Si algo le tenemos que reconocer a J. K. Rowling, la creadora de Harry Potter, es la increíble proyección de sus libros. Creo que no había visto cosa igual nunca. No solo ha vendido 500 millones de ejemplares, que se han traducido a 74 idiomas (la serie más vendida y más traducida), sino que, además, todas sus obras, llevadas al cine, fueron un éxito mundial con más de 7.700 millones de recaudación.
Pero lo sorprendente también es el universo de juguetes que ha surgido del mundo de Harry Potter: personajes, animales extraordinarios, juegos... Y lo más original, los inventos que aparecen en los libros y que ya muchos niños tienen en sus casas. A mí, que ya saben que soy fan, es una de las cosas que más me asombran, porque son fruto de la investigación exhaustiva que hace en el mundo de los cuentos y de una imaginación portentosa.
En los 7 libros de la saga aparecen, no solo las típicas varitas y escobas (aunque aquí con estas se juega al quidditch, una especie de baloncesto volador), sino otros "inventos" geniales que a todos nos gustaría tener: el giratiempos que, si pierdes una hora bobiando como nos pasa a cada rato, le das una vueltita al reloj-medallón y ¡hala! la recuperas tan feliz; o la recordadora, ¡qué bien nos vendría ahora!, una bola de cristal que, poniéndose roja, te dice que te has olvidado de hacer algo; o el espejo de Erised, que nos muestra nuestros más desesperados y profundos deseos (y nos consuela por un rato si no se han realizado); o los polvos flu, para viajar de chimenea a chimenea, sin reservas de vuelos ni colas ni nada.
Pero a mí los que más me gustan son dos que los Reyes les han regalado a mis nietos: la capa de invisibilidad (¡ooohhh, asombro de los asombros y espía de los espías) y el Sombrero Seleccionador (en la imagen, sobre la cabeza de mi nieta). Este último es un sombrero puntiagudo de mago, remendado, raído y muy sucio que tiene que ponerse cada alumno de los que van a entrar en Hogwarts, el colegio de magia. En él se abre una rasgadura, ancha como una boca, y por ahí empieza a cantar para elegir a qué Casa, de las 4 que hay, irá cada niño según sus cualidades: No hay nada escondido en tu cabeza que el Sombrero Seleccionador no pueda ver. Así que pruébame y te diré dónde debes estar. Puedes pertenecer a Gryffindor, donde habitan los valientes. Puedes pertenecer a Hufflepuff, donde son justos y leales. O tal vez a la antigua sabiduría de Ravenclaw, si tienes una mente dispuesta. O tal vez en Slytherin harás tus verdaderos amigos. Esa gente astuta utiliza cualquier medio para lograr sus fines. ¡Así que pruébame! ¡No tengas miedo! Estás en buenas manos (aunque yo no las tenga). Porque soy el Sombrero Pensante.
¿Ustedes se imaginan que nosotros funcionáramos igual? ¿Que a los 10 años hubiera alguien o algo que señalara nuestro destino y nuestra vocación, según las cualidades que viera en nuestro interior? No habría carreras ni tareas frustrantes , todos llegaríamos puntualísimos a nuestros trabajos, porque es lo que realmente querríamos hacer, y saldríamos con la sonrisa en los labios, más realizados que una buena película. No nos pasaría nunca como a aquel veterinario que oí una vez por la radio y que, cuando le preguntaron si siempre le había gustado su profesión, contestó: "Mire usted, yo iba a matricularme en Empresariales y entonces me encontré con un amigo que me dijo que en el bar de Veterinaria hacían unos bocadillos de tortilla que te podías morir. Y eso decidió mi vocación:". En el caso de Hogwarts, nada torcería el camino que el Sombrero decidió por nosotros: ni bocatas, ni fuegos fatuos, ni naranjas de la China.
Yo no sé si el Sombrero Seleccionador vería todo lo oculto que hay en nuestra mente, pero de lo que sí estoy segura es de que J. K. Rowling conoce el alma humana como la palma de su mano. Y ese conocimiento es lo que la ha hecho más millonaria que el Tío Gilito.