Hace poco leí, no me acuerdo dónde, que necesitamos espacios de celebración, y me gustó la expresión. Creo que se refería a experiencias compartidas en el mundo del arte y de la cultura, pero a mí esos espacios de celebración me llevan más a la mesa, a recuerdos comunes en torno a un mantel con sus platos, sus cubiertos y sus copas. A tantos y tantos momentos que forman parte de la memoria colectiva: toda la tribu zampándose un mamut en los tiempos prehistóricos; o tumbados en triclinium en los festejos romanos; o en torno a una tabla redonda en los tiempos del rey Arturo; o los 20 platos de una cena pantagruélica en la Francia prerrevolucionaria; o una barbacoa en nuestros días... Repasemos.
El espacio de los desayunos. El mejor del año, según mi sobrina Isa, es el que compartimos el día de Reyes, con chocolate y roscón y los regalos cerquita y expectantes. Pero también los de los domingos de chocolate y churros a la orilla del mar (foto inicial), secuelas de aquellos otros de la niñez cuando, después de misa, íbamos con mi padre a comprar churros al lado del Parque Recreativo para el desayuno del domingo. Alrededor de aquella mesa de tea del comedor, el desayuno era una fiesta, ruidosa y alegre. Con todo, debo confesar que lo mejor de lo mejor es que me preparen el desayuno todos los días desde que me casé hace 51 años.
El espacio del aperitivo. Si hay alguno que recuerdo con placer es cuando, en aquellos lejanos tiempos en los que trabajaba, mi marido me venía a buscar al instituto un día en la semana en que los dos salíamos un poco más pronto y nos íbamos a celebrarlo al Bar Carrera, en donde nos mandábamos una tapa de su célebre ensaladilla alemana con un vermut o una cerveza. De aquellos tiempos nos quedó la manía de tomar un aperitivo mientras preparamos la comida y de brindar por lo que sea: por la vida, por la luz o por las albóndigas que, mientras, se guisan en la cocina.
El espacio de las comidas, el mejor para celebraciones. Ahí se conmemoran cumpleaños, bodas, bautizos, reencuentros, logros... de amigos y familiares. En una comida de estas celebré en el año 92 el seguir estando aquí después de verle las orejas al lobo. Sé que es un trabajazo y que muchas veces una no está para tanto trote, pero, mientras pueda, seguiré celebrando todo lo celebrable con una comilona.
El espacio de las meriendas. Las mejores, las que preparaba mi abuela. Todavía veo sus manos regordetas dando forma, estirando, batiendo, amasando la masa de la que salían bollos, bizcochones esponjosos, almendrados, marquesotes, merengues... Los más buenos que he probado nunca, corroborado por mis amigas del colegio que todavía los recuerdan. Los dulces de mi abuela, la mejor repostera que he conocido, estuvieron presentes en todos los festejos y eventos hasta que murió cuando yo tenía 22 años: en Navidad, por descontado, pero ninguno de sus nietos olvida sus sopas de miel en carnavales y sus torrijas de Semana Santa. Y no, ninguno de nosotros le pidió nunca las recetas.
El espacio de las cenas lo cubren (aparte de las grandes celebraciones: nochebuena, año viejo, una boda...) las cenas de los viernes con los amigos de siempre desde hace 30 años. Elegimos un sitio cercano y agradable, sin mucho ruido, y hala, a brindar y a rendir tributo a la amistad y a la confianza.
Si repasamos todos estos espacios de celebración, podemos afirmar sin ninguna duda que nos pasamos la vida comiendo y bebiendo. Comemos para sobrevivir, sí, pero también para vivir mejor y disfrutar, no solo de lo que está en nuestros platos, sino también de la gente con la que compartimos una buena comida. Con razón mi amigo Melchor siempre dice que, cuando se le aparezca el genio de la lámpara, le pedirá que le devuelva todo lo que se ha gastado en comida y bebida a lo largo de toda su vida. Se llevará una fortuna.







