lunes, 23 de mayo de 2022

La importancia de llamarse Catalina



Poner un nombre a alguien o a algo es una tarea de gran responsabilidad, porque un nombre va a estar pegado a uno para siempre y porque debe expresar algo en consonancia con la persona o cosa nombrada. No se puede endilgar a alguien un nombre como Inerbelio y luego echarse a dormir con la conciencia tranquila. Así que comprendo perfectamente la preocupación de las monjas de mi colegio cuando se han visto obligadas hace poco a ponerle un nombre nuevo a este. 

El colegio en el que estuve desde los 6 a los 16 años, allá por los años 50 y 60, era el de las Dominicas de Santa Cruz. Cuando en los años 70 se mudaron pasó a ser Dominicas de Vistabella. Pero hace poco los cuatro centros dominicos de Canarias se integraron en la Fundación Educativa Santo Domingo (FESD), donde están 24 centros dominicos de toda España. Entonces se les dijo que en el nombre del colegio no debía figurar "Dominicas", porque todos lo eran y no iba a ser uno más que otro, oye. Tampoco les gustó "Colegio Vistabella", que era solo un sitio, en el que, además, había más colegios. Y al final, después de muchas cavilaciones decidieron llamarlo "Colegio Santa Catalina de Siena".

Pero se han quedado las monjitas un tanto desanimadas porque siempre hay alguien que protesta: que si ese nombre a cuenta de qué, que quién se acuerda de Santa Catalina, que si esto, que si lo otro. Y esta es la razón del post de hoy. Mis amigas del colegio y yo, las que estuvimos 10 años o más recorriendo los pasillos, las aulas, el patio con sus laureles, la capilla, el salón de estudio, y hasta la clausura (por donde nos fugamos un día bienhallado) hemos decidido apoyar el nombre, faltaría más. Pero es que nosotras (incluso las no religiosas) somos muy de Santa Catalina.

Es verdad que fue un poco intensa (con visiones y esas cosas), pero de pequeña la llamaban Eufrosina (que significa Alegría) y de mayor, ya Catalina, fue una mujer de armas tomar que no admitía ninguna tontería. Vivió en el siglo XIV y solo 33 años, pero hizo lo suficiente para ganarse a pulso el respeto de todo el mundo, incluidos los Papas del momento que estaban divididos, uno en Roma y otro en Aviñón. Ella contribuyó a acabar con el cisma, escribió y discutió con autoridades, sabios y obispos y socorrió a los desgraciados durante la peste de 1374. Es Santa, es Doctora de la Iglesia y es la copatrona de Europa y de Italia.

Y para nosotras es alguien muy cercano. Ya les conté aquí que en su Día en el colegio nos vestíamos de gala (un traje que odiábamos, la verdad), desfilábamos con velas largas encendidas en la mano y cantábamos con todo el entusiasmo juvenil de entonces lo de Cantad a Catalina plegarias fervorooooosas, de lirios y de rosas su frente coooronad.... Y también les conté que las notas de ese himno resuenan hoy en todos los cambios de hora del colegio. ¡después de 7 siglos que hace que murió se la recuerda a cada hora! Pero es que, además -y esto, por favor, que no salga de la isla-, cuando mis amigas y yo hacemos alguna comilona en la intimidad y sin que nos oiga nadie, cantamos otra canción de entonces que toda dominica conoce: Al entrar en el colegio de las madres Dominicas hay un letrero que dice. ¡Viva santa Catalina, viva Santa Catalina! Si esto, el que 15 o más señoras mayores de 70 todavía la recuerden y la canten, no es ser famosa y merecedora de tener un colegio a su nombre, ya me dirán quién lo es. Ni Messi.

Tengan, pues, las buenas monjas del colegio la bendición de las alumnas veteranas por el acierto en elegir ese nombre para el colegio, el de una mujer que en el siglo XIV, cuando las mujeres no pintaban nada de nada, supo defender las ideas en las que creía y demostró la importancia de llamarse Catalina.

lunes, 16 de mayo de 2022

Viaje al pasado



Si la vida merece la pena es porque está salpicada de momentos gratos: una buena conversación, las risas con los nietos, la visión de algo muy bello, una música que embruja, la lectura de un buen libro, un beso de amor, el descanso después del trabajo... Y, por supuesto, las cenas con los amigos de siempre que hacemos todos los viernes por la noche desde hace unos 30 años.

