lunes, 15 de marzo de 2021

La Casa de los Principios


Uno de los grandes placeres inconfesables es disfrutar con el trabajo. Y digo inconfesable porque este se ha visto siempre como una maldición, el tripalium de los romanos, el producto del pecado original hebreo. Lo natural entonces es despotricar de él y ansiar la jubilación como si fuera el Santo Grial. Y sin embargo, a algunos nos ha encantado el trabajo elegido y, créanme, fue una gozada. Me acordé de esto el otro día en que mi hija me decía lo mismo, lo bien que se lo había pasado trabajando en lo suyo esa mañana.

Lo suyo ahora es escribir desde que decidió hace 4 años colgar la bata de anestesista, dejar la zona de confort y dedicarse al noble oficio de escribir y de trabajar en todo lo relacionado con la escritura. Ahora ha fundado una empresa de marketing online para escritores (MOLPE), ha montado este año una editorial de libros de escritores para escritores (ya ha salido uno hace 2 meses y otro está en imprenta) y, además, ha publicado 7 novelas, 5 libros de no-ficción, 3 poemarios y ha participado en 3 antologías de relatos. Y en esta semana de marzo acaba de salir su último libro, "La Casa de los Principios".

Ana califica en la contraportada del libro a "La Casa de los Principios" como "una novela corta (tiene 150 páginas) feelgood para iluminar tu corazón". Y algo de eso hay porque, precisamente, uno de los temas es la búsqueda de un trabajo que te haga feliz, algo que Sara, la protagonista del libro, no tiene. Cuando su padre, para el que trabaja, le encarga que vaya a echar una ojeada a la antigua casa de su abuela con el fin de ponerla a la venta, se encuentra que en la casa, que esperaba ver vacía, viven tres personas muy especiales. Obligada por las circunstancias a quedarse y a conocerlas, son ellas las que hacen que Sara vaya, poco a poco, cambiando su actitud negativa ante la vida. 

Pero es, sobre todo, la casa, tal vez el personaje principal, la que más contribuye a esa serenidad que se aprecia desde la portada (dibujada por mi nieta, Eva de José, inspirándose en una ventana de "El naranjero", la casa de sus tatarabuelos) hasta la primera descripción de la casa nada más empezar la novela: Sara se detuvo frente al portón de entrada. Su imagen mental de La Casa de los Principios había sido la de la típica postal de vacaciones: una casita antigua y pintoresca, algo dejada de la mano de Dios y enclavada en medio de un bosque. Pero era mucho más que eso. Los muros encalados de la estructura en L brillaban relucientes y un naranjo cargado de frutos alzaba orgulloso sus ramas frente a los postigos de la planta superior. El olor a tierra húmeda y a romero del seto emborrachaban la mañana y el sonido del agua de una pequeña fuente no solo refrescaba, sino que rompía el silencio catedralicio del jardín.

Y es ese sosiego, esa serenidad de la casa, la que va tiñendo todo lo que pasa: la luz filtrándose tras las cortinas, la cocina luminosa y agradable con el olor de azahar entrando por las ventanas abiertas, el huerto de plantas aromáticas, el silencio acogedor, el bosque con su aura mágica, el aire fresco, el sutil aroma de la lavanda en los dormitorios, el concierto de trinos por las mañanas... Sara no recordaba ningún otro sitio en el que hubiera sentido tanta paz.

Ana me dijo, cuando me dejó la novela para una primera lectura (soy una de sus lectores cero), que era una novela sencilla en la que no pasaban grandes cosas. Pero sí pasan. Habla, como dije al principio, de ser feliz con lo que haces. Pero también de reconstrucción cuando se ha estado muy hundido, de libros y de su poder sanador, de historias inacabadas, de un misterio que hay que resolver, de que a veces hay cierta magia que funciona, de cambiar el futuro. Es sencilla, sí, como la vida. Pero también, como Ana, es un libro lleno de luz. Léanlo.



