vez, caminando desde San Andrés a Las Teresitas, que iban cantándolo a todo trapo con sus voces infantiles, y una viejita que pasaba se quedó mirándolos y les dijo: “¿Cagas al sol? ¡Caga a la Luna que nadie te ve!”. A ellos y a mí, que estábamos en el periodo caca-pedo-culo-pis, nos hizo una gracia tremenda y nos partíamos de la risa.

¿Ha pasado ya la época de los himnos? Tal vez sí. Hace años me invitaron a una comida multitudinaria con mi colegio, un puchero en casa de Pedro el Cruzantero. Fue un rato estupendo porque siempre se pasa bien comiendo una buena comida y recordando viejos tiempos. Pero al final se levantaron las mayores, que eran quienes lo habían organizado todo, y a una señal, todas se pusieron a cantar el himno del colegio (uno de los pocos que no me gustan) con un entusiasmo digno de mejor causa. Lo más que recuerdo es, al mirar alrededor (a ver dónde podía meterme), ver la mirada estupefacta y la boca abierta de Pedro el Cruzantero viendo a todas aquellas señoras de 70 años o más, desgañitarse cantando que "al entrar en el colegio de las Madres Dominicas hay un letrero que dice ¡viva Santa Catalina!". No he vuelto más.

Aunque a lo mejor sí hay espacio para himnos hoy en día. Después de todo el Tenerife, que está en la cola, tiene su “Tenerife, adelante, tu coraje y tu valor no conoce rival…”, aunque esos rivales le metan goles a porrillo. Pero para mí elegiría otra clase de himno: uno, menos marcial y aguerrido, muy alejado ya de las “pomporrutas imperiales”, sin desfiles, ni clarín de trompetas.

Simplemente, tal vez sea el momento de cantar suavito en esta tibia tarde de otoño, con el único acompañamiento de la guitarra, un Himno de gratitud: Gracias a la vida, que me ha dado tanto… 

martes, 26 de octubre de 2010

Cría cuervos




Me ha llamado la atención este 8 de octubre pasado la publicación de dos noticias que aparecieron a la vez en “El País”. Una era que un alcalde de un pueblo de Pontevedra destituyó a su padre, número dos del gobierno local, que llevaba 40 años en el Ayuntamiento. La otra, cinco páginas después, decía que a Llongueras, el peluquero, lo ha echado su hija de la empresa que él fundó, con un burofax en el que lo trata de usted, como a los padres de antes, y en el que le da el finiquito. ¡Pues sí que viene pisando fuerte esta generación!, me quedo pensando.

Y no digo que no haya padres que merezcan esa patada por el trasero, como diría tan finamente Ana Oramas, la diputada. Uno de mis amigos, cuando le decía a su hijo pequeño que se tirara sin miedo a la piscina, que él lo recogería en sus brazos, siempre se quitaba en el último momento, dejando al pobre niño, después del planchazo, chapoteando desesperado. Al final lo recogía y le decía: “Eso es para que no te fíes ni de tu padre”. Y se quedaba más ancho que Pancho, pensando que le había dado la lección de su vida, sin darse cuenta de la aviesa mirada del crío, que contenía toda una declaración de intenciones: “Te vas a enterar tú cuando yo mida 1’90 y te mande el finiquito…”

Y es que hay muchos que no aprenden de la Historia, donde encontramos a cada paso a hijos y parientes que defienden eso de quítate tú pa’ponerme yo. Ahí tienen a Nerón que se cargó, sin que se le moviera una ceja o una fibra filial, a su madre, Agripina; a Pedro I de Portugal que echó del trono a su padre, Alfonso IV, provocando una guerra civil; o a los Medici, que celebraban las meriendas familiares con té y galletitas de arsénico.

Pero, después de todo, hay que entenderlos. Agripina era más mala que un dolor y también tenía su cuota de asesinados; Alfonso IV había mandado matar a Inés de Castro, la amada de su hijo, al que, con toda la razón del mundo, eso no le sentó nada bien; y los Medici debieron pensar que a cuenta de qué tú tienes un ducado y yo no, oye.

A lo mejor, eso es lo que les pasa a los políticos, los pobres: que arrastran un enfado desde niños por alguna buena nalgada recibida de un adulto. Y ahora se están vengando.

