Hace unos 800 años más o menos a un tal Marco Polo se le ocurrió hacer un viaje de aventuras a la lejana China que duró 24 años (la cosa entonces no era para andar con prisas). El resultado de sus andanzas, a falta de fotos y vídeos, se recogió en "El Libro de las maravillas", un verdadero bestseller del siglo XIII en donde se narra todo lo que a Marco Polo le admiró de un pueblo tan lejano, raro y distinto al suyo. Vio magias, hechizos y encantamientos, pero también costumbres exóticas como comerse a los enemigos o inventos como la pólvora o el papel moneda. Los palacios de oro y plata, los jardines con los árboles más bellos, las caravanas de más de 5000 elefantes cubiertos de gualdrapas bordadas o de camellos con paños de oro, los milagros que presenció... no solo lo dejaron turulato a él, sino a toda la Europa medieval para quienes esa lejana tierra se convirtió en un sueño que había que hacer realidad. Colón bebió de ese sueño.
Ahora mis Marco Polo se llaman Lali, Carmen Delia, Elías y Paqui, que, con una intrepidez que les envidio, se han liado la manta a la cabeza y se han dicho: "¿Viajar a la China? ¿Por qué no?". Y allá que se han ido en un viaje mucho más corto que el de Polo (15 días), pero igual de interesante. A la vuelta me han contado (¿De qué sirve viajar si no se comparte lo visto y admirado?) las particulares maravillas que encontraron.
Porque ¡claro que vieron maravillas! La explosión de luz en Shangay, interactiva y cambiante en cientos de edificios altísimos; los palacios imperiales de la Plaza de Tiananmen; el templo del Buda de Jade, 3 toneladas de peso con incrustaciones de esmeraldas y ágatas; por supuesto, la Gran Muralla, con sus 1650 escalones, separando a China de Mongolia; el impresionante y silencioso ejército de terracota de Xian; la pesca, tan curiosa, con cormoranes de noche; el crucero por el río Li en el que altas montañas hunden las raíces en las aguas oscuras mientras pasan entre bambúes y laureles...
Pero también les llamó la atención el caos circulatorio de las grandes ciudades en las que los semáforos están de adorno porque nadie les hace caso, los vespinos eléctricos van en riada con toda la familia encima y los taxis no paran a los extranjeros, esos sujetos narigudos que parecen todos iguales (así nos ven). Se extrañaron de todo lo que trabajan los chinos, sin descansar ni un día a la semana, y que los matrimonios sigan siendo concertados por los padres. Allí no existe el amor.
A mí, particularmente, lo que más me impresionó (ya hablé una vez de mi fobia aquí) fue un vídeo de un vivero de cucarachas en el que se ve al señor que las atiende, con su gorro y uniforme blanco, sobre el que se pasean ellas tan campantes. ¿Y para qué las quieren? Para lo que ustedes están pensando. Para chascárselas fritas en brochetas (junto con alacranes y saltamontes).
Mis Marco Polo me cuentan que el viaje ha sido distinto y precioso y que han valido la pena los 2 días de ida y los 2 de vuelta. Han visto maravillas, lo sé. Pero ante esta última, les puedo asegurar que nunca, nunca jamás me verán en China.
(La imagen inicial, hecha por Lali Gil, es del crucero por el río Li. Gracias a mis 4 Marco Polo por las fotos y la información)
(La imagen inicial, hecha por Lali Gil, es del crucero por el río Li. Gracias a mis 4 Marco Polo por las fotos y la información)





