lunes, 12 de febrero de 2024

La música de las esferas



En los tiempos en que mi marido estuvo trabajando en el Astrofísico del Teide (años 70), algunas noches subí con él. Entonces eran grandes barracones y no los edificios que hay ahora, pero estaban bien equipados con telescopios y máquinas complicadas volcadas a las estrellas. A mí me gustaba salir afuera, a pesar del frío, y quedarme un rato bajo aquella inmensa cúpula de estrellas, viendo la Vía Láctea en todo su esplendor. La vista era estremecedora y reducía a quien la miraba a una partícula pequeñísima, y sin embargo consciente, frente al infinito. 

El silencio era absoluto, pero yo notaba un ruido difuso de fondo, que atribuía al sonido de la vida, de la isla en su conjunto y, tal vez, del cosmos. Imaginando cosas, no me extrañaba que los antiguos, con Pitágoras a la cabeza, pensaran en un universo hecho de esferas concéntricas de cristal purísimo que, en su eterno girar, producían una música inaccesible al oído humano porque no sabemos escucharla. Noches así encienden la imaginación y te hacen creer que todo es posible. Entiendo a Pitágoras. Seguro que más de una vez, igual que todos nosotros, alzó la mirada al cielo en una noche estrellada y se sumergió en el misterio.

Y después de él, muchos hombres -curiosos, creativos, sabios- siguieron haciéndolo y aportaron teorías y explicaciones de cómo funciona nuestro mundo. Uno de esos hombres fue Arno Penzias, un físico que murió el mes pasado a los 90 años. A ustedes y a mí no nos suena el nombre porque hace tiempo que no atendemos a los asuntos cósmicos, pero fue un auténtico sabio, un judío que huyó de niño de la Alemania nazi y acabó en Estados Unidos y que, con su colega Robert Wilson, ganó en 1978 el Premio Nobel de Física. 

¿Qué fue lo que hicieron? Buscaban, con una antena gigantesca, una señal en el universo para conocer la estructura de la Vía Láctea pero, después de descartar todo ruido, lo que encontraron fue una interferencia extraña que parecía llegar de todo el cielo, una señal de microondas de radio que identificaron como la radiación de fondo que todavía perdura de la gran explosión con la que empezó todo hace 14.000 millones de años. ¡Lo que descubrieron fue el eco del Big Bang! Y ese descubrimiento cambió nuestra mirada sobre el cosmos: hay, efectivamente, un ruido que no oímos y que viene desde todas partes de un universo, que no está quieto, como creíamos, sino en expansión desde aquel momento primigenio.

A mí todo esto me emociona y fascina. ¡Qué tiempos tan interesantes estamos viviendo! Y siempre es bueno saber que, mientras uno atiende a pequeñeces de la vida diaria, hay gente que tiene el oído tan fino como para escuchar y descubrir la música de las esferas.

lunes, 5 de febrero de 2024

Viajar es descubrir



A veces, cuando pensamos en un viaje y se lo comentamos a los amigos a ver si se animan, nos dicen: "No, yo ya he estado allí" e ignoran que todo viaje es un camino de descubrimiento, que siempre hay hechos que te asombran por más que hayas estado veinte veces. Y si no, que se lo digan a mi consuegra, que casi siempre va a París y de cada  viaje trae más ganas para volver otra vez.

Hace 7 años hice un viaje a Cádiz del que les hablé en el post "¡Mira, mamá!" (enero de 2017). La semana pasada volví a ir con el Imserso y me trajo más descubrimientos (y más ganas de volver). Repetí, eso sí, dos eventos especiales que solo por ellos merece la pena todo. Uno, tomarme un jerez en Jerez, mientras recuerdo la frase atribuida a Fleming: "La penicilina cura la salud, pero un jerez resucita a un muerto". Otro, comer a cada rato tortitas de camarones, ese delicioso encaje culinario que merece un monumento.

