domingo, 20 de marzo de 2022

Bajo la piel



El domingo pasado fuimos con hijos y nietos a visitar una exposición en el centro Magma, abajo en el sur, sobre cuerpos humanos reales. Se llama "Bodies" y se autoproclama " la exposición más vista del mundo". En una hoja que nos dieron a la entrada se anuncia así: Bodies, un íntimo y educativo viaje a través de lo que la piel esconde para mostrar, como nunca antes, el funcionamiento de la máquina más perfecta jamás creada: tu propio cuerpo. Únete a los cientos de miles de personas de todas las edades que ya han visitado Bodies en todo el mundo y disfruta de esta inspiradora exposición que cambiará para siempre tu concepto sobre ti mismo, la experiencia de la vida y la importancia de cuidar tu organismo."

La verdad es que impacta. Así somos. Ver los cuerpos de seres humanos tal cual son sin piel que los resguarde es como si estuviéramos en una especial playa nudista y da un poco de pudor. Por no hablar de las dudas éticas que nos podemos plantear. ¿Los propietarios de esos cuerpos dieron su consentimiento para esa exhibición? Había cuerpos jugando al tenis y cuerpos a punto de golpear un balón. Con razón oí a alguien comentar: "¿Ves? ¡Esto es lo que puede pasarte si donas tu cuerpo a la ciencia!".

Por lo demás, se aprende un montón. Hay un panel, "La Medicina y la Historia", que te lleva de la magia a la ciencia, de cuando nuestros antepasados intentaban curar con rituales mágicos pero también de cuando su curiosidad los llevaba a buscar hierbas que sanaran o a fijarse en cómo se curaban heridas, por ejemplo. Y luego, a lo largo de la exposición se va explicando cada parte del cuerpo, los aparatos, los huesos, los músculos, los sentidos, el cerebro... y se dan datos curiosos como que existen 96.000 Kms. de vasos sanguíneos en nuestro interior; que la energía generada por nuestro corazón sería capaz de mover un coche durante 32 kms.; que el sonido del corazón es algo parecido a DUCTA-DUC, sonido que se produce al cerrarse las válvulas (los recién nacidos se tranquilizan al oírlo); que nuestro corazón late 100.000 veces al día, 35 millones de veces al año y 2900 millones de veces a lo largo de 75 años; que somos 1 cm. más altos por la mañana que por la tarde; que los huesos de los niños crecen más rápidamente durante la primavera; que una mujer produce entre 300 y 400 óvulos a lo largo de la vida reproductiva; que los músculos más pequeños están en el oído interno y el de mayor tamaño en el glúteo; que al caminar usamos más de 200 músculos diferentes; que los músculos de los ojos se mueven unas 100.000 veces al día;  que el promedio de lo que comemos a lo largo de la vida es de 50 toneladas y 50.000 litros de bebida (y después nos queremos poner a dieta).

Les pregunté a mis nietos qué les había parecido. Eva (18 años) dijo que le pareció interesante y divertida, con todos esos cadáveres ahí. Lo más que le gustó fue la foto en la que se veía al hombre más alto del mundo (2,72 m.) y al más pequeño (54,6 cm.) y un espacio en medio para que nos pudiéramos poner cada uno y compararnos. A David (16 años) le pareció chula pero cortita. Piensa que en principio nadie es consciente de que lo que ven son seres humanos que vivieron, aunque parezcan de plástico. Y también cree que, si la gente va a verla, es por el morbo. Si fueran animales disecados o si de verdad fueran de plástico, no sería tan famosa. Pero vamos a verlos porque somos seres morbosos. A Julia (8 años) le pareció fascinante, porque era como si te vieras por dentro. Pero no le gustó el pecho de las mujeres porque parecían cerebros abiertos y no le gustó el tenista porque parecía un zombi. A Álvaro (7 años) le gustó todo, dice. Pero cuando le pregunto por qué parecía enfadado, me dice que estaba aburrido y triste porque los esqueletos estaban hechos de plástico y el plástico olía mal.

¿Y a mí qué me pareció? Me vi a mi misma -Nada de lo humano me es ajeno- y me sorprendió lo maravillosamente bien construidos que estamos y lo terriblemente feos e iguales que somos todos... bajo la piel. Conócete a ti mismo, que decían los antiguos.


lunes, 14 de marzo de 2022

Tirar o no tirar



En los libros de Guillermo Brown, de Richmal Crompton, aprendí lo que en Inglaterra se llama "limpieza de primavera", cosa que en nuestras latitudes no se conoce: antes de que empiece la naturaleza a despertarse con la llegada de la nueva estación, se desmantela la casa, se descuelgan y lavan cortinas, se sacude el polvo que el invierno y las ventanas cerradas han depositado sobre las cosas y se abre la casa a la brisa, al sol y a una limpieza total.