Pueden encontrar "La Casa de los Principios" de Ana González Duque en las librerías Agapea en Santa Cruz, Lemus en La Laguna y El barco de papel en El Sauzal. Por Internet, está en Amazon y en la web de Ana (aquí, en papel y dedicado)


lunes, 8 de marzo de 2021

Nostalgia de viajes


Una de las cosas que nos ha traído la pandemia es la nostalgia de viajar. Mi amiga María me lo decía la otra mañana mientras nos tomábamos el cafecito al lado del mar: lo que más echa de menos es hacer la maleta y tirar para cualquier sitio lejano y tentador. "Es un poco claustrofóbico no poderse mover de la isla", comentaba medio enfurruñada. Y tiene razón, ya llevamos un año sin salir y lo que te rondaré, morena. 

Algunos de mis amigos suplen la nostalgia del viajar con alguna escapada al sur o al Teide. Pero no es lo mismo, porque, como dice Clara Janés en un reportaje que leí hace poco, el viaje que más nos tienta es el que nos lleva a un lugar desconocido. Un lugar en que abrimos los sentidos para absorber en la mente aquel edificio modernista tan precioso, ese rincón tan distinto a otros, el habla de las gentes, los olores de un mercado... Pero ¿por qué no hacer lo mismo con los lugares conocidos? ¿Por qué no mirarlos con ojos nuevos?

Hace un par de semanas di un paseo sobre las 9 de la mañana por la Rambla de Santa Cruz que más conocida, imposible. Estaba preciosa, con los parterres repletos de pensamientos y con las estatuas -"El guerrero de Goslar" de Moore y "Ejecutores y ejecutados" de Corberó- haciendo su guardia permanente y fría y viendo pasar el mundo. Era una mañana clara con algunas nubes dispersas y aire limpio después de las lluvias anteriores. Había personas solas andando deprisa camino del trabajo, parejas en chándal caminando a toda máquina, hombres y mujeres paseando con calma a sus perros, madres con niños pequeños haciendo una parada con otras madres, adolescentes hacia sus clases y muchos jovencitos ya tecleando en sus móviles.

Y yo me vi de repente hilando recuerdos. Aquí estuvieron los Escolapios donde mi hermano y mi primo empezaron el cole; aquí en la Estatua (ya hablé de ella una vez) quedábamos con las pandillas y nos parábamos a hablar después de las clases en el Instituto en los años de la adolescencia; en esa casa vivía María Imelda, mi profesora de piano, que aguantó con paciencia y resignación horas y horas el sí sí sí do re do sí la sol la sol do fa de mis tecleados; enfrente vivía mi profesor de Física y Química, Don Aniceto, que luego fue colega mío; y al lado estaba el King Club en el que íbamos a bailar de novios y que tenía una pista con cambio de luces que no habíamos visto hasta ese momento. En aquella esquina estuvo la Librería Rodin, una de mis preferidas, y en la otra la Churrería la Madrileña ¡Cuántos chocolates con churros tomamos allí en las tardes frías! Durante un tiempo la Rambla fue el "tontódromo" donde paseábamos después del cine y donde veíamos a los chicos que nos gustaban. Y en la Plaza de Toros vi la única corrida de toros a la que he ido en mi vida, oí ni primer mitin (a Felipe González en el 82) y fui, de madre, con los niños disfrazados a un acto de Carnaval.

Cuando vas a un lugar desconocido, conectas con otras formas de vida. Cuando lo haces a un lugar que conoces con lo que conectas es con tu vida: resucitas fantasmas, remueves recuerdos y te encuentras con tu yo de otros tiempos. Desde luego, no es ir al Taj Mahal o a las Pirámides de Egipto, pero no deja de ser otra manera, también grata y nostálgica (y más barata), de hacer un viaje. Esta vez a tu propia historia.




lunes, 1 de marzo de 2021

Hagan caso a las abuelas


Ustedes saben que me gusta mucho ver en la televisión el rosco de Pasapalabra, que soy fan incondicional desde los tiempos en que lo presentaba Silvia Jato (año 2000) y que cada día de 7,30 a 8 de la tarde, siempre que puedo, ahí me ven sentada y contestando a la vez que el concursante las palabras que me sé (no muchas). Y el jueves pasado con más razón porque se montó la de San Quintín. Desde hace días apareció en las redes la imagen de Pablo, el concursante estrella que lleva el ciento y la madre de jornadas compitiendo, todo emocionado ante un rosco casi terminado a falta de la H. Y todo el mundo dio por supuesto que ese día iba a ganar el rosco.