El viernes pasado fue, además, especial. Fuimos al VIII Aniversario de la apertura del restaurante "La Bruma" en La Laguna, llevado, con muy buen hacer y esmero, por Suso Purriños y su mujer, Ligia. Suso, que fue alumno mío hace un montón de años, nos recibió tan cariñoso como siempre y nos ofreció un menú de esos que se paladean despacio y se recuerdan después: guacamole con chips de yuca, croquetas de huevo frito con chorizo, curry verde thai con chocos y gambones, carrilleras de ibéricos... Un menú riquísimo, pero también una noche increíble porque fue casi como un viaje al pasado.

Primero, me encontré con Quico, el hermano de Suso, que fue uno de mis primeros alumnos cuando, a los 23, di clase durante 2 años en el Colegio Luther King. Y allí pegamos la hebra a hablar de cuando al mes de inaugurarse el colegio (hace nada menos que 50 años), ni cortos ni perezosos, nos fuimos todos de noveleros, profesores y alumnos, a ver el Teneguía a La Palma; de los compañeros, con los que él todavía se ve, y de los que ya no están, como Pili o como Chano del que recordamos su humor y su risa; de cómo nos marcó el colegio, de lo bien que recordamos todo, en mi caso tal vez por ser el estreno. ¡Éramos tan jóvenes y teníamos tanto entusiasmo!

Después Suso trajo a mi mesa a tres de sus amigos de Instituto, Javier, Elena y Gonzalo, a los que, ¡qué casualidad!, también di clase de Filosofía en el 79-80 en mi segundo centro, el Instituto Andrés Bello, en el que estuve 13 años. Y me contaron que Javier y Elena se habían hecho novios entonces y se habían casado y ya tenían hasta una nieta; y hablamos también de aquellos tiempos, y de los profes, compañeros míos, que recordaban.

Al final, para seguir viajando al pasado, resultó que también allí había alumnos de mi tercer centro de trabajo, el Instituto Canarias Cabrera Pinto en el que me jubilé después de 22 años: Raquel, alumna, organizadora de mis viajes y amiga, que estaba en otra mesa con su marido; y también el animador, Emilio Cedrés, con el que no me pude resistir a hacerme la foto que ven al inicio. Era como ir de sorpresa en sorpresa ¡Había allí alumnos de los tres centros en los que trabajé! Nunca me había pasado, parecía como si el destino hubiera mandado una representación -bastante digna, por cierto- de cada momento importante de mi vida laboral.

La noche pasó entre risas, conversaciones y las canciones de Emilio, que tiene una voz preciosa pero que no pudo evitar que le acompañáramos a grito pelado en el "Y nos dieron las diez". Y cuando nos fuimos, ya cerca de las 2 de la mañana, entre besos y abrazos y deseos de volver a encontrarnos, no dejamos de decir, arropados por una luna llena en la noche lagunera, lo de "¡Pero qué bien nos lo hemos pasado!".


lunes, 9 de mayo de 2022

Dos cartas de amor



Hubo un tiempo en que uno se sentaba, pensaba, escribía una carta a mano y, después, buscaba sobre y sello y se iba al buzón más cercano, con la confianza de que sería leída, no importaba si en una semana o en un mes. Hubo un tiempo en que se invertía esfuerzo en escribir cartas porque sabíamos que lo que escribíamos perduraría. Hubo un tiempo en que, si la carta era de amor, se ponía el corazón en ella porque estábamos convencidos de que se conocía más a una persona por ella que por dos horas de conversación.

Les pongo el ejemplo de dos cartas de amor. La primera la leí hace poco y está escrita (a máquina y en horas de oficina) por una tal Baudilita al padre de una amiga mía. La carta la encontró entre sus papeles y está escrita años antes de que yo naciera, así que espero no ser indiscreta revelando su contenido, ya que Baudilita debe andar ahora por los 100 años y pico, y no creo que, si vive aún, se reconozca en las inflamadas palabras que le dedica a su queridísimo amorcito mío, como comienza la carta.

