Se ha hablado mucho de este verso que encontraron en el bolsillo de la chaqueta de Antonio Machado después de morir: Estos días azules y este sol de la infancia... Siempre me ha gustado imaginármelo: se ha visto perseguido por pensar distinto al bando ganador de la guerra, ha tenido que huir de su casa y de su país, está enfermo y su madre, que lo acompaña, también. Pasa la frontera entre penurias y llega a Colliure donde morirá poco después. Y, sin embargo, su pensamiento va hacia los días felices de su infancia, tal vez a los recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero.
Del sol de la infancia habló también Albert Camus cuando dijo que el sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento. Detrás de una persona amable hay una niñez feliz.
Y de soles de la infancia, de esos recuerdos luminosos de los niños, hablamos esta semana, mientras comíamos una morena frita y un pescadito, con nuestros amigos austriacos, Suzana y Walter. Walter nació en Viena en plena guerra mundial (año 1943). Sus padres se habían casado (19 y 18 años) cuando a él lo movilizaron recién acabado el bachillerato. Lo mataron enseguida en Stalingrado. Entonces su madre, para huir de las bombas que destruían la hermosa ciudad de Viena, huyó a Baviera a trabajar en el campo para que su hijo se criara en una cierta paz. El más impactante y temprano recuerdo de Walter fue del año 45 cuando entraron los aliados. Él, un niño de 2 años, estaba viendo, medio asustado con un caballito de madera a su lado, la llegada de los enormes tanques. Entonces un tanque destrozó el caballito y él se echó a llorar. El tanque paró y de él se bajó un militar americano negro - un hombre de unos 20 metros de altura y el primer negro que yo veía, cuenta Walter- que se agachó ante él, le sonrió con todos los dientes, le habló amablemente y le dio chicles (tampoco sabía lo que era eso) y chocolatinas. Y ya no tuvo miedo. Más adelante Walter y su madre volvieron -a una Viena dividida en cuatro zonas hasta el año 55- y él recuerda jugar en los parques, pasar de una zona a otra sin problemas, recibir chucherías de los americanos y de los rusos (pero no de ingleses y franceses, que eran unos antipáticos) y vivir a pesar de todo una infancia feliz que, como a Camus, lo han hecho el hombre generoso y agradable que es.
Por eso, ahora que estamos pasando también una época mala (aunque nada que ver con una guerra) y que muchos ya llaman a los niños de ahora "los niños del covid" y los vemos pasar hasta 6 horas diarias en los colegios con la mascarilla puesta, es reconfortante ver que siguen disfrutando como niños. Me encantó ver a mis nietitos, por ejemplo, el viernes (día en que en otras circunstancias hubieran empezado los carnavales) con una peluca y una gran sonrisa, celebrando la alegría de vivir.
Preservemos a los niños, que es lo mejor que tenemos. Que sigan disfrutando de los juegos, de las fiestas, de los paseos, de la imaginación, del cariño de los seres cercanos. Y que, para que nunca sean adultos resentidos y refunfuñones, siga siempre brillando para ellos el sol de la infancia.