A Pablo los seguidores de Pasapalabra le tenemos cariño desde que a los 19 años debutó por primera vez y, después de muchos programas, un día un concursante nuevo acertó todas las palabras y le birló el rosco en sus narices. ¡No es justo!, como dicen mis nietos pequeños cuando la virtud no se ve recompensada. Pero lo queremos sobre todo porque es un artista (toca muy bien el violín) y es además educado, risueño, sabio, sensible... ¡y de Tenerife! ¿Qué más se puede pedir? Bien es verdad que no vive aquí pero los orígenes son los orígenes.

Así que desde hace días estábamos todos pendientes de su posible triunfo. No lo teníamos seguro porque en otras ocasiones (con David Leo, por ejemplo), se dijo antes que se iba a llevar el bote y así fue. Esta vez solo hablaban de la emoción de ese día. Y además, una de mis amigas es amiga de la abuela de Pablo y me aseguraba que ella no sabía nada, y también es raro que una abuela no se entere de las cosas. Pero el jueves 25 el periódico digital diariodeavisos.el espanol.com publicó: Hoy es el día: el gran bote de Pasapalabra viaja a Tenerife. Y contaba que Pablo Díaz, tinerfeño de 24 años, hará hoy historia en Pasapalabra y en la televisión de nuestro país. Este violinista de profesión se embolsará los 1.294.000 euros del bote a los que hay que sumar 137.000 euros que ya había ganado. Y seguía diciendo que ha sido el propio programa el que lo ha anunciado. Y La Vanguardia publicaba el horario y dónde ver hoy el posible bote de Pasapalabra. Así que por una lado estaba la abuela, que aseguraba que su nieto no se había llevado el bote, y por otro, los medios animando, jaleando y jurando que ese día era El Día. ¿A quién hacer caso?

El jueves se lograron récords de audiencia: 4.844.000 espectadores. Hasta gente que en su vida lo había visto se pegó el programa entero. Imagínense el enorme chasco que nos llevamos todos cuando ante esa H fatídica que preguntaba por un general cartaginés apodado El Grande (Hannón y no Hieron, como él dijo), todo quedó en nada. Había sido una estrategia del programa para tener más audiencia y la gente se siento estafada.

Allí fue el llanto y el crujir de dientes y la sensación de que nos habían tomado el pelo a todos. No os burleis de la gente, clamaba el político González Pons indignado en El Confidencial. Y por las redes circulaban comentarios como ¡Tramposos!, ¡Rebenques!, ¡Chapuceros!, ¡Eso no se hace!, ¡Una infidelidad duele menos!... al lado de insultos menos bonitos dirigidos a Antena 3 y su campaña marrullera de marketing.

La principal enseñanza que se puede extraer de todo esto es que, si te ponen a elegir entre una información dada por los medios de comunicación y otra dada por las abuelas, sin dudarlo, hazle caso a las abuelas. Ellas, como el diablo, saben más por viejas. Los primeros buscan beneficio; las segundas, la verdad.

Y si no, recuerden a mi abuela que cuando alguien prometía algo, decía sabiamente: Prometer hasta meter y, después de metido, se acabó lo prometido.

¡Adelante, Pablo!


lunes, 22 de febrero de 2021

Toque de queda



Compréndannos. No es que estemos en contra del toque de queda, no. Sabemos que ahora no es cuestión de francachelas toda la noche, como en esas noticias que nos llegan, por ejemplo de Lanzarote, en donde encontraron a un grupo de fiesta a altas horas y en medio de todos a un juez bailando.