En el primer párrafo le dice que no ha podido dormir porque con tu marcha me quedé amonadada (tal cual), y que sin su cariño no tendría otro remedio que consagrarme a estar en el claustro divino y vivir solamente para purgar mi vida víctima de horrores pasados. La vamos conociendo: o te quedas conmigo o me meto a monja. Qué intensa.

En el segundo párrafo le reprocha que no le haya escrito y ¿crees que no tengo bastante con las torturas y calamidades en esta vida llena de espinas y ambrojas? (Ni idea de qué son las ambrojas esas). Y sigue diciéndole que un tal Jilverto (escrito así) quiere hablar con su madre porque ya terminó 7º de Bachillerato y quiere hacerse ingeniero y ya me dirás, amor de mi existencia y entretelas, si le entrego mi corazón a Jilverto o no. Segundo aviso: hay otro Plan B.

En el tercer párrafo se pone poética hablando de una noche cubierta de estrellas que compartieron y que ofrecía a los enamorados el placer de gozar del amor puro, cristalino y verdadero, pero que una mano cruel y misteriosa me hacía señas para que no te amara. Tercer aviso, ¡ay, esas manos crueles y misteriosas...!

En el cuarto párrafo, te suplico por el todopoderoso que no me abandones, yo me sacrificaré, robaré y mendigaré si preciso fuere solo por poseer una fibra de tu inmenso corazón. ¡Ay, señor!

En el quinto párrafo se define (por si él tiene dudas, digo yo): Ya sabes que soy alta, morena y hermosa, en mis ojos negros parecidos a dos aceitunas, hay siempre un brillo de tentación (...) y puedo decirte sin escrúpulos que siento un placer muy femenino, ya que incendio el corazón de los hombres y me gusta manejarlos como fantoches de un rebaño o de marionetas, y que se muevan al antojo de mis caprichos... Pues vaya, me da que ahora el "amorcito suyo" terminó de conocerla.

Al final dice que no sigue escribiendo porque está en la oficina y se despide diciendo que queda incolume, triste, pensativa y meditabunda quien tanto te quiere, tu Baudilita.

¿Qué les parece? ¿No es verdad que la acabamos conociendo todos?

Veamos, sin embargo esta otra carta, una de mis preferidas en la literatura: la que escribe el capitán Frederick Wentworth a Anne Elliot en "Persuasión" de Jane Austen:

... Le ofrezco mi ser otra vez con el corazón más rendido que cuando casi lo destrozó hace ocho años y medio. No diga que el hombre olvida antes que la mujer, que su amor muere más pronto. Puedo haber sido injusto, he sido rencoroso y débil; pero jamás inconstante. Solo usted es el motivo de que yo haya venido a Bath. Solo por usted pienso y hago proyectos. ¿Acaso no lo ve? ¿No ha comprendido mis deseos? No habría esperado siquiera estos diez días de haber sabido cuáles eran sus sentimientos, como creo que debe usted de haber adivinado los míos (..) ¡Dulce y angelical criatura! Veo que nos hace justicia. Crea que existe la constancia y el amor verdadero entre los hombres. Crea que son muy fervientes, muy constantes en F.W.

Hay cartas de amor y cartas de amor y hay algunas que merecen conservarse y otras que no. 

Anne Elliot y el capitán Wentworth se comprometieron menos de una hora después de que ella leyó la carta. En la vida real Baudilita no se casó con el padre de mi amiga. Ignoramos si lo hizo con Jilverto o se metió a monja o siguió "amonadada".



lunes, 2 de mayo de 2022

Francia es una fiesta


Mont-Saint-Michel

Últimamente estoy, como diría mi abuela, muy pasiantina. En lo que llevo de año he ido a Granada, Asturias y, esta semana pasada, a Normandía, Bretaña y París. Al volver he pensado que ya me deben quedar pocos años para hacer estas escapadas y que cada vez tengo las bisagras más oxidadas, pero ¡qué diablos! por ahora dale alegría a tu cuerpo, Macarena. Y es que, además, este último viaje ha sido una fiesta.