 Por eso, si alguna vez hago el decálogo del futuro jubilado (que no lo haré porque no me gustan los decálogos), pondría como uno de los principales preceptos Mimarás y tratarás con guantes de seda a los tiernos infantes. Porque si no, nunca se sabe si alguno de ellos, cuando crezca, te va a mandar un burofax, quitándote la pensión. 

martes, 19 de octubre de 2010

Con los pelos de punta
























Mis nietos, cuando se quedan en casa, se despiertan alguna noche diciendo ¡tengo miedo! Nosotros les acariciamos la cabecita, le damos un vaso de agua y un beso suave, les dejamos encendida la luz del pasillo y les decimos “cierra los ojos, mi amor, yo estoy aquí”.

Todos hemos sentido miedo. No somos como los normandos de aquel cómic de Astérix que no conocían el miedo y bajaron hasta Bretaña a conocerlo. Al final, les hacen oír las espantosas y desafinadas canciones del bardo de la tribu y el jefe normando termina gritando: “¡Bastaaa!... ¡me tiemblan las piernas, me castañetean los dientes, sudores fríos cubren mi frente y se me hace un nudo en el estómago!”En resumidas cuentas –le dice Astérix- , ¡tienes miedo!”.

Y sí, todo eso, más los pelos de punta y el frío helado por la espalda, es exactamente lo que sentimos cuando tememos algo. Pero ¡qué cosa más imprecisa y, a veces, absurda es el miedo! Te lo puede dar la oscuridad, lo desconocido, una sombra vaga, un ruido… Incluso algo tan tonto como una imagen en un papel. A mí, de pequeña, me asustaba este programa antiguo de película, tan normalito, simple y cursilón él, pero ¡ay! con un inquietante título, “Mil ojos tiene la noche”. Esas cinco palabras me transmitían la sensación de estar constantemente vigilada por algo desconocido. Recuerdo estar por las noches en mi cama, sin apenas moverme y con los ojos muy, muy cerrados porque pensaba que, si los abría, vería los mil ojos a mi alrededor. ¡Qué miedo!

Pero el caso es que también a veces, de masoquistas, queremos tener miedo, lo buscamos, como cuando nos poníamos a oscuras, preferiblemente un día de difuntos, iluminados sólo con velas, mis primos, mis hermanos y yo a contarnos, con voz cavernosa (se nos daba bien esa voz), historias de fantasmas y de muertos que salían de la tumba a tocar en la puerta. Nos inventábamos cosas horripilantes, hasta que mi madre nos lo prohibió porque teníamos a mi hermana pequeña en un sinvivir.

Pero eso debe estar en nuestra naturaleza porque, de mayores, seguimos en esa vena, viendo con deleite películas como las de Hitchcock o “El sexto sentido”, o leyendo a Poe, Lovecraft o Stephen King, que luego nos tienen la noche en vela y en vilo, mirando de reojo la sombra que está tras la puerta o escuchando qué demonios será ese ruido. O incluso, como un verano en que a todo Tenerife le dio por ahí, jugando a la ouija o a las voces psicofónicas (“sinfónicas” las llamaba mi hermano), que también te dejaban el estómago con mariposas y el cuello torcido de tanto mirar hacia atrás.

Y es que los humanos somos complicados. Vale que el miedo es un mecanismo de defensa; vale que la descarga de adrenalina nos prepara para la huida (el “pies para que os quiero”); vale que compartimos con los animales esta emoción básica… Pero, ya puestos, ¿por qué tener miedo de sombras nocturnas y seres etéreos? Les Luthiers lo vieron clarísimo cuando alertaban en uno de sus números, “Consejos para padres”, de no asustar a los niños con el coco, brujas u ogros, terribles personajes imaginarios, sino con realidades: ¡un lobo, una araña, una buena víbora!

Porque, si lo pensamos bien, el mundo está lleno de cosas, sucesos, personas… reales, demasiado reales, ante las que gritar con los pelos de punta y la cara de horror ¡¡¡Sálvese el que pueda!!!

(Para Agroteide, que me sugirió hablar del miedo, con la esperanza de que nos cuente las leyendas venezolanas de la Sayona y el Silbón) 

martes, 5 de octubre de 2010

De higos a brevas




Mi amiga Irma me trajo este último septiembre una caja de dulcísimos higos y brevas, recogidos por su abuela en las tierras altas de Santiago del Teide. Yo los dispuse amorosamente en una bandeja sobre grandes hojas de higuera, y, al compartirlos con los amigos y la familia, he descubierto que, aparte de recetas, todos tenemos una historia de higueras en nuestra vida.

