Uno de los grandes placeres inconfesables es disfrutar con el trabajo. Y digo inconfesable porque este se ha visto siempre como una maldición, el tripalium de los romanos, el producto del pecado original hebreo. Lo natural entonces es despotricar de él y ansiar la jubilación como si fuera el Santo Grial. Y sin embargo, a algunos nos ha encantado el trabajo elegido y, créanme, fue una gozada. Me acordé de esto el otro día en que mi hija me decía lo mismo, lo bien que se lo había pasado trabajando en lo suyo esa mañana.
Lo suyo ahora es escribir desde que decidió hace 4 años colgar la bata de anestesista, dejar la zona de confort y dedicarse al noble oficio de escribir y de trabajar en todo lo relacionado con la escritura. Ahora ha fundado una empresa de marketing online para escritores (MOLPE), ha montado este año una editorial de libros de escritores para escritores (ya ha salido uno hace 2 meses y otro está en imprenta) y, además, ha publicado 7 novelas, 5 libros de no-ficción, 3 poemarios y ha participado en 3 antologías de relatos. Y en esta semana de marzo acaba de salir su último libro, "La Casa de los Principios".
Ana califica en la contraportada del libro a "La Casa de los Principios" como "una novela corta (tiene 150 páginas) feelgood para iluminar tu corazón". Y algo de eso hay porque, precisamente, uno de los temas es la búsqueda de un trabajo que te haga feliz, algo que Sara, la protagonista del libro, no tiene. Cuando su padre, para el que trabaja, le encarga que vaya a echar una ojeada a la antigua casa de su abuela con el fin de ponerla a la venta, se encuentra que en la casa, que esperaba ver vacía, viven tres personas muy especiales. Obligada por las circunstancias a quedarse y a conocerlas, son ellas las que hacen que Sara vaya, poco a poco, cambiando su actitud negativa ante la vida.
Pero es, sobre todo, la casa, tal vez el personaje principal, la que más contribuye a esa serenidad que se aprecia desde la portada (dibujada por mi nieta, Eva de José, inspirándose en una ventana de "El naranjero", la casa de sus tatarabuelos) hasta la primera descripción de la casa nada más empezar la novela: Sara se detuvo frente al portón de entrada. Su imagen mental de La Casa de los Principios había sido la de la típica postal de vacaciones: una casita antigua y pintoresca, algo dejada de la mano de Dios y enclavada en medio de un bosque. Pero era mucho más que eso. Los muros encalados de la estructura en L brillaban relucientes y un naranjo cargado de frutos alzaba orgulloso sus ramas frente a los postigos de la planta superior. El olor a tierra húmeda y a romero del seto emborrachaban la mañana y el sonido del agua de una pequeña fuente no solo refrescaba, sino que rompía el silencio catedralicio del jardín.
Y es ese sosiego, esa serenidad de la casa, la que va tiñendo todo lo que pasa: la luz filtrándose tras las cortinas, la cocina luminosa y agradable con el olor de azahar entrando por las ventanas abiertas, el huerto de plantas aromáticas, el silencio acogedor, el bosque con su aura mágica, el aire fresco, el sutil aroma de la lavanda en los dormitorios, el concierto de trinos por las mañanas... Sara no recordaba ningún otro sitio en el que hubiera sentido tanta paz.
Ana me dijo, cuando me dejó la novela para una primera lectura (soy una de sus lectores cero), que era una novela sencilla en la que no pasaban grandes cosas. Pero sí pasan. Habla, como dije al principio, de ser feliz con lo que haces. Pero también de reconstrucción cuando se ha estado muy hundido, de libros y de su poder sanador, de historias inacabadas, de un misterio que hay que resolver, de que a veces hay cierta magia que funciona, de cambiar el futuro. Es sencilla, sí, como la vida. Pero también, como Ana, es un libro lleno de luz. Léanlo.
Pueden encontrar "La Casa de los Principios" de Ana González Duque en las librerías Agapea en Santa Cruz, Lemus en La Laguna y El barco de papel en El Sauzal. Por Internet, está en Amazon y en la web de Ana (aquí, en papel y dedicado)





