¡Mira que somos competitivos y retadores! Desde chicos, además. ¿A que no te atreves a saltar ese charco?, nos decían. Y allí íbamos, a mojarnos de pies a cabeza, si hiciera falta. ¡Antes empapados que cobardes! Un tío mío nos contaba que ellos, de adolescentes, se retaban a ir al cementerio del pueblo por la noche. Y que él casi se lo hacía en los pantalones pero que ir, iba, allá entre las tumbas, temblando con un cigarrillo encendido en la boca para que los compinches lo vieran de lejos y supieran que era él en la oscuridad. Qué miedo, por dios.
Y es que, si nos fijamos, la palabra reto aparece hasta en la sopa. Es como si nuestra vida consistiera en plantearnos retos y cumplirlos: el reto de superar la pandemia, de alcanzar objetivos, de empezar de nuevo tras el volcán, de llegar a. Y no les digo nada ahora con el principio de año, que está ahí mismo, cuando llegue el momento de los propósitos nuevos y tengamos que ponernos los retos a nosotros mismos: que si ordenar armarios, que si leer tantos libros, que si aprender idiomas, que si adelgazar...
A mí los retos que más me tocan de cerca (20 años llevando la Biblioteca del Instituto se notan) son los relacionados con los libros y que ayudan a leer. Hay un montón de fórmulas para conseguirlos. Está el tarro-libro, en que te juramentas a que, cada vez que lees un libro a lo largo del año, pones un euro en un tarro. Al final, sin darte cuenta, has leído y encima tienes un dinerito para comprar más libros. Está el reto de bajar la pila de pendientes, comprometiéndote, por ejemplo, a no comprar libros nuevos si no has leído seis pendientes (este me resulta difícil porque mi pila de pendientes no hace más que crecer). Hay también una red, Goodreads, que es una comunidad de lectores para comentar sobre libros, sobre qué has leído y qué quieres leer, y cómo los valoras y los criticas. En Internet también se plantean Retos de lectura. Por ejemplo, leer en enero un libro cuyo título sea una sola palabra; en febrero, un clásico de la literatura española escrita por una mujer; en marzo, una obra llevada al cine; en abril, un libro publicado el año en que naciste... y así. Y están los Clubs de lectura, que te ponen tareas como leer un libro al mes para comentar después.
A todos estos retos de lectura les veo de positivo lo divertido que es compartir y comentar lecturas comunes. Hasta mis nietos pequeños, que están empezando, me cuentan qué personaje les gusta más, por ejemplo, de "Harry Potter", o cuál fue para ellos la escena más emocionante. Pero para mí es negativo que elijan lecturas por mí (elegir, sopesar, leer la sinopsis, hojear... es un placer añadido a la lectura), que me pongan plazos o tener un horario (renuncié a ellos cuando me jubilé hace 13 años).
Al final resulta, como siempre, que me gusta vivir el ahora, elegir el libro que mejor me venga al estado de ánimo actual, dejarlo si no me atrapa, leer a veces 3 libros a la vez y a veces saborear uno poco a poco, ser un poco caótica, releer. Plantearme retos me quitaría el placer de leer en el instante presente.
Y es que los retos están sobrevalorados. Y si no, mírenme a mí. Con resoecto a los libros, que no me hice ningún propósito a principios de este año ni me puse ningún reto, he leído desde enero 159 libros. Y, sin embargo, perder kilos, que sí me lo planteé, ¡ni uno!. Este próximo enero, cero retos y a vivir. Y a seguir leyendo.