Mientras los comíamos, allí salieron vivencias de los pueblos de nuestra infancia, cuando los niños colocaban trabajosamente el falsete, con sus correspondientes flores de col machacadas, en lo alto de las higueras, llenas de pájaros desde el amanecer.

Se habló de una vez en que, viniendo un grupo de una fiesta, se pararon a comer higos de una higuera al borde del camino y, cuando el dueño los sorprendió, echaron la culpa a la más pequeña (“Comprenda, señor, es que a la niña se le antojó un higo”), tapándole la boca antes de que la niña dijera “a mí no me gustan los higos”.

Allí salió también una historia de mi padre, que pensaba siempre bien de todo el mundo, y de una vez en que íbamos por la antigua carretera del sur y vimos a unas personas con el coche aparcado y robando higos. Cuando lo dijimos, mi padre nos sermoneó y nos recordó que no hay que hablar mal de nadie, que no teníamos pruebas y que probablemente la higuera era suya. Un poco más adelante nos pasaron (porque mi padre siempre iba despacio) y los vimos unos kilómetros más allá debajo de otra higuera. Entonces la juerga estuvo servida. De hecho, “la higuera era suya” es una frase que se ha quedado en el vocabulario familiar para describir esas situaciones en las que piensas mal de alguien y aciertas.

Las higueras han brindado desde siempre su generoso espacio para jugar al escondite, para echar un sueñecito, para comer bajo ellas, incluso para alguna furtiva cita. Tienen ese aire cercano y antiguo a la vez que despierta recuerdos bíblicos: esa higuera tan injustamente maldita por no dar higos fuera de temporada (¿qué culpa tiene ella?) o el poema del Cantar de los Cantares: Levántate, amada mía, hermosa mía y ven…Que en nuestro país se escucha la voz de la tórtola, apuntan los brotes de la higuera y las viñas en flor exhalan su fragancia”. O también de “Las Mil y una noches”: ¡Sólo vosotros, oh jugosos higos, sabéis dejar brillar, en el instante del deseo, la gota hecha con miel y sol!.

Hace poco hemos sembrado una higuera en un rincón de la huerta. Por ahora, es sólo una promesa, una vara fina con cuatro hojas mal contadas pero llena de yemas. Y, aunque hay un dicho que previene de su sombra, el futuro trae imágenes de siestas en veranos dorados, amparados y adormecidos por el susurro de sus anchas hojas verdes.

Debe ser algo muy parecido al Paraíso. 

martes, 28 de septiembre de 2010

Mis tres Jane favoritas III: Calamity Jane


























Aunque parezca que no, los niños de mi generación vivimos en el lejano Oeste, donde los hombres son hombres. En aquellos tiempos de no-tele, antes muertos que perdernos los domingos el cine de las 4, en el que las películas de indios y vaqueros nos transportaban a un mundo diferente y fascinante.

Visto desde la distancia de los años, ahora el lejano Oeste me parece tan cercano como aquella cocina de mi casa. Yo juraría haber ido a caballo en un rojo atardecer a los pies del Gran Cañón y me suena haber tenido una amistad antigua, de tú a tú, con Gary Cooper, John Wayne y James Stewart, el hombre que no mató a Liberty Valance.

Nosotros fuimos el forastero que empuja la puerta del saloon, lo cruza ante la mirada de los jugadores del fondo, llega a la barra y pide, chulo, un vaso de leche. Nosotros estuvimos en todos los duelos, con el alma en vilo, pendientes hasta el último segundo del dedo a punto de apretar el gatillo. Antes de que vinieran los tiempos en que los indios ya no eran los malos y no te iban a arrancar la cabellera (Cantinflas los anticipó en “Por mis pistolas”, ligando con Wynona, la hija del Gran Jefe, a la que él llamaba “Güenona”), a nosotros se nos erizaba el pelo cuando, yendo por las inmensas llanuras, atisbábamos allá a lo lejos, sobre la escarpada montaña, la figura impertérrita de un indio a caballo. O, más amenazante, un penacho de humo que auguraba la guerra. Toro Sentado, David Crockett, el General Custer, Billy en Niño, el 7º de Caballería, todos los sioux juntos… eran como de la familia.