Y además me traje, no solo la memoria del paisaje de esta tierra generosa, con sus humedales, marismas, salinas... (Y ya estarán los esteros rezumando azul de mar... nos decía Alberti, otro gaditano), que salpican la costa hablándonos de otras formas de vivir, sino también nuevas experiencias: un paseo en catamarán desde Cádiz al Puerto de Santa María (dónde nos quedábamos), gozando de un atardecer con pinceladas rosas y naranjas sobre la Bahía de Cádiz y el Puente Nuevo. Una visita al barco "Unión" de la Armada Peruana, un velero de 4 palos atracado en el Puerto de Cádiz y en el que nos atendieron cadetes guapos, serios y entorchados que nos contaron su viaje por el mundo (uno, hasta nos habló de su enamorada, que lo espera en Lima). La visión de un jinete solitario en la arena húmeda de la Playa de la Calzada en Sanlúcar de Barrameda, con el Guadalquivir y el parque de Doñana en el horizonte. Las risas con la gracia gaditana, como la de un cartel que vimos en un bar cerrado (imagen final): "Mañana cerramos por el bautizo de mi hijo: Perdonen las molestias". Y debajo pone: "¡¡Abre, becerro, que el niño no es tuyo!!" Firmado: La Madre".

Me traje también historias que nos fuimos encontrando: Nada más empezar en la cola de facturación del aeropuerto, a una pareja le dijeron que no podía viajar porque no había pagado la señal de 30 euros de reserva. Imagínense, a mí me dicen, después de preparar un viaje, con todo el jaleo que implica, que me tengo que quedar en tierra, y me da algo. Sin embargo, ellos reaccionaron con humor y la mujer dijo uno de los yaques más positivos que he oído: "Pues ya que estamos aquí, vamos a ver si nos podemos ir a Madrid o a cualquier otro sitio". Y allá que se fueron con sus maletas a ver. O encontrarnos, cuando íbamos a desayunar en el hotel (un antiguo monasterio del siglo XVIII) a un hombre dormido en un sillón del pasillo, envuelto en un edredón y con su mochila al lado ¿Lo habría echado su mujer durante la noche? ¿O se había colado? Hipótesis no faltaron.

Pero lo mejor fue la gente: el magnífico grupo que formamos todo el viaje y con el que compartimos mesa, charlas, risas, aperitivos, paseos y una estupenda cena de despedida con su correspondiente pescaíto frito. La grata compañía de mi amiga del colegio Esperanza y de su marido Mane, que tienen casa en el Puerto de Santa María y que me descubrieron la inmensa playa de Vistahermosa (imagen inicial), con sus arenas doradas y su chiringuito abierto todo el año (y sí, lo reconozco, comí allí tortitas de camarones. Otra vez). El encuentro con mi alumno Gonzalo, que no solo me alegró sino que me hizo reflexionar sobre el sentido de la vida: Créanme, sentirse mayor no depende de canas, arrugas o artrosis. No, sentirse mayor es encontrar que uno de tus alumnos ya viene al Imserso.

Hubo de todo (hasta cansancio) y fue un viaje estupendo que volvería a repetir encantada. Porque viajar es descubrir: historias, lugares, comidas, amigos...


Dedicado a todos los que contribuyeron, más si cabe, a hacer tan agradable este viajito:  A Noelia, nuestra guía y ángel de la guarda, y a los guías locales, Dani, Begoña y María Jesús, tan sabios; al estupendo grupo de amigos María Victoria, Sixto, Miguel Ángel, Mari Cruz, Ángela, Cristi, Paco y Mari Carmen; a Esperanza y Mane por su cariñosa acogida; y a Gonzalo, con mi bienvenida al grupo de "mayores". Gracias de todo corazón.


lunes, 22 de enero de 2024

Recados del más allá



No sé si a ustedes les ha pasado eso de que les den recados del más allá, pero a mí unas cuantas veces. La primera fue cuando unos amigos tenían que hacer un largo viaje a Estados Unidos. Tenían 4 hijos que dejaban repartidos aquí y mi amiga me pidió, con instrucciones precisas, que, si se estrellaba el avión, me encargara de mandar a sus hijos con su madre para que se educaran con ella. La segunda vez fue mi propia hija quien me dijo que me ocupara de su niña, si ella y su marido tuvieran un accidente. Afortunadamente no pasó nada y los niños aquellos hoy son adultos que se ocupan perfectamente de su vida. Mi madre también fue de las que dejó recados preparando su propio entierro: no manden flores, díganle a todo el mundo que el dinero lo donen a Cáritas, llévenme a tal iglesia...