Tal vez haya sido por el lujo de los guías que hemos tenido, como Martine en Rouen y su fino sentido del humor ("San Maclau era un monje que hablaba con los pájaros. Con las personas, no, pero con los pájaros, sí"); o como Horacio en París, que se emocionaba (y nos emocionaba) con las maravillas de la Sainte-Chapelle; o sobre todo, como Sonia, nuestra guía permanente - divertida, eficiente, culta-, a la que ya considerábamos parte de la familia.

O a lo mejor fue también el grupo tan estupendo que hicimos (éramos 23 personas), la mayoría canarios de Tenerife y otros pocos peninsulares con los que conectamos enseguida. Buenas caras y buen humor. Hasta yo me confundí un día de marido y tiré de la mano de un vasco que hacía ímprobos esfuerzos por soltarse, mientras se reía.

O fue la belleza de los paisajes o de los pueblitos de la Francia profunda: el majestuoso Mont-Saint-Michel; Honfleur, zona de quesos y manzanas; Deauville, que todavía recuerda a Coco Chanel y a "Un hombre y una mujer"; el encanto de Dinan con su jardín inglés y sus vistas sobre el río; Saint-Malo, tierra de corsarios; Pleyben y Locronan, casas de piedra y flores; Concarneau, la ciudad de las redes azules; Vannes, con sus murallas y sus 6 puertas, tan medieval ella; Nantes, la tierra de Julio Verne y Ana de Bretaña...

O fue la emoción de contemplar las playas de Normandía, todavía con sus diques para facilitar el desembarco, que nos recordó que todavía hay guerras a la vuelta de la esquina. En un grafitti en los muros de Arremanches se sigue pidiendo el no a la guerra.

O contribuyó a hacer tan especial el viaje las anécdotas con las que nos encontramos, como el gato momificado de un cementerio en Rouen ("¿Fruto de una broma de estudiantes de Bellas Artes?", pone al pie); o los confesionarios de la iglesia de Saint-Germain en Pleyben, unos cubículos medio bizantinos en uno de los cuales había un cartel que decía (se lo traduzco gentilmente): "No teniendo límite la estupidez humana, tenemos que hacer saber que los confesionarios no son retretes públicos".

¿O nos gustó tanto por las mujeres reales - tan fuertes, tan empoderadas- que fuimos descubriendo en las huellas que dejaron en la historia de su país? Jeanne de Belleville, que se convirtió en corsaria para vengar la muerte de su marido; Leonor de Aquitania, que fue a las Cruzadas y fue reina de Francia y de Inglaterra; Juana de Arco, que con 16 años ayudó a liberar a Francia de la dominación inglesa en la guerra de los Cien Años; Blanca de Castilla, que fue regente del país; Ana de Bretaña, 2 veces reina de Francia; Marie Curie, 2 veces premio Nobel y que está enterrada en el Panteón de París...

O igual el encanto estuvo en el kir bretón (licor de grosella más sidra) que nos tomábamos a la hora del apéritif, o en el calvados frío y con sabor a manzanas, o en el armagnac (que también cayó un día).

Y por supuesto, siempre nos quedará París, que tuvimos como fin de fiesta y recorrimos recordando otros viajes anteriores en los que nos sedujo igualmente. Allí estaba Notre Dame, curándose de sus heridas; la luz de la Sainte-Chapelle; el paseo por el Sena bajo el puente más romántico del mundo, el Alejandro III; el recorrido por los Campos Elíseos, la Ópera resplandeciente... Y la Torre Eiffel, que nos regaló a las 10 de la noche, en un París iluminado y acogedor, una traca final con luces doradas, estallando y recorriendo sus líneas estilizadas de vieja dama elegante.

Por todo eso fue un viaje precioso. Y claro que me cansé, que una ya tiene una edad. Seguramente viajaré menos en adelante pero no renuncio a hacerlo de vez en cuando. Como decía mi madre (que también fue pasiantina) un mes antes de morir: "Tal vez no viaje más, pero ¿y lo que me he divertido haciéndolo?". Seamos felices, pues, mientras podamos (como dicen también los jardineros).