Tal vez sean los ecos de esta guerra absurda que ahora estamos viviendo en Europa y que nos enseña que las cosas materiales que guardamos no son lo verdaderamente importante, o tal vez es este aire primaveral que, pese al frío de las noches, ya se anuncia para la semana que viene y que nos recuerda esas limpiezas en los hogares ingleses de los tiempos de Guillermo, pero el caso es que se me han despertado unas ganas locas de despejar, limpiar y renunciar a todo aquello que no se ha usado en tiempos.

Porque la verdad es que somos acaparadoras "urracas caprichosas", como nos llamó una vez Rosa Montero. Tenemos grabado en las entrañas, como si fuera una ley de la naturaleza, el mandato de que "todo hueco encontrado vacío en una casa experimenta un deseo incontrolable de ser llenado de materiales que podrían ser perfectamente desechables". Y es la pura verdad, mi casa se ha ido llenando con el tiempo de cosas, y los armarios, que un día fueron de mis hijos, están llenos de ropas nuestras, y los libros ya han colonizado todas las habitaciones (excepto el WC).

Pero ¿qué hacer con todo lo acumulado a lo largo de los años? Lo primero que se piensa es en reciclar, tampoco hay que tirar por tirar. Leí hace poco en un artículo ("Preposeer, posposeer" de Anabel Vázquez) una propuesta para que existiera el oficio de "gestor de la segunda vida de las cosas". Nos ayudaría, primero, a despegarnos de ellas (¿Cómo voy a tirar una rebeca que tengo de mi madre, aunque sea de hace 26 años, con lo calentita que es? Con llamarla "vintage" tengo...); y, segundo, nos organizaría el reciclaje. Por ejemplo, vender lo que esté nuevo o donarlo para una tómbola benéfica, sentir que las cosas pueden tener una segunda vida: en otra casa, en otra ciudad, en otro país.

Otra opción es hacer una subasta con todas las posesiones que no queremos. Michael Caine ha subastado la semana pasada, a sus 88 años (tal vez le esté viendo las orejas al lobo y se dé cuenta de que de aquí no se va a llevar nada) cuadros (uno de Chagall que, si tuviera 60000 euros, me lo compraba... ¡Ay, no, que lo que yo quería era despejar la casa!), sus gafas, su rolex, su colección de autógrafos... Claro que para hacer eso hay que ser Michael Caine. Yo una vez tuve una colección de autógrafos y, entre ellos, el del Dúo Dinámico, pero, aparte de vete tú a saber en dónde está, me da que no me darían mucho por ello.

Y la tercera opción es tirarlo directamente a la basura, que es lo que mi hija (que tiene la casa perfectamente ordenada) me ha dicho que hará con todas mis cosas (152 álbumes de fotos, por ejemplo) el día en que yo falte.

Mira por dónde todos estos impulsos limpiadores y ordenadores de la primavera me están llevando a un dilema shakesperiano: Tirar o no tirar, esa es la cuestión.

lunes, 7 de marzo de 2022

La amiga invisible



Esta semana he celebrado con mis amigas del colegio la pospuesta comida de Navidad con su también pospuesta Amiga Invisible. Lo habíamos rifado en otra comilona de las nuestras allá por octubre, habíamos puesto un tope de dinero (de 10 a 15 euros) y nos emplazamos para el 18 de diciembre. No pudo ser por la dichosa pandemia, pero ahora que la cosa se ha aligerado, nos hemos reunido de verdad. Sin gorros rojos ni villancicos, eso sí, pero con las mismas ganas de hace 3 meses. Y como es normal, los días anteriores el chat común se llenó de lo que íbamos a llevar de comida, de si nos vestíamos de indianos o no (no)... y sobre todo, de la Amiga Invisible, que ha generado un debate que ríanse ustedes de los del Estado de la Nación en el Congreso. Les transcribo una parte:

CH: Les propongo que los regalos de la Amiga Invisible los envolvamos en papel de periódico o de revista sobre el de regalo que envuelve directamente al objeto regalado. Así los disimularemos más y mejor. El nombre de la regalada lo pondríamos en el del regalo bonito.

A: Es mejor llevar cada una el regalo envuelto con su etiqueta en una bolsa negra de basura. ¡Yo no voy a estar buscando periódicos, no compro nunca periódicos!

CH: Pues qué casualidad, A., que tú no tienes periódicos y yo no tengo bolsas de basura negras. Las compro de colores.

A: Pues llévalas de otro color. Yo tengo amarillas, negras, malvas y blancas. Dije negras porque así pasan más desapercibidas y vamos todas iguales. Tampoco cuesta tanto comprar un paquete de bolsas de basura negras.