La última en encargarme uno de estos recados fue mi amiga Clari. Hablé con ella esta semana, antes de que entrara en una operación delicada, y me dice entre bromas y veras que si se muere en la operación, escribiera algo bonito sobre ella. Por supuesto yo le dije que no se iba a morir y le recordé la frase de Montaigne que nos repetimos siempre en momentos malos: "Mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron".

Pero luego pensé ¿y por qué tenemos que esperar a que alguien se muera para hablar bien de ella? Hace poco vi una película, "La probabilidad estadística del amor a primera vista", en la que la madre del protagonista, una actriz de teatro que sabe que le queda poco tiempo, decide celebrar su funeral en vida. Reúne a sus hijos y a sus amigos y monta una fiesta en la que todos se visten de personajes de Shakespeare, comen y beben, dicen las palabras más bonitas y se lo pasan pipa. Y en otra película que me gustó, "Serendipity", el amigo del chico es el encargado de los obituarios del New York Times y en una de estas cuenta que los griegos no hacían necrológicas sino que, cuando alguien moría, solo se preguntaban: "¿Tenía pasión?". Así que, Clari, ahí van mis palabras para ti, en vida como tiene que ser y después de que hayas salido estupendamente de tu operación y ya estés haciendo una maratón de 3000 pasos diarios por esos pasillos del Hospital.

Aunque, como decía Borges, la amistad no requiere frecuencia, la vida a veces nos la regala añadiendo un plus. Yo tuve la gran suerte de recuperar hace unos 20 años esa frecuencia con mis amigas del colegio. Clari fue y es una de ellas y, en aquellos tiempos de la niñez, además, vecina, de las que nos encontrábamos al ir y venir del colegio en nuestro barrio del Toscal. Es-siempre lo ha sido- generosa, justa y leal con los suyos (ella es de las que cada mañana llama a las que son viudas y viven solas para dar "fe de vida", dice), con un sentido del humor que la ayuda a capear los escollos de esta vida y a nosotras nos la alegra. Valiente y vital, es la que nos anima a viajar, a no aburrirnos, a la frecuencia. A mí me maravilla, cuando nos vemos en Santa Cruz, que conozca a tanta gente y que tantos la conozcan a ella, pero es que le gusta la gente, la compañía, una buena conversación... Clari tiene carácter y puede engañar a quien no la conoce, pero, los que sí la conocemos bien, sabemos de su ternura y sensibilidad, de su amor incondicional por su familia y por nosotras, sus amigas. 

Y cuando le llegue (esperemos que dentro de mucho tiempo), como a todos, "la nave que nunca ha de tornar", si hiciéramos la pregunta de los griegos, contestaríamos que sí, que tuvo pasión, que defendió con ella sus valores y sus ideas, que amó y ha sido amada, y eso es algo de lo que congratularse porque ha hecho que su vida merezca la pena. 

Te deseo, mi querida Clari, que la disfrutes, sin más majaderías que las propias de nuestra edad. Y ya sabes que te quiero.

lunes, 15 de enero de 2024

A vueltas con Sissi



En 1956 -tenía yo 8 años- se estrenó en España "Sissi", la historia de Isabel de Baviera, o como ella se presenta en la película, Liesl de Possenhofen, y no hubo niña en mi colegio que se la perdiera. ¡Bien nos gustaban los trajes de princesa con aquellos miriñaques que las hacían parecer tartas ambulantes, bien nos emocionábamos con el encuentro en que ella pesca literalmente al emperador Francisco José, bien nos reíamos con el jefe de policía que la perseguía pensando que era una terrorista, bien nos encantaba el final feliz! Yo dibujaba como loca princesas con corona en mis cuadernos y, por supuesto, coleccioné  todos los cromos para llenar el álbum de Sissi. Cuando hace pocos años visité los lagos austriacos y nos tomamos un café en el Schloss Fuschl junto al Fuschl See (que en la película hace de Palacio de Possenhofen en Baviera) todavía podía oír el eco de las risas de los hermanos pequeños de Sissi cuando, al principio de la película, intentan con su padre pescar una trucha en aquel lago.