Reloj de Rouen




Grafitti en Arremanches


Casas en Concarneau

La Sainte-Chapelle


lunes, 18 de abril de 2022

¿Dónde vas, coja cojita, minuflí, minuflá?



Nosotros, de jóvenes, no sabíamos lo que era o no políticamente correcto. Tanto nos ponían en el colegio a pedir por las calles el Día del Domund con aquellas alcancías con forma de cabezas de negritos o de chinitos -por cierto, ¿serán ahora los chinos la primera potencia económica mundial gracias a nuestras cuestaciones de entonces?-, como cantábamos en una rueda aquello de "¿Dónde vas, coja cojita, minuflí, minuflá?", mientras una de nosotras cojeaba ostensiblemente en el centro con cara de magdalena. Y debe ser por un resabio de esos tiempos por lo que los de mi generación no tienen empacho ni vergüenza para hablar de esos temas, como voy a hacerlo yo hoy.

Porque, vamos a ver, ¿quién de nosotros, bípedos que, en un pasado remoto, bajamos de los árboles e hicimos un esfuerzo enorme por ponernos a dos patas, no ha sufrido un traspiés, una torcedura, un esguince? El primero de los míos fue jugando al baloncesto en el 68 con el equipo de mi Colegio Mayor. Me caí y me fracturé la cabeza del 5º metatarsiano (todavía, cuando cambia el tiempo, siento un ligero dolor) y anduve un mes renqueando y con una faja elástica y pegajosa en toda la pierna que, cuando me la quitaron, como si fuera una cera general, me hizo ver las estrellas.

Una vez un grupo de mis alumnos de Ética, muy imaginativos, centró el trabajo de curso en los obstáculos que los minusválidos se encuentran en su deambular diario. Y ni cortos ni perezosos, se pasaron un fin de semana en una silla de ruedas unos y con muletas otros, apuntando todos los problemas con los que uno se puede encontrar en una ciudad como La Laguna: escaleras, aceras sin rebaje o demasiado estrechas, adoquines rotos, socavones, raíces de los árboles que levantan el pavimento... Una carrera de obstáculos. Fue un ejercicio de empatía que les sirvió para concluir, con Terencio, que somos humanos y que nada de lo humano nos es ajeno. Cualquiera puede encontrarse en la misma situación.

Algo de todo esto se lo he contado a mi nieta mayor, Eva, esta semana en que ella y yo hemos sido compañeras de fatigas: ella con una fractura de cadera que la obliga a llevar muletas durante un mes, y yo con un dolor en la pierna que me ha hecho cojear por toda la casa, que, otra cosa no, pero escaleras ¡ay! tiene para dar y regalar.

También la consuelo con los cojos célebres de la Historia, que vivieron y soportaron alegremente y con paciencia el traqueteo: Julio Verne, Frida Khalo, Ignacio de Loyola, Quevedo, Shakespeare, Tayllerand, Walter Scott, Lord Byron, Roosevelt, Daddy Yankee... Y también le cuento que el niño que descubre al flautista de Hamelin y salva a los demás niños fue el cojito que se quedó atrás. (En esta lista no cuento a Descartes del que una vez una amiga me aseguró que era cojito. Le tuve que explicar que el "cogito, ergo sum", va con "g" y significa "pienso, luego existo").

El último de los famosos cojos (o tal vez el primero), del que los periódicos hablan esta semana, es del dinosaurio cojo de 6 a 7 m. de longitud, que dejó su huella para la posteridad en la serranía de Cuenca hace 129 millones de años. Nos lo podemos imaginar a partir de los tres dedos de la pata izquierda (dos deformados y uno dislocado), caminando el pobre por los humedales de la zona en busca de sabrosas hierbas y de agua clara. Tal vez sus compañeros también le cantaban,  para animarlo a ir al mismo ritmo que ellos, el "¿Dónde vas, cojo, cojito, minuflí, minuflá?". ¿Les contestaría él, como mi cojita de la infancia, "Voy al campo a por violetas, minuflí, minuflá"?.

