El infierno - llámese averno, gehena, tártaro, abismo, inframundo o calderas de Pedro Botero - no existe. Y mira que se han esmerado en hablarnos de él a través de los siglos... A mis amigas y a mí, que estudiamos en colegio de monjas, nos lo nombraban a cada paso, poniéndonos, además, ejemplos gráficos: Borja Mari, de las mejores familias de Bilbao, hijo de María, pecó una vez, se murió sin confesión y al infierno por toda la eternidad. Y nos imaginábamos, como si fuéramos el pobre Borja Mari, las llamas quemándonos por todas partes, con lo que eso duele, y a los demonios, feos, con cuernos, rabo y tridente, pinchándonos y asándonos, vuelta y vuelta.
Después del colegio, me volví a encontrar con el infierno en la Divina Comedia de Dante, no ya como un caos desorganizado, sino como si fuera un gran edificio de oficinas como los de Manhattan, solo que, en lugar de pisos, tenía círculos de fuego, hielo y castigos horrorosos, destinados cada uno de ellos a una clase de pecadores: los lujuriosos, los golosos, los avaros y pródigos, los iracundos, los perezosos, los herejes, los violentos, los fraudulentos, los traidores... Y en la puerta, un cartel que avisa: Abandona, si entras aquí, toda esperanza.
Más tarde, en los tiempos de Madrid, vi la obra "A puerta cerrada" de Sartre, interpretada por aquellos magníficos actores que fueron Adolfo Marsillach, Nuria Espert (que todavía vive) y Gemma Cuervo. Aquí el infierno no tenía ni diablos cornudos, ni fuego, ni castigos aparentes. Era una habitación decorada estilo imperio con sus divanes, sus lámparas, su chimenea... Pero en ella tendrían que vivir juntos, siempre allí encerrados, tres personas que se odian profundamente, tres seres incompatibles que no se soportan. El infierno son los otros.
Tanto darle vueltas al infierno y a cómo es, y, al final, habría que oír a los Papas, que se supone que son los que más saben de él. Para Juan Pablo II, nada de fuegos: Más que un lugar, (es) la situación en que llega a encontrarse quien libremente y definitivamente se aleja de Dios. Y el papa Francisco dijo en una entrevista en 2018 que el infierno no existe, sino que lo que existe es la desaparición de las almas pecadoras.
No, el infierno no existe. O por lo menos yo no creo en él. Pero esta semana, que en la isla hemos sido sacudidos por la tristeza y el dolor, me hubiera gustado que existiera, a mí, que ni creo en él ni soy partidaria de la pena de muerte. Así de incoherentes somos los humanos.
Y me hubiera gustado que existiera, con el fuego y toda la pesca de los infiernos de mi niñez, para que un padre cruel, inhumano, perverso y estúpido, que envió al fondo del mar a sus dos preciosas hijitas, robándoles la vida y el futuro, se quedara allí pudriéndose por toda la eternidad.




