| Torres de la Catedral de Oviedo |
La semana pasada estuve de viaje por Asturias patriaquerida, ya una lo dice así, todo junto como si fuera su adjetivo siamés, de tan conocido y animado que es su himno. No en vano lo cantamos en todos los tenderetes y cogorzas (no como el nuestro, que es un arrorró capaz de dormir a cualquiera). Llegamos el lunes pasado y la verdad es que podía haberles comentado algo como hago todos los lunes del año, pero a veces los viajes son como las semillas o como la masa del pan, que hay que que dejarlos reposar un poco en la memoria para saber qué nace de ellos y perdura.
De los recuerdos apuntados en libretitas, resumidos por la noche en la habitación del hotel, fotografiados, comentados... escojo que Asturias es, sobre todo, naturaleza. Esta es una tierra que han pisado los dinosaurios y eso impone. No aparecen, claro, en los capiteles de la vieja Colegiata románica de San Pedro pero sí hay allí cabezas esculpidas de osos, lobos, rebecos, ciervos... que fueron habituales en tiempos más salvajes y que ahora permanecen escondidos. Hoy son las vacas, los caballos, las ovejas... quienes nos miran, imperturbables, reivindicando el terreno. Los ríos -el Navia, el Sella, el Negro- lo cruzan en paz. Los caminos están custodiados por árboles altos como guardianes, algunos envejecidos con barbas de musgo gris, otros (¿espineros?), llenos de flores blancas que anuncian la primavera. Y está presente el tejo, el árbol sagrado de los celtas y de los astures, símbolo de vida y muerte, por lo longevo y por lo venenoso.
De toda esta naturaleza, pródiga de belleza y vida, yo me quedo con la subida a los lagos de Covadonga, el Enol y la Ercina, serenos bajo un cielo gris, dormidos gran parte del año cuando la niebla no deja subir a los visitantes. En lo profundo del Enol, una imagen de la Virgen de Covadonga permanece sumergida en el agua helada, hasta que el 8 de septiembre todos los años la suben, la limpian y la festejan. Pero normalmente allí se va a estar en paz con la naturaleza, a observar el vuelo de los buitres y de las águilas de la montaña, a sentir el silencio.
Pero Asturias también es su gente, que con buen criterio vive allí desde el Paleolítico. Y más tarde los romanos, los visigodos, los musulmanes... supieron disfrutar también de las bondades de un país con picos coronados de nieve, laderas verdes hasta el mar y playas extensas de olas bravas. A lo largo de los siglos, cavaron minas, pescaron salmones y ballenas, recogieron corales y conchas preciosas, cultivaron una tierra fértil (me enteré de que el "viciosa" de Villaviciosa significa, no lo que piensan, sino precisamente eso, "fértil") y construyeron templos, monasterios y conventos para rezar a Dios. Y aunque muchos emigraron, muchos también volvieron ya ricos y levantaron, para demostrarlo, grandes casas, "las casas de indianos", que todavía hoy resisten el paso del tiempo con dignidad.
De esa sociedad, entresaco la vida pacífica de los pueblos. Por ejemplo, Llanes un domingo por la mañana: niños esperando la catequesis a la puerta de la Iglesia, parejas jóvenes paseando con el cochito del bebé, la hora del vermut en una terraza frente al puerto lleno de barcas, el chico de la patineta junto a la que brinca su perro, las dulcerías abiertas y tentando con los carbayones y las letizias (no hay que olvidar que la reina es asturiana), la vida bullendo y fluyendo, tan tranquila como ese río Sella que cruzan los piragüistas no muy lejos de allí.
Y luego, claro, está Oviedo. Que para todos los que amamos los libros sigue siendo Vetusta -mucho más grande, mucho más limpia-, el nombre tan conseguido con el que la bautizó Clarín en "La regenta". Con las torres de la Catedral , poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne:; con la estatua de ella, Ana Ozores, la regenta. en la plaza, mirando eternamente por si ve aparecer a su amante; con las sidrerías llenas de gente de la calle Gascona; con el Campo San Francisco, que fue antes huerto de los monjes franciscanos y que ahora es lugar de paseo de ovetenses y foráneos (Woody Allen se enamoró de él y, enfrente, como añorándolo, está su estatua); con el Convento de las Pelayas y el Jardín de los Reyes, y la Catedral, y el Mercado, y el Teatro Campoamor... Oviedo, Vetusta, llena de vida. Y en la Plaza del Reloj, después de cada hora, las campanas tocan, una y otra vez, emocionándome, "Asturias, patria querida".
| Puerto de Llanes |
(Las fotos de las torres son de Charo Borges desde el hotel. Las otras dos, mías)
