| Sierra Nevada (nevada) desde el Albaycín |
Hace 9 años escribí un post que titulé "¿Cómo que no has estado en Granada?". Y contaba allí que era la primera vez que visitaba esta ciudad, enamorada del agua, flor de la brisa, que cantaba Carlos Cano. Hablaba de la Granada mora (madera, cerámica, mármol y agua en la Alhambra, callejuelas del Albaycín, teterías de la Calderería, la Puerta Elvira...); de la Granada cristiana (no solo las iglesias, sino también el Colegio de las Niñas Nobles o el pionono); de la Granada gitana (la señora con pantuflas tocando las castañuelas con su nieto en el Mirador de San Nicolás); y, sobre todo, de la Granada viva (los mercados, las tapas, las plazas llenas de gente). Terminaba entonces, en ese diciembre de 2013, con un propósito firme: volveré.
Y ahora he vuelto por segunda vez. Leí una vez un artículo de la escritora Milena Busquets en el que decía que las primeras veces están sobrevaloradas y que ella es más partidaria de las segundas veces (y terceras y cuartas), que es cuando se llega a poseer de verdad algo. No sé si tiene razón (¿Poseer? La realidad siempre es esquiva y se esconde), pero es cierto que esta segunda vez que he estado en Granada iba buscando las dos cosas: encontrarme con la luz y la magia de entonces y descubrir nuevos rincones y momentos.
Y eso hemos hecho. Además de lo ya visto, hicimos cosas nuevas. Visitamos un tablao flamenco con unos bailaores, guitarra y cantaor magníficos, de los que ponen los pelos de punta. Nos embelesamos en la Sacristía de la Catedral con las manos de la Inmaculada de Alonso Cano, una imagen pequeña y preciosa en la que no habíamos reparado antes. Pisamos de noche, en la hora bruja, bajo una luna llena impresionante, las callejuelas empedradas del Sacromonte para ir a una zambra gitana en la que una adolescente, temblando, bailaba por primera vez (y muy bien). Compramos azafrán, el oro rojo (y a precio de oro), en el mercado de San Agustín. Pasamos por el pueblo de Soportújar, el pueblo de las brujas, y nos enteramos de que allí vivió Baba Yaga, procedente de Siberia, en su casa móvil con patas de gallina, y que el pueblo es el punto de encuentro de todas las brujas del mundo. Oímos la canción "Granada" en la voz profunda de un chico de la Tuna. Encontramos la ciudad, no con las luces de navidad de la otra vez, sino adornada con corazones y mensajes amorosos (coincidió con el día de los enamorados). Vimos almendros en flor debajo de los muros de la Alhambra desde el Paseo de los Tristes.
Así que las segundas veces (y las terceras y las cuartas) pueden ser también sorprendentes, porque, además del recuerdo y la mirada nueva, en un viaje se habla, se comenta y se comparten con los amigos momentos estupendos: la hora del vermut (que un día sustituimos por chocolate con churros en la Plaza de Mariana Pineda) o irnos de compras por las tiendecitas curiosas de los pueblos o, simplemente, alegar y reírnos y saber que vivimos juntos un paréntesis de la vida diaria.
Y también se conoce a gente nueva y puede pasar, como me pasó, que peguemos la hebra con una persona que no conocemos de nada y que te cuente parte de su vida y te confiese por qué ya no reza. O que te expliquen, como nuestra estupenda guía, Estrella, no solo todo lo que hay que saber de su ciudad, sino también cómo se hace el remojón granaíno (aceitunas, bacalao, naranja, cebolla y aceite) o la vida y muerte de García Lorca. tan bien contadas que me emocionó. O escuchar a la panadera del pueblecito de Capileira, en plena Alpujarra, decirnos que le encanta su profesión. El único inconveniente -dice- es que te tienes que levantar a las 2 de la madrugada.
Por encima de todo me ha gustado el humor granaíno que se ve por todas partes: en la petición de los habitantes de Pitres, un pueblo de la montaña, a su alcalde para tener un paseo marítimo. Y este, ni corto ni perezoso, lo que hizo fue cambiar el nombre a su calle principal y llamarla así, "Avenida Marítima", con su ancla y su barca y todo. O el Barrio de La Chana ¿En qué otra ciudad del mundo se le da nombre a un barrio por su habitante más famosa, una señora de muy buen ver a quien visitaban con asiduidad muchos buenos (y no tan buenos) mozos de Granada?.
Así que no se corten en revisitar los sitios ya conocidos. Y, si son tan bonitos como Granada, no se debe uno despedir de ellos para siempre, como hizo Boabdil, el último rey musulmán, desde el sitio que hoy se conoce como el Puerto del Suspiro del Moro. No, como dije hace 9 años y repito ahora, hay que decir (sin suspiros): "Volveré".
(Para Estrella, nuestra guía y mentora, que, con gracia y sabiduría, nos hizo amar Granada)