Padre, lo confieso, dándome golpes de pecho. He pecado esta semana, y mira que hacía tiempo que no lo había hecho. Pero comprenda, fueron muchas las circunstancias que propiciaron mi caída. La comida de Navidad con mis amigas del colegio, siempre abundante y riquísima, en la que cada una quiere dar lo mejor de sí. Ay, esas empanadillas, esas croquetas, esas tortillas, esa ensaladilla, esas banderillas de Conchi que deberían conservarse en un museo de lo bonitas que son, esos hidratos de carbono... Y al final, la paella de la dueña de la casa, que siempre queda rica, y el bizcocho borracho de Ani, que es para nota. ¡Ay! Y también estaba el vinito que yo llevé de Las Riquelas, que lo hace un amigo y que es de los más buenos de la isla, y el aire perfumado por las flores del patio en que lo celebramos. Todo eso se unió para que después de comer, cayera en un sopor de esos que te dejan medio atontolinada.
No pretendo disculparme, Padre. Pequé, sí, pero yo diría, como Don Mendo, que no fui yo sino el maldito Cariñena que se apoderó de mí (sustituyendo Cariñena por Las Riquelas, claro). En ese punto estaba cuando apareció en medio de la mesa la tentación, no en forma de manzana como a Adán y Eva, sino en forma de cafetera grande que, solo con oler el perfume que derrochaba, predisponía a caer de cabeza en el pecado y a sacudirse la modorra. "No debo tomar café", me repetía a mí misma cien veces. "Luego, no puedo dormir en toda la noche", "Aguanta, haz como si no lo vieras, no lo olieras, no lo desearas...". Pero nada, era un café traído de Brasil para despertar los sentidos, un café que olía a café del de verdad, hecho gota a gota en el fuego, no el sucedáneo que nos quiere endilgar George Clooney, una café como tiene que ser, "negro como la noche, ardiente como el infierno, fuerte como el pecado y dulce como el amor". ¿Quién se resiste a algo así?
Además, Padre, realmente, si lo piensa, es un pecadito de nada. Uno de mis amigos, cuando la mujer lo peleaba por haberse pasado con la hora de llegada o con la bebida, siempre le decía. "¿Pues yo robo? ¿Pues yo mato? ¿Pues entonces?".
Y por traer argumentos de autoridad, me acuerdo de Mark Twain que decía que es peor lamentar las cosas que dejamos de hacer. ¿Y si yo me paso ahora meses añorando el no haber probado manjar semejante, qué? O las palabras de Lady Speranza Wilde, madre de Óscar Wilde y mujer muy sabia, que en 1898 dijo a un periodista: "Joven, cuando seas tan viejo como yo, sabrás que solamente hay una cosa en el mundo por lo que vale la pena vivir: el pecado". Así que a estas edades, ¿no es bueno que todavía haya tentaciones y que podamos caer en ellas?.
Claro que ya sé que usted, Padre, no me va a hacer caso y que el pecado lleva consigo la penitencia: las avemarías de rigor, el hacerlo público como los sambenitos de antaño... y el que no pegue ojo en toda esa noche.
Pero valió la pena. Estaba de muerte. Que me quiten lo catado.