Ya de mayor leí biografías sobre Sissi y sé que su vida fue todo lo contrario a esa visión idílica de la película. Incluso físicamente no era bajita (como le reprocha su futura suegra en la película), sino que medía 1,72 y se sometía a dietas estrictas (pesaba 50 kilos), hacía deporte de manera compulsiva y se puso un velo tupido a los 32 años para que nadie viera que ya no era joven. Eso sí, se sentía orgullosa de su cabellera larguísima, a pesar de la lata que le debía dar. Por lo demás tuvo una vida llena de tragedias: una hija que murió pequeña, el suicidio de Rodolfo, el heredero, su desapego por los demás hijos y por su marido, y al final su asesinato a manos de un anarquista a los 60 años. Pero la magia de la película continúa. Hace poco la volví a ver con mis nietas (20 y 10 años) y a ellas, como nos pasó a nosotras de niñas, también las conquistó. Da igual que luego no funcionara su relación, da igual que incluso ella animara a su marido a que tuviera como amante a una actriz... Nos quedamos con el flechazo de la película y con esa boda, precedida por ese viaje en barco a través del Danubio, que nos hace suspirar, como todas las historia románticas que en el mundo han sido.

Elvira Lindo, hace una semana en un artículo que títuló Hablemos del amor (una vez más), se pregunta por qué tienen tanto éxito las novelas románticas cuando, "si hay algo que de sobra nos ha ofrecido la literatura ha sido el amargo sabor de la decepción". Y continúa: "Me gustaría saber qué encuentran las jóvenes que hoy leen novela romántica, si un entretenimiento, un modelo o un sueño que saben irrealizable". 

Es verdad lo que comenta Elvira Lindo, pero olvida que la literatura es reflejo de la vida y que, igual que hay historias de desamor y desencanto, también forman parte de la vida el flechazo, la comprensión entre almas gemelas, la pasión y el amor correspondido hasta el final de la vida. "Las almas que se encuentran / y se reconocen nunca se sueltan. / Ni con el silencio, ni con la distancia, / ni con las vueltas que da la vida", dice Benedetti. Es ese amor que cantan los poetas, las novelas románticas, las películas como "Sissi". Entretenimiento, sí; modelo, también; y sueño ¿irrealizable? A veces sí y a veces, no. Por lo menos, alimentan la esperanza de que se realice. "Quien lo probó, lo sabe", como dijo el gran Lope de Vega.


Romy Schneider, la cara de Sissi para nosotros


lunes, 8 de enero de 2024

Un saludable rebujato



El orden está sobrevalorado, me digo el 7 de enero observando mi casa en este comienzo de año: hay que recoger el árbol de Navidad ya, antes de que lleguen los carnavales, hay que volver a poner las cosas en su sitio, después de que los pintores, a los que pedí en agosto que vinieran a pintarme mi baño y mi dormitorio, lo fueran posponiendo hasta que aparecieron el 3 de enero y descolgaron cuadros, movieron muebles y desperdigaron objetos por doquier; hay que arreglar el cuarto de los nietos en los que hemos tenido que dormir mi marido  y yo mientras se va el olor a pintura, y hay que ordenar toda la casa después del día 6, en el que hicimos el desayuno de chocolate y roscón en casa con mi hermana, y también la comida de reyes con mis hermanos y sus familias: en total 18 adultos, 5 niños y un perro.

Que no cunda el pánico. El orden está sobrevalorado, me repito, mientras miro alrededor a ver si me lo creo. Y mira que en mi niñez ese era un concepto de los que nos embutían en la cabeza. En mis libros de Urbanidad aparecía como ideal de perfección un niñito inmaculado con los calcetines estirados y repeinado con raya y todo, con su pupitre superordenado, cuadernos bien apilados y lápices afilados ordenados por tamaño. Frente a él estaba el otro niño, tipo Guillermo Brown, calcetines arrugados, gorra torcida, rodillas sucias y el pupitre como una leonera. Por supuesto, ese era el modelo del que teníamos que huir como de la peste, pero, no sé por qué, a nosotros nos encantaba Guillermo Brown.