¡Y las mujeres! Al pescante de las diligencias, allá iban, a la conquista del Oeste, sucias, sudorosas pero guapísimas, arre p’alante. Y entre todas ellas, la historia nos ha dejado en un lugar privilegiado el nombre de Calamity Jane.

Así como mi primera Jane favorita es totalmente real y la segunda, totalmente irreal, esta tercera Jane es a medias real y a medias ficción. Existió realmente desde el año 1852 a 1903 con el nombre de Martha Jane Cannary-Burke, y fue una de esas mujeres pioneras que lucharon codo con codo, de igual a igual, con los hombres en gestas heroicas, allá en las praderas. Disparaba, vestía chaqueta y pantalones, mascaba tabaco y se acostó con quien quiso. Fue exploradora, buscadora de oro, trabajadora en la construcción del ferrocarril y soldado del ejército. Se le atribuyen historias más o menos confirmadas, como cruzar a nado un río y viajar después 90 millas, empapada, para entregar un parte; o salvar una diligencia del ataque de los indios. Y así se convirtió en leyenda y, como todas las leyendas, mucho de lo que se dice de ella es producto de relatos transmitidos boca a boca, incluso de las muchas versiones, a veces distintas, que ella misma inventaba, historias imaginadas y contadas en noches frías alrededor de un fuego de campamento.




Yo la conocí en una película musical y edulcorada del año 53 protagonizada por Doris Day y que aquí se llamó “Juanita Calamidad”. La han interpretado después en películas y series de televisión Anjelica Huston, Jane Birkin, Carol Burnett, Ivonne de Carlo, Jane Russell… Pero mi Calamity Jane es la del cómic de Lucky Luke, escrito por Goscinny e ilustrado por Morris en 1971, que incluye también su vena fabuladora: después de contarle a Lucky Luke su vida, advirtiéndole: “Hay que decir que soy bastante embustera”, la vuelve a contar en el saloon animándolo con un “¡Únete a nosotros, es una versión nueva!”. La Calamity Jane de Goscinny no dice una frase sin palabrotas; si la llaman dama, contesta “No suelte burradas”; llega a regentar un saloon en el que hace tragar a golpe de escopeta las galletitas incomibles que prepara: “¡Las galletitas o las balas!¡Elegid!”, a lo que uno de los presentes, abriéndose la camisa, dice: “¡Dispara!”; y el resultado de recibir lecciones de modales de un desternillante personaje igualito a David Niven es “¡Si no me haces un besamanos te doy con la culata de mi carabina en tu cxzy/&h cabeza!”. Pero es leal y valiente y hace huir a los indios que huyen despavoridos al grito de “¡Squaw majara!”. Al final, se va porque “a mí me van el movimiento, la aventura… ¡No estoy hecha para estarme quieta!”.

Las Calamity Jane abrieron un camino por el que muchas otras mujeres han caminado después, un camino en el que no iban tras los hombres, sino al lado, responsabilizándose por igual de logros y de fallos en la construcción de nuestro mundo. Y, si aún quedan personas que se permitan olvidarlo, las Calamity Jane actuales las mirarán severamente y dirán, sin levantar la voz pero con un acento en el que laten los ecos amenazantes de aquel Oeste lejano: “¡Yo de ti no lo haría, forastero!”



martes, 21 de septiembre de 2010

Mis tres Jane favoritas II: Jane la de Tarzán





De mis tres Jane preferidas, Jane, la de Tarzán, es la única irreal pues nace de la imaginación de Edgar Rice Burroughs a la sombra del increíble Tarzán. Y digo increíble porque nadie se lo cree.

Por lo menos yo no me creo a un Tarzán que está como un tren. Se le describe con “figura erguida y perfecta, musculosa como pudiera ser la de los antiguos gladiadores romanos y, no obstante, con las suaves y sinuosas curvas de un dios griego…”. Y Jane, nada más verlo, “admiró la gracia majestuosa de sus andares, la elegante simetría de su figura magnífica y el equilibrio de su espléndida cabeza sobre los anchos hombros”.