lunes, 11 de abril de 2022

Un espíritu libre



Oír conversaciones sin querer nos puede enseñar mucho de la vida. Recuerdo una vez oír a mi sobrino que instruía a un compañero en el arte de sacar buena nota en Filosofía, asignatura que al otro no se le daba muy bien. Como era algo que me interesaba, puse atención y le escuché decir: "Tú no te preocupes por nada. Pregunte lo que te pregunte, tú háblale de la libertad y con eso ya tienes el sobresaliente ganado".  Casi echo la carcajada. ¿Será posible?, me dije. Pero luego pensé que a lo mejor sí, que los profes de Filosofía hablamos mucho sobre la libertad y que los alumnos nos tienen cogido el tranquillo y conocen a la perfección nuestros puntos débiles.

Por eso debe ser también que nos impresionan tanto los espíritus libres. En el último viaje a Asturias venía con nosotros una de mis alumnas (y amiga también), una chica joven y guapa, a la que podríamos llamar eso, un espíritu libre. Como tocaban "Los Secretos" en Gijón el sábado en que fuimos allá de visita, ella decidió quedarse y volver a Oviedo al final del concierto. La madre que todas llevamos dentro hizo que mis amigas y yo casi la sometiéramos a un interrogatorio policial. ¿Cómo volverás? ¿Hay guaguas a esas horas? ¿Cuánto tardarás? ¿Y de la Estación al Hotel no es un trayecto muy largo? ¿Y si no encuentras un taxi? ¿Y no podrías ir con alguien y no sola? ¿Nos pondrás un wasap cuando llegues para dormir tranquilas?

Ella se reía y nos decía que no nos preocupáramos y nos miraba como pensando que había venido al viaje sola, tan ricamente, y se encontraba con seis madres fiscalizadoras. Pero así y todo es tan encantadora que, cuando llegó a las 12 y media de la noche, me puso un wasap: "Ya en la camita".

Todas nos habíamos quedado preguntándonos: ¿Lo haríamos nosotras?. Ir sola a un concierto de noche, en una ciudad desconocida, sin coche, teniendo que caminar hasta las paradas, no sabiendo si podría coger la guagua de las 11 (no la cogió por minutos), teniendo que esperar 1 hora a la siguiente... Solo una de nosotras, mi amiga Carmen, dijo que ella sí lo haría. Las demás dijimos que ni locas. Y luego me quedé pensando en que para ser libres de verdad, no solo tendríamos que luchar contra la presión social, sino también contra nosotros mismos, contra nuestros miedos, prejuicios y cobardías.

Por eso los profes de Filosofía damos tanto la lata con el tema de la libertad, porque sería deseable un mundo donde los espíritus libres, como mi alumna y como Carmen, fueran mayoría. Y recordamos en nuestras clases a filósofos, como Pico della Mirandola, que hace decir a Dios hablando con Adán: Te puse en mitad del mundo para que miraras más cómodamente a tu alrededor y vieras todo lo que hay en él. No te hicimos ni celeste, ni terrestre, ni mortal ni inmortal, para que, casi libre y soberano, te moldees y te esculpas la forma que prefieras de ti mismo.

El don divino es la libertad, inventarnos cada uno, diferente a los demás, ser lo que quieres ser, incluso fan de Los Secretos y asistente a un concierto por la noche, si es lo que te gusta y te completa. Tenía razón mi sobrino, la libertad es un tema que a los profes de Filosofía nos chifla...

lunes, 4 de abril de 2022

Asturias, patria querida


Torres de la Catedral de Oviedo

La semana pasada estuve de viaje por Asturias patriaquerida, ya una lo dice así,  todo junto como si fuera su adjetivo siamés, de tan conocido y animado que es su himno. No en vano lo cantamos en todos los tenderetes y cogorzas (no como el nuestro, que es un arrorró capaz de dormir a cualquiera). Llegamos el lunes pasado y la verdad es que podía haberles comentado algo como hago todos los lunes del año, pero a veces los viajes son como las semillas o como la masa del pan, que hay que que dejarlos reposar un poco en la memoria para saber qué nace de ellos y perdura.