De todas formas, ser desordenado no es práctico, esa es la verdad. En casa de mi hija encuentras las cosas a la primera. Los suéteres en el armario están ordenados por colores y las especias en la despensa por orden alfabético. Cuando nos invita, la mesa está perfecta. En cambio, mi hijo me contaba que en sus fiestas todos llevaban cosas y de repente en la mesa te encontrabas una bolsa de plástico que abrías y exclamabas: "¡Anda, una tortilla!". También hay que reconocer que tiene algo de sorprendente ese sistema.

Así que me armo de valor durante toda esta semana para empezar a meter toda la parafernalia navideña en las cajas y en las tronjas; para hacer leña del árbol de Navidad, que va dejando restos por sillones y suelos; para ordenar, reciclar o tirar todos los papeles de regalo que mis nietos, emocionados, rasgaron y desparramaron por toda la casa. Hay que hacer lavaplatos y lavadoras (benditas sean). Hay que entrar en cintura esta casa.

Y mientras convivo con el caos y, de paso, tiro dos flores de pascua que se han quedado mustias como si supieran que ya se acabó la Navidad, pienso que es verdad que en este momento todo está manga por hombro, pero ¿qué importa? ¡es una casa llena de vida! A veces también es reconfortante vivir en un saludable rebujato.

martes, 2 de enero de 2024

El chorro de la vida



Hace poco leí, en uno de esos apuntes curiosos que a alguien se le ocurren, que para que cada uno de nosotros naciera -tú, yo o el de más allá- se necesitaron 2 padres, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos, 32 trastatarabuelos. 64 pentabuelos, 128 hexabuelos, 256 heptabuelos, 512 octabuelos, 1024 eneabuelos, 2048 decabuelos... Solo teniendo en cuenta el total de las últimas 11 generaciones, hicieron falta 4094 ancestrales para que ahora yo esté aquí, vivita y escribiendo este post. Imagina si nos remontáramos al principio de los tiempos.

Es más, podríamos añadir algo parecido a lo que cuenta Jostein Gaarder en "El misterio del solitario". Pensemos en un año de peste en el siglo XIV. "La muerte iba de pueblo en pueblo -le dice el padre a su hijo, Hans Thomas-  y los más afectados fueron los niños. En algunas familias murieron todos, y en otras sobrevivieron quizás uno o dos. Muchos de tus antepasados eran niños en aquella época, pero ninguno de ellos la palmó. - ¿Y cómo puedes estar tan seguro de eso? -Porque tú estás aquí ahora, contemplando el Adriático.". Somos hijos de los fuertes, nos viene a decir Gaarder, de los boletos ganadores, de aquellos que no solo sobrevivieron, sino que llegaron a la edad adulta para tener un hijo y perpetuarse hasta llegar a cada uno de nosotros. Ni meteoritos ni rayos, ni guerras ni enfermedades, ni incendios o catástrofes pudieron con ellos. "Cada vez que han volado flechas por los aires, tus posibilidades de nacer han estado bajo mínimos. ¡Y sin embargo aquí estás, bajo el cielo, hablando conmigo, Hans Thomas!".

El resultado de todo esto (aparte de la enorme suerte que hemos tenido) es que somos un producto tan refinado, tan elaborado, tan valioso, que si nos fueran a poner precio como si de una obra de arte se tratase, nos saldríamos del molde y seríamos de esas a las que se etiqueta como "de valor incalculable".

Si han hecho falta tantos esfuerzos, tanto tiempo, tanta gente, ¿cómo vamos a malgastar todo ese chorro de vida del que formamos parte? Pensemos en los retos a la que toda esa gente se enfrentó, en la fuerza que tuvieron para sobrevivir, en el amor que nos legaron para que hoy estemos aquí vivos, despidiendo un año y recibiendo a otro. No nos queda otra que celebrar la vida y aprovechar y amortizar ese caudal recibido: a guardar y valorar cada momento de ese regalo (por ahora, 366 días del año 2024) que nos ha sido dado.

