Las cenas de nochebuena en mi casa, e imagino que en todas las casas, siguen
siempre el mismo ritual: aperitivos, comida, bailes y cánticos varios, amigo
invisible…, y, en medio de todo eso, el momento estelar de la noche para los más
pequeños: la visita relámpago de Papá Noel, que viene a repartir bolsas de
caramelos y promesas de futuros juguetes. Nunca, nunca, en los 30 y pico años
que lo venimos haciendo, ninguno de los niños (ni mis hijos, ni mis sobrinos, ni
mi nieta), en el hechizo del instante, se ha fijado siquiera en que Papá Noel
unos años era más alto, otros, más bajo e, incluso, en que alguna vez era una
mujer (yo, sin ir más lejos).
martes, 10 de enero de 2012
martes, 3 de enero de 2012
Empezar el año
El año nuevo hay que empezarlo con el ánimo alborozado y exultante, como quien se
quita una camisa vieja, seca y acartonada y se viste de nuevo con el olor a
limpio junto a la piel. Con las palabras de Tennyson: “¡Despedid al viejo,
recibid al nuevo; sonad, felices campanas a través de la nieve; el año se va,
dejadlo ir; sonad para despedir al infiel; sonad para recibir al justo…”.
martes, 27 de diciembre de 2011
Inocentadas
Siempre me pregunto por qué y para qué, en este país de mentirosos, hay un
día, el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes (aquellos niños mandados a
asesinar por Herodes), dedicado oficialmente a engañar a los demás. Ya sé que no
somos los únicos, no. En Inglaterra, el 1 de abril es el Fool’s Day, que se
podría traducir como “el día loco”; y, el mismo día, en Francia e Italia es “Le
poisson d’avril” y “Il pesce d’aprile”, el Pescado de abril, porque te ponen en
la espalda un pez en lugar de nuestro clásico monigote, ja, ja, ja. Pero, al
menos, ellos no se ríen de los pobres inocentes…
martes, 13 de diciembre de 2011
Yo quiero un premio
La Navidad empezaba en mi casa, cuando era pequeña, el 22 de diciembre con la
cantinela de los niños de San Ildefonso en la radio, que se ponía desde el
principio hasta el final (ya hablé una
vez de la vena ludópata de mi familia). Antes de abrir los ojos, ya mi
subconsciente oía a lo lejos el “veintidós mil setecientooos-ochenta y cuatro,
veinte mil peseeetaaas…”. Y ahora, aunque la cosa haya cambiado a euros, yo sigo
poniendo la radio (un ratito sólo, que, si no, es un guineo) porque es algo que
me emociona más que lo de "pero mira cómo beben los peces en el río". Y es que,
claro, yo también quiero un premio, oye. Quiero eso de descorchar una botella de
champán y mojar a todo el mundo y decir en la tele que qué bien que esté todo
muy repartido y que servirá para tapar agujeros.
martes, 6 de diciembre de 2011
Piropeando
En mis tiempos mozos los chicos nos decían muchos piropos por la calle. Parecía
haber en la educación masculina una asignatura especial dedicada exclusivamente
a este menester. Sacaban sobresaliente en ella los obreros de la construcción, a
los que seguro que les decían cuando empezaban a trabajar: “Tenga usted el
casco, las herramientas y el manual de los piropos, dividido por capítulos:
finos, bastos y burros”.
martes, 29 de noviembre de 2011
Oído al azar
No estamos en una burbuja como los monos sabios japoneses. Somos una parte muy pequeña de un mundo de tropecientos millones de personas y vivimos entre desconocidos con los que, a veces, si tenemos los ojos y las orejas abiertos, se produce un roce leve, un toque, que llega hasta nosotros como la ola causada
por la estela de una embarcación. Son retazos de otras vidas, algo que vemos y,
sobre todo, oímos, frases que nos llevan a imaginar historias escondidas detrás
de ellas o que, en otros casos, nos mueven al asombro o a la risa.
martes, 22 de noviembre de 2011
Tiempo de mandarinas
Había una vez, en la vieja China, un mandarín en cuyo corazón cabían todos los
seres. Su esposa, la mandarina, era pequeña y hermosa pero en su corazón sólo
había sitio para ella. Una mañana, en la que ella paseaba sola entre los
innumerables naranjos del jardín, se le acercó un mendigo para suplicarle que le
diera una naranja. La mandarina le dijo que ni hablar, “mis naranjas son muy
hermosas y tú sólo eres un viejo feo y sucio”. El mendigo que, como suele pasar
en los cuentos, era en realidad un gran mago, se transformó en ese momento y,
con su varita mágica en la mano, le dijo: “Para que aprendas a ser generosa, te
convertiré en árbol y darás sabrosos frutos a cuantos pasen por el camino. Tu
corazón se hará más grande y todos te querrán”. El mandarín buscó a la mandarina
todo el día y, al caer la tarde, cansado y triste, encontró el nuevo árbol y
pensó: “¿Qué hace este arbolito entre mis naranjos? ¿Y por qué sus naranjas son
tan pequeñas?” Probó una fruta y su sabor dulce le recordó a su esposa. Desde
entonces, cada tarde paseaba hasta el arbolito y comía una de ellas y las llamó
mandarinas en honor a su esposa, la bella mandarina”.
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