Para mí que ser aventureros nos viene de fábrica. Nacemos, crecemos aprendiendo a jugar y a revivir historias y luego, más tarde, descubrimos que la propia vida es la gran aventura. En ella hay hallazgos, amores y desamores, encuentros, intentos de cambiar el mundo, emociones y pasiones... ¿Y qué pasa si en medio viene una pandemia sin comerlo ni beberlo y nos encierra en casa y nos corta la arrancadilla? Pues no pasa nada mientras conservemos el sano vicio de la lectura y libros suficientes para satisfacerlo. En ellos la aventura seguirá viviendo y cada uno de nosotros, viajeros impenitentes y entusiastas, correremos mundo todo lo que la imaginación nos lo permita.
Durante estos meses de encierro he leído (y releído) unos cuarenta libros, gracias a los cuales he vivido en el Manaus de la fiebre del caucho al lado del río Amazonas con los libros de Eva Ibbotson; he montado una librería (La librería de Penélope Fitzgerald) y una tienda para mascotas (La tienda de la esquina en la bahía de Cockleberry de Nicola May); he estado empapándome de historias de la Italia del siglo XIV con el Decamerón y estuve también en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme; me he reído otra vez con las aventuras de Jeeves y Bertie Wooster (P. G. Wodehouse); pasé por el Santander del siglo XIX luchando por dirigir un colegio (Un destino propio de María Montesinos) y por el Japón de finales del XX buscando un Van Gogh perdido (Sakura de Matilde Asensi)... Pero sobre todo un libro, La isla de Bowen de César Mallorquí, me devolvió el espíritu de la aventura, de aquellos libros con los que empezamos a amar la literatura y en los que nos sumergíamos, seguros de encontrar en ellos el riesgo, la intriga, los miedos razonables, el sálvese quien pueda o el enfrentamiento a lo desconocido sin más armas que el coraje.
Almudena Grandes hace años escribió un artículo sobre los libros de aventuras (lo llamó, con toda propiedad, Tesoros escondidos). Contaba que en ellos empezó a vivir en las islas: "Las había misteriosas, tropicales, volcánicas, árticas, y algunas tenían nombre, la mayoría ni eso, aunque todas eran igual de peligrosas. También viví en el mar, en largas travesías plagadas de tormentas, de ballenas, de naufragios, de pulpos gigantes y admirables submarinos, pero sin desdeñar la tierra firme. Así conocí mundo, cabalgué por las praderas, dormí en iglús, visité la Patagonia y el Polo Norte, las islas del Pacífico y la estepa siberiana, y en todos esos lugares arriesgué la vida, pero siempre volví para contarlo."
La isla de Bowen me recordó todo eso. Yo también estuve en una isla en el Ártico, misteriosa, volcánica y muy, muy peligrosa; hice un largo viaje por mar, en busca de un científico perdido y de un metal desconocido y valioso, en el que me pasó de todo, hasta tsunamis; conocí a personajes deliciosos con los que me gustaría encontrarme en la realidad (como ese profesor Zarco, tan parecido en su misoginia y su mal carácter, al capitán Haddock); y arriesgué la vida y terminé el libro con una sonrisa. Porque en él hay muchas más cosas que lo hacen atractivo: interesantes observaciones científicas de las que no tenía ni idea, intriga desde el primer momento, choque entre mentes a cual más inteligente, hombres y mujeres valientes... y humor, mucho humor. Es por supuesto un homenaje a Julio Verne a quien muchos adoramos por todo lo que nos ha hecho disfrutar desde que lo descubrimos en la biblioteca paterna. De él, César dice en su "Nota final" que "Verne es un género en sí mismo (...) Nos enseñó a no perder jamás la inocencia ante la prodigiosa realidad de la naturaleza y el universo, a conservar intactas la curiosidad y la capacidad de asombro". Y esto es algo que suscribo totalmente.
Admiro y conozco a César Mallorquí a través de las redes. Sigo su magnífico Blog y ahora estoy empezando otra de sus obras, La estrategia del parásito (un título muy apropiado para una pandemia). Soy 5 años mayor que él, lo cual explica que él no sepa la canción "Marcianita" ni quién fue Billy Cafaro, cosas que los de mi quinta conocemos bien. Pero, a pesar de eso, César y yo bebimos de las mismas fuentes literarias y a los dos nos gustan Verne, Tintín, Richmal Crompton y su Guillermo Brown, H.G.Wells, Conan Doyle, Kipling, Clarke, P.G. Wodehouse... Y eso significa, salvando las distancias de que ahora él las escribe y yo las leo con avidez, que somos hermanos y compañeros de aventuras por siempre jamás.