No, nosotros, los de mi generación, somos gente seria y responsable y, si nos dicen que nos encerremos a las 10 en casa, nos encerramos y santas pascuas. Pero entiendan que, como a las jubiladas del estupendo dibujo inicial (lástima no saber el autor), nos repatee la cosa. Primero, porque nunca nos había pasado. El toque de queda nos sonaba a las películas de las guerras mundiales en donde tenían que apagar luces y correr cortinas ante el enemigo exterior. Segundo, porque nosotras (sobre todo las mujeres) mientras éramos solteras, tuvimos que padecer nuestro particular toque de queda. ¡¡¡A las nueve en casa!!!, nos decían. ¡Cuántas carreras me pegué por esa calle San Martín para arriba porque llegaba 10 minutos tarde! Hasta cuando estuve en el Colegio Mayor en Madrid (de los 19 a los 22 años) nos hacían entrar a las 10 de la noche. La puerta estaba cerrada a cal y canto si llegábamos tarde, y entonces, después de llamar y llamar, nos abría (y peleaba) el portero de noche, un señor que se llamaba Don Restituto (y al que nosotras por detrás llamábamos Don Prostituto, o Don Prosti, por ese empleo nocturno). Estoy segura de que muchas se casaron, simplemente para poder llegar a su casa cuando quisieran y escapar de una vez del dichoso toque de queda.

Y mira por dónde, después de viejas, los jóvenes nos lo imponen ahora. Manda castaña.  Y ahí nos ven, sin poder ir a nuestras cenas de los viernes por la noche (más de 30 años haciéndolo), porque, si vamos a las 8, a las 9 y cuarto ya nos están echando porque los del restaurante tienen que limpiar, recoger y cerrar antes de las 10. Y claro, no es cuestión de atragantarse con las croquetas ni de quemarse con el plato caliente. Y ni hablar de chupitos y largas conversaciones de sobremesa. Atrás quedan las celebraciones de cumpleaños y de otros eventos en los que estábamos hasta la madrugada cantando boleros y rancheras; atrás, las cenas reposadas alrededor de un pescadito o un buen filete saboreando un vino, mientras alegamos; o las poscenas, en las que, en casa o en casa de los amigos, tomábamos la última copa después de repasar todas las noticias de la semana... Sí, ahora nos vemos alguna vez al mediodía, pero no es lo mismo. A los de mi generación nos llama la noche.

Así que entiéndannos. Rogamos por que la gente sea tan obediente como nosotros, por que nos vacunen de una vez y por que todo esto termine. Porque no nos gustan términos como restricciones o toque de queda. El único toque de queda que me gusta lo puso el artista que cada semana hace el cartel de la autopista del norte. Cuando pasé por allí el jueves pasado, decía: Toque de quédate conmigo. Mucho mejor y más romántico, dónde va a parar.




lunes, 15 de febrero de 2021

Este sol de la infancia



Se ha hablado mucho de este verso que encontraron en el bolsillo de la chaqueta de Antonio Machado después de morir: Estos días azules y este sol de la infancia... Siempre me ha gustado imaginármelo: se ha visto perseguido por pensar distinto al bando ganador de la guerra, ha tenido que huir de su casa y de su país, está enfermo y su madre, que lo acompaña, también. Pasa la frontera entre penurias y llega a Colliure donde morirá poco después. Y, sin embargo, su pensamiento va hacia los días felices de su infancia, tal vez a los recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero.

Del sol de la infancia habló también Albert Camus cuando dijo que el sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento. Detrás de una persona amable hay una niñez feliz.