Ya saben, qué quieren qué les diga, todos los principios de año me da por ponerme trascendental.

(La imagen inicial está cogida de la portada del libro de Gaarder, "El misterio del solitario". Ilustración de Pablo Álvarez de Toledo)

lunes, 25 de diciembre de 2023

Días de invierno con sabor a jengibre


Este año en que el día de Navidad cae en lunes y coincide con la publicación de mi post semanal, no me queda otra que ponerme navideña. Pero no les voy a hablar del brillo del árbol de Navidad ni de música de villancicos sonando al fondo, sino del libro que mi hija, Ana González Duque, acaba de publicar hace unos días, su décima novela: "Días de invierno con sabor a jengibre".

Es una novela con dos protagonistas indiscutibles. Uno es un pueblo encantador y tranquilo rodeado de bosques, Silver Hill, que Ana ha inventado para que cobre vida también en futuras novelas. El otro es la Navidad, el momento en que transcurre la historia. En los Agradecimientos finales, Ana pone: Hace ya tiempo que me apetecía escribir una novela navideña. Si en esta novela podía meter una pastelería, una librería, recetas de cocina y unos cuantos corazones con necesidad de remiendos, mejor que mejor.

Y luego están los protagonistas humanos, con sus dudas, sus miedos, sus decisiones y sus entusiasmos: Jenni, que tiene una pastelería, ese punto de encuentro para almas perdidas, cálida y acogedora, con expositores donde se alineaban delicados petits choux con fresas, pequeños tocinos de cielo, suspiros de merengue...; Kate, casada con su trabajo de traumatóloga, con el tiempo y la vida milimetrada y que se empieza a plantear un cambio radical; y Will, un alcohólico que lleva tiempo intentando no serlo y que tiene miedo a recaer y al compromiso.

Y en torno a estas tres vidas hay secundarios estupendos, como Nana, la abuela casamentera de Jenni o la señora (plasta) Lucilla Pilcher. Y hay comidas deliciosas y frases que te hacen pensar como La tristeza es como la mochila del cole. Pesa pero luego, cuando llegas a donde tienes que llegar, la dejas a un lado y puedes seguir haciendo cosas, o El placer de la soledad es refrescante. Como nadar desnuda o sentir el primer trago de cerveza en la garganta. Están también las recetas al final de los capítulos de Jenni (Galletas maravillosas de chocolate y vainilla, Bombones de café y avellanas, Tarta casera de melocotón con canela, Rollitos de primavera dulces...). Y la Navidad como telón de fondo: No puedo envolverlo, pero esto -dijo él, señalando el árbol de Navidad, las copas de champán centelleante, la gente que comía y el narrador que leía a Dickens- es lo que me gusta de la Navidad.

No puede dejar de gustarme la novela porque está hecha de recuerdos y del encanto de las cosas vividas en cada Navidad. Para mi madre era una época maravillosa y siempre buscaba ideas para hacerla más divertida (le hubiera gustado ese amigo invisible con libros de temática navideña). Y sus descendientes vamos por el mismo camino. Ahí, en el libro, aparecen "Las cartas de Papá Noel" de Tolkien que le regalé a mis hijos cuando eran pequeños; el "Cuento de Navidad" de Dickens que todos los diciembres releemos resumido (ahora con mis nietos chicos); el pavo relleno con uvas y manzanas del día 25; y los olores de las casas, a abeto, a naranjas, a jengibre, a pasteles recién horneados... ¿Cómo no voy a recomendarla como lectura de Navidad? Es ideal para un día de invierno a la caída de la tarde.

¡Feliz Navidad a todos los que nos reunimos a hablar de nuestras cosas en este blog!

P.D. : Si te apetece leerla, por ahora puedes conseguirla en Amazon, tanto en ebook como en papel. A partir de finales de enero ya estará en las librerías Agapea, Lemus y El barco de papel. La ilustración de la portada es de mi nieta, Eva de José.



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