De los recuerdos apuntados en libretitas, resumidos por la noche en la habitación del hotel, fotografiados, comentados... escojo que Asturias es, sobre todo, naturaleza. Esta es una tierra que han pisado los dinosaurios y eso impone. No aparecen, claro, en los capiteles de la vieja Colegiata románica de San Pedro pero sí hay allí cabezas esculpidas de osos, lobos, rebecos, ciervos... que fueron habituales en tiempos más salvajes y que ahora permanecen escondidos. Hoy son las vacas, los caballos, las ovejas... quienes nos miran, imperturbables, reivindicando el terreno. Los ríos -el Navia, el Sella, el Negro- lo cruzan en paz. Los caminos están custodiados por árboles altos como guardianes, algunos envejecidos con barbas de musgo gris, otros (¿espineros?), llenos de flores blancas que anuncian la primavera. Y está presente el tejo, el árbol sagrado de los celtas y de los astures, símbolo de vida y muerte, por lo longevo y por lo venenoso. 

De toda esta naturaleza, pródiga de belleza y vida, yo me quedo con la subida a los lagos de Covadonga, el Enol y la Ercina, serenos bajo un cielo gris, dormidos gran parte del año cuando la niebla no deja subir a los visitantes. En lo profundo del Enol, una imagen de la Virgen de Covadonga permanece sumergida en el agua helada, hasta que el 8 de septiembre todos los años la suben, la limpian y la festejan. Pero normalmente allí se va a estar en paz con la naturaleza, a observar el vuelo de los buitres y de las águilas de la montaña, a sentir el silencio.

Pero Asturias también es su gente, que con buen criterio vive allí desde el Paleolítico. Y más tarde los romanos, los visigodos, los musulmanes... supieron disfrutar también de las bondades de un país con picos coronados de nieve, laderas verdes hasta el mar y playas extensas de olas bravas. A lo largo de los siglos, cavaron minas, pescaron salmones y ballenas, recogieron corales y conchas preciosas, cultivaron una tierra fértil (me enteré de que el "viciosa" de Villaviciosa significa, no lo que piensan, sino precisamente eso, "fértil") y construyeron templos, monasterios y conventos para rezar a Dios. Y aunque muchos emigraron, muchos también volvieron ya ricos y levantaron, para demostrarlo, grandes casas, "las casas de indianos", que todavía hoy resisten el paso del tiempo con dignidad.

De esa sociedad, entresaco la vida pacífica de los pueblos. Por ejemplo, Llanes un domingo por la mañana: niños esperando la catequesis a la puerta de la Iglesia, parejas jóvenes paseando con el cochito del bebé, la hora del vermut en una terraza frente al puerto lleno de barcas, el chico de la patineta junto a la que brinca su perro, las dulcerías abiertas y tentando con los carbayones y las letizias (no hay que olvidar que la reina es asturiana), la vida bullendo y fluyendo, tan tranquila como ese río Sella que cruzan los piragüistas no muy lejos de allí.

Y luego, claro, está Oviedo. Que para todos los que amamos los libros sigue siendo Vetusta -mucho más grande, mucho más limpia-, el nombre tan conseguido con el que la bautizó Clarín en "La regenta". Con las torres de la Catedral , poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne:; con la estatua de ella, Ana Ozores, la regenta. en la plaza, mirando eternamente por si ve aparecer a su amante; con las sidrerías llenas de gente de la calle Gascona;  con el Campo San Francisco, que fue antes huerto de los monjes franciscanos y que ahora es lugar de paseo de ovetenses y foráneos (Woody Allen se enamoró de él y, enfrente, como añorándolo, está su estatua); con el Convento de las Pelayas y el Jardín de los Reyes, y la Catedral, y el Mercado, y el Teatro Campoamor... Oviedo, Vetusta, llena de vida. Y en la Plaza del Reloj, después de cada hora, las campanas tocan, una y otra vez, emocionándome, "Asturias, patria querida".




Lago la Ercina en Covadonga


Puerto de Llanes

(Las fotos de las torres son de Charo Borges desde el hotel. Las otras dos, mías)




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