Y de soles de la infancia, de esos recuerdos luminosos de los niños, hablamos esta semana, mientras comíamos una morena frita y un pescadito, con nuestros amigos austriacos, Suzana y Walter. Walter nació en Viena en plena guerra mundial (año 1943). Sus padres se habían casado (19 y 18 años) cuando a él lo movilizaron recién acabado el bachillerato. Lo mataron enseguida en Stalingrado. Entonces su madre, para huir de las bombas  que destruían la hermosa ciudad de Viena, huyó a Baviera a trabajar en el campo para que su hijo se criara en una cierta paz. El más impactante y temprano recuerdo de Walter fue del año 45 cuando entraron los aliados. Él, un niño de 2 años, estaba viendo, medio asustado con un caballito de madera a su lado, la llegada de los enormes tanques. Entonces un tanque destrozó el caballito y él se echó a llorar. El tanque paró y de él se bajó un militar americano negro - un hombre de unos 20 metros de altura y el primer negro que yo veía, cuenta Walter- que se agachó ante él, le sonrió con todos los dientes, le habló amablemente y le dio chicles (tampoco sabía lo que era eso) y chocolatinas. Y ya no tuvo miedo. Más adelante Walter y su madre volvieron -a una Viena dividida en cuatro zonas hasta el año 55- y él recuerda jugar en los parques, pasar de una zona a otra sin problemas, recibir chucherías de los americanos y de los rusos (pero no de ingleses y franceses, que eran unos antipáticos) y vivir a pesar de todo una infancia feliz que, como a Camus, lo han hecho el hombre generoso y agradable que es.

Por eso, ahora que estamos pasando también una época mala (aunque nada que ver con una guerra) y que muchos ya llaman a los niños de ahora "los niños del covid" y los vemos pasar hasta 6 horas diarias en los colegios con la mascarilla puesta, es reconfortante ver que siguen disfrutando como niños. Me encantó ver a mis nietitos, por ejemplo, el viernes (día en que en otras circunstancias hubieran empezado los carnavales) con una peluca y una gran sonrisa, celebrando la alegría de vivir.

Preservemos a los niños, que es lo mejor que tenemos. Que sigan disfrutando de los juegos, de las fiestas, de los paseos, de la imaginación, del cariño de los seres cercanos. Y que, para que nunca sean adultos resentidos y refunfuñones, siga siempre brillando para ellos el sol de la infancia.

lunes, 8 de febrero de 2021

Una llamada al orden



Yo, que soy una persona ordenada dentro de lo que cabe (sigo teniendo las especias en la cocina por orden alfabético), estoy acostumbrada a vivir, sin embargo, en un cómodo desorden que encuentro acogedor. Los libros, por ejemplo, han ido colonizando todas las habitaciones de mi casa, excepto los dos baños y el cuarto de lavar. Eso sí, están ordenados por materias y, dentro de ellas, por orden alfabético también, que no se diga. Tengo en el cuarto de estudio tongas de revistas de "El País Semanal" que no me ha dado tiempo de leer -¿cómo las voy a tirar sin hacerlo?- y un montón de artículos sin clasificar. A veces encuentro cajas cuyo contenido me asombra ¿No debería haber hecho desaparecer hace tiempo los apuntes de Filosofía de la Naturaleza de la carrera (año 67), o una selección de textos, De divisione  naturae, de Juan Escoto Erígena (Filosofía Medieval, año 68), o un examen de Crítica (año 70) sobre la gnoseología de Aristóteles? Pero, como dije, tampoco es que la cosa me quite el sueño. He vivido mucho y, como consecuencia, tengo muchos arretrancos ¿Y qué?

Pero el caso es que últimamente me estoy poniendo nerviosa porque oigo voces por todos lados que, valga la redundancia, me ordenan que ordene, y todas conspiran para, minando mis defensas, sacarme de mi indolente zona de confort.

Conspira la voz de Marie Kondo, la japonesa que se ha hecho millonaria dando consejos para tener la casa tan ordenadita que, cuando se entra en ella, la quieres tanto que hay que darle hasta besos. Para lograr ese orden, nos dice que lo primero es tirar todo lo que no hayas usado en un año, no necesites o no te haga feliz (el texto de Escoto Erígena, por ejemplo).

Conspira la voz de mis amigas, que han aprovechado los confinamientos de la pandemia para, en lugar de dedicarse al dolce far niente (en italiano suena mejor que "no dar ni golpe") como hice yo, asearon, tiraron, ordenaron y dejaron la casa con cada cosa en su sitio, lista para la revisión de las tropas. Así no se puede: una se acompleja y ya no puede invitarlas a una casa rebujada, cómo va a ser eso.