O sea, que pasando su infancia y juventud con una alimentación de lo más insana, sin yogures, ni actimeles, y quedándose sin cuero cabelludo a cada rato por las peleas con los gorilas y demás bichos de la selva (una de las veces la piel le cuelga sobre un ojo), en lugar de ser un alfeñique lleno de cicatrices, es un dios griego. Anda ya.

No me creo tampoco a un Tarzán que, tras encontrar la cabaña donde sus padres perdieron la vida y curiosear en los libros, aprendiera a escribir y a leer ¡solo! ¡sin saber inglés! lo cual le sirve para poner este tipo de carteles en la puerta: “Esta es la casa de Tarzán, el que ha matado fieras y muchos hombres negros. No se os ocurra estropear las cosas de Tarzán. Tarzán vigila.” (y ¡ojo! no pone “vigila” con “b”, “ocurra” con “h” ni “hombres” con “v”).

No me creo a un Tarzán que se come crudas y sin empacho a sus víctimas, sean monos o no, pero que, cuando mata al primer negro, no se lo come porque “el sello de su cuna aristocrática, el producto de muchas generaciones de educación refinada” no podía ser erradicado así como así por una crianza y formación en un ambiente salvaje.

No me creo que en un par de meses Tarzán aprenda perfectamente francés e inglés. Nada de “Yo Tarzán, tú Jane”. En la novela original es un hacha para los idiomas y dice cosas como “Mais, oui” y se le declara a Jane de esta guisa que ya quisiéramos las civilizadas: “He venido a través de los siglos, desde un pasado nebuloso y remoto, desde la caverna del hombre primitivo, con objeto de reclamarte para mí. Por ti me he convertido en hombre civilizado. Por ti he cruzado océanos y continentes. Por ti llegaré a ser lo que quieras que sea. Puedo hacerte feliz, Jane, en el mundo y en la vida que mejor conoces y quieres. ¿Te casarás conmigo?”.

Y no me creo a un Tarzán que, cuando va a buscar a Jane (que se ha ido a Baltimore, dejándole antes el recadito de que, si la quiere ir a buscar, allí estará), llega a su casa conduciendo su propio coche, que ya es suerte aprobar en un par de días y a la primera el carnet de conducir. Y además, para llevarse unas calabazas tremendas porque Jane, que se ha quedado prendada de él en cuanto lo vio saltando de liana en liana con su taparrabos último modelo, va y se compromete con otro, la muy pánfila.

¿Por qué, entonces, Jane, la de Tarzán, es una de mis favoritas?

Porque en el imaginario de mi generación Jane, la de Tarzán, no es esa jovencita mojigata e indecisa de las novelas, a la que hay que estar salvando todo el rato de gorilas que la raptan, de leones que se meten por su ventana, de incendios y catástrofes varias, e incluso de pretendientes indeseables. No, afortunadamente esta vez, y al contrario de lo que siempre pasa, Jane, la de Tarzán, tuvo para nosotros el dulce semblante de Maureen O’Sullivan, la compañera de Johnny Weissmuller en las películas que iluminaron nuestra infancia.

La Jane de las películas no es una tonta damisela en apuros, sino una mujer real de carne y hueso que tiene a Tarzán, a Chita y, si la dejan, a toda la selva, comiendo de su mano. Serena, fuerte y contentísima de su lugar en el mundo, Jane es el eje familiar y, a la vez, el nexo que une a Tarzán con el resto de la civilización. Y el grito de Tarzán, descrito como “alarido que ponía los pelos de punta y helaba la sangre” y que, cuando lo oye la Jane de las novelas dice: “¿Qué fue ese ruido tan espantoso?”, es para la Jane cinematográfica la llamada del hogar.

Mientras la Jane de las novelas se casa, faltaría más, y vive en su mansión londinense como Lady Greystoke, la Jane de las películas vive alegremente en pecado, se supone, en la casa del árbol que todos quisimos de niños (con su sistema de agua, ascensor y ventilador) y protagoniza una escena tan bella y libre como la que hoy les brindo y que, por supuesto, fue censurada.

Aunque, pensándolo bien, también las películas de Tarzán y Jane son increíbles, con una selva con todos los animales a su disposición y donde no hay mosquitos ni paludismos, como si fuera el lugar ideal para unas vacaciones al aire libre.

Pero para eso, para inventar cosas increíbles y hacernos disfrutar con ellas, están precisamente los libros y las películas. 


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