Llevamos una semana traumática, con ese terremoto que ha sacudido Turquía y Siria, con esos miles de muertos, heridos y gente sin hogar, que nos dejan el corazón en un puño y el ánimo por los suelos. Y a esto se añaden las peleas políticas, la guerra que no cesa entre Ucrania y Rusia, los inconvenientes de vivir en sociedad. Dan ganas de parar el mundo y bajarse.
Por eso no es raro que una busque los finales felices en los libros. Estoy totalmente de acuerdo con Marc Levy, un escritor del que apunté esta perla de sabiduría: ¿No le parece que ya hay bastantes dramas en la vida real, que la gente ya está suficientemente abrumada por las desgracias, las mentiras, las vilezas y las mezquindades como para que añada más usted, como para perder el tiempo contándoles historias que acaban mal?. Pues eso.
¡Ah, los finales felices, donde, no sé por qué, comen perdices (¿Por qué no jamón serrano?)! Y no finales felices relativos, como los de las novelas policíacas en las que siempre alguno acaba mal, generalmente el asesino. No, no, para finales felices de esos que te dejan una sonrisa en la cara hay que leer una buena historia romántica. Una de mis preferidas, por ejemplo, es "La volatinera" de Dorothy Gilman, que no solo tiene un final agradable (Pero mientras iba pensando en todas estas cosas, compré una flor al florista de la esquina y me la llevé a casa para Joe), sino que también incluye el final feliz de otro libro del que habla: Y así fue más allá del horizonte al país de la aurora. O este final tan bonito de "La vida escondida entre los libros" de Stephanie Butland que dice: La idea de ella era tan acogedora como la tarta de jengibre, tan dulce como la de una niña que encuentra la concha perfecta en la orilla.
Y por supuesto, el final perfecto de una novela romántica es terminar con un beso de amor, claro. Les pongo dos ejemplos de dos novelas que no solo son "novelas de besos" (como las que no le gustaban al niño de "La princesa prometida"), sino que además tienen un ingrediente que me encanta, el humor. Una es "La hipótesis del amor" de Ali Hazelwood que termina con Le acercó los labios al oído y susurró con suavidad: ¿Puedo besarle, doctor Carlsen?. La otra es "La reina de la casa" de Sophie Kinsella: ¿Y ahora, qué? -Se gira hacia el andén y yo lo imito. Las vías se extienden en ambas direcciones hasta perderse de vista- ¿Por dónde?. Miro hacia la lejanía, entrecerrando los ojos. Tengo veintinueve años. Puedo ir a donde quiera. Puedo hacer cualquier cosa. Ser quien yo quiera. -No hay prisa.- digo al fin; me pongo de puntillas y lo beso otra vez.
Algunos de ustedes (escépticos, que son unos escépticos) tal vez piensen que los finales felices no existen porque la vida está llena de escollos y termina como termina. Orson Welles decía que, si quieres un final feliz, eso depende de dónde quieres parar la historia. El dibujante Paco Roca en una de sus historietas presenta a Homero imaginando "La Odisea": Empezaré con la salida de Ulises de Troya. Y la terminaré...emmm". Pero al terminarla, cuando Ulises ve su amada Ítaca, empieza a pensar: Cuando amarremos, habrá que poner al día el barco: Pintar el casco, reparar velas, pagar a la tripulación, poner orden en nuestras casas, hacer la colada, ocuparnos de las propiedades de la familia... Con lo cual Homero se arrepiente del final, y pone que aquello no era Ítaca, que los dioses le estaban jugando otra vez una mala pasada a Ulises, y entonces el barco cambia de rumbo y se interna de nuevo en las brumas.
Pero también pienso que, si has tenido una vida plena, si cada momento eres consciente del privilegio de vivirlo, tal vez incluso el final de los finales no sea un mal final. Como dijo Edmund Spenser en estos versos que Agatha Christie pidió que pusieran en su tumba: El sueño tras el esfuerzo, el puerto tras la tormenta, la paz después de la guerra y tras la vida la muerte, satisfacen plenamente.
Un final feliz...