Conspira la voz de mi conciencia, que me dice que ya tengo una edad y que debería de ir ordenando para no dejarles a mis hijos el batiburrillo que dejó mi madre hace 25 años. Un año entero estuvimos mi hermana y yo tirando cosas. Bueno, algunas me las traje a mi batiburrillo personal (y todavía están aquí).

Incluso hasta IKEA conspira. Cuando pasé por allí el otro día, un cartelón enorme me advertía, como si fuera la trompeta del Juicio Final: "Un nuevo YO más organizado".

Así que me rendí y claudiqué ante el universo que me insta a que "¡Ordena, ordena, ordena!" sea mi mantra a partir de ahora. Pero ¿saben qué? Ahora tengo otro problema, porque me siento como aquel hijo del sultán al que su padre, por su cumpleaños de la mayoría de edad, le regaló un harén entero, y él, ante tanta abundancia, dijo: "Sé lo que tengo que hacer, pero no sé por dónde empezar".

lunes, 1 de febrero de 2021

Pingüinadas


Parte del "Mural del invierno" hecho por mi nuera Myriam para su clase de 3 años.

- ¿De qué vas a escribir la semana que viene? - me pregunta Eva, mi nieta mayor, cuando fui a su casa el martes pasado.

- No lo sé. - Y es verdad, generalmente escribo estos rollitos en el fin de semana anterior y, a veces, hasta el mismo lunes.

- Pues escribe de pingüinos.

- ¿De pingüinos? ¿Y por qué de pingüinos? - Eva tiene puntos de vista originales, como corresponde a una estudiante de 2º de Bachillerato Artístico, pero ¿pingüinos?

- Me encantan los pingüinos - dice-. ¿Sabías que en la época de celo el pingüino busca por toda la playa la piedra más bonita para ofrecérsela a la pingüina? La defiende con uñas y dientes (es un decir) de los que se la quieran arrebatar y, después, a la hora de la verdad, la pone a los pies de ella y espera a ver qué hace. Si ella acepta la piedra, que va a formar parte del nido (algo así como la primera piedra de su casa), nunca más se separarán.

No lo sabía. Y por eso, porque a Eva le encantan y por esa petición de mano tan distinta y en el fondo tan parecida a la nuestra, decido hacerle caso. Hoy vamos a hablar de pingüinos.

Los pingüinos son monógamos y extremadamente fieles. Lo cual no quiere decir que estén siempre juntos, no. Pero cada año regresan al mismo lugar y se encuentran. Mi hijo, que vio una reunión de pingüinos en Argentina, me dijo que eran cientos y cientos gritando todos a la vez. Imagínense un estadio enorme emitiendo gritos durante horas. Pero en ese guirigay él reconoce el canto de la pingüina y de sus hijos y ella el de él. A ese instante mágico del reencuentro en medio del ruido lo llaman "la canción del corazón".

Pero lo que más me llama la atención es que no nos tienen miedo o respeto, como les pasa a otros animales. Más bien nos ven como parientes, como si fuéramos otra especie de pingüinos, raros eso sí, pero de la familia: andamos sobre dos patas y nuestros niños se contonean como ellos, nos movemos en grupos y a veces a toda carrera como si tuviéramos cosas muy importantes qué hacer, hablamos todo el tiempo e incluso, como ellos, tenemos guarderías para los pequeños. Las de ellos consisten en poner a todos los pingüinitos juntos para darse calor.

Si al final resulta que también somos pingüinos, si nos comparamos con ellos, la verdad es que somos más torpes. No tenemos la agilidad, belleza, gracia y aguante de sus nadadas bajo el agua; nuestras relaciones son más complicadas;  no sabríamos reconocer el canto del ser amado en medio del rebumbio ni que nos pusieran altavoces; nuestra fidelidad no está hecha a prueba de pingüinos casquivanos; y, sobre todo, no sabríamos encontrar la piedra más bonita de toda la playa para ponerla a los pies del amado o la amada y preguntarle con ello: "¿Quieres casarte conmigo?". Pingüinos de morondanga, eso es lo que somos.

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