A: Además, me parece que eso de estar envolviendo en periódicos y luego tener que quitar todos los papeles para ver a quién corresponde el regalo... Abriendo una bolsa, ya se ve el nombre y es más acertado.

CH: No es por el dinero, es tener que ir a comprarlas porque no tengo tiempo de hacerlo.

L: Y por fuera del regalo ponemos el nombre de la que lo regala y a quién va destinado ¿verdad?

D: Nooooo, L., el nombre de la que la regala no se pone. Por eso se llama Amiga Invisible.

CH: Me da que L. nunca ha jugado al Amigo Invisible...

D: Me da risa con tanto periódico, bolsas negras y bolsas de colores.

A: ¡Hagan lo que les dé la gana! Yo lo llevo en la bolsa que me parezca.

E: La vejez ataca, estamos chocheando con las bolsas y los periódicos y la Amiga Invisible. Pero bien nos hemos reído.

CH: Yo les llevo todos los periódicos que necesiten. Tengo para dar y regalar. 

E. (que viene de Las Palmas): Yo me compro uno en Los Rodeos.

L: Aclárenme eso, si hay que poner por fuera del papel el nombre de cada una y a quién se lo va a regalar. ¿Será que cada una coge el suyo y se lo entrega a la que le pertenece?

CM: L., tú compras el regalo, le pones el nombre de quién te tocó. Nada más, tú no tienes que poner tu nombre ni dárselo en mano a ella.

L.: Aaaaah, ¿tú ves? O sea que yo no se lo tengo que dar sino otra. Otra le da mi regalo. ¿Y  no sería mejor cada una a la suya?

E.: Los debates en el Congreso se quedan chicos.

CH: L., que es la Amiga Invisible. Que la regalada no tiene que saber quién le regala.

L.: ¡Aaaaah ya entiendo lo de la Amiga Invisible! Entones ¿qué misterio hay en el color de las bolsas? No se van a enterar con todas las que somos...

A.: Me rindo.

C: Yo ya lo tengo en periódico, como dijo Ch.

LI:  ¡¡¡Que por fin digan lo que decidieron!!!

A.: Decidieron que me diera un tic.

E: Yo estoy a tono, acabo de comprar el Diario de Avisos, así que periódico chicharrero.

A.: ¿Por fín qué, periódicos o bolsas de basura?

ES: Jajaja, pues cuando les diga que no me acuerdo de quién es mi Amiga Invisible...

YO: Yo creo que debemos envolver todos los regalos en periódicos y después en bolsas de todos los colores terminando con el negro. Le ponemos el nombre de la regalada en caracteres chinos que debe descifrar y así hay más intriga. Lo malo es que, cuando terminemos de desenvolverlos, ya nos tenemos que ir.

Al final, después de una paella exquisita que nos hizo la anfitriona, nos dimos los regalos (unos envueltos en periódicos, otros en bolsas de basura, otros en los dos y otros solo en papel de regalo) y hubo más de una que le dijo bajito a la regalada que ella era quién se lo había comprado y que si le gustaba. 

Lo pasamos genial. Y es que, como dice Buenaventura Luna en las "Sentencias del Tata Viejo", la amistad es como el vino, mejor cuanto más añeja. Y la nuestra es muy, muy añeja, casi de 70 años. Cuando nos juntamos y hablamos, vemos muchas veces a las niñas que fuimos en el patio del colegio: alegadoras, despistadas, cariñosas, majaderas, encantadoras, divertidas, a veces exasperantes... Y siempre, siempre, son mis queridas, queridísimas amigas visibles.



lunes, 28 de febrero de 2022

Hoy toca reseña: "42 semanas"



Hoy toca reseñar el nuevo libro de mi hija, "42 semanas", editado este mes de febrero por Editorial Planeta. Es lo menos que puedo hacer después de haber sido uno de sus lectores cero y de 2 o 3 lecturas a la caza y captura de erratas, omisiones o fallos. Además, ¡salgo en la novela!, y eso es algo que no todo el mundo puede decir, haber inspirado un personaje de novela. O medio personaje más bien, porque Gracia, la madre de la protagonista, tiene algunas cosas mías: es bloguera (aunque más famosa y chismosa que yo); es sincera, no se corta un pelo en decirle a la hija que es borde, o que tiene una pinta espantosa; es organizadora como yo; detecta a un kilómetro si a su hija le pasa algo o no; y le gusta Guillermo Brown. Pero yo no soy, como ella, Doña Perfecta, ni voy vestida de revista, ni me gasto un pastizal en cremas, ni soy rubia, ni tengo la manicura impecable. Y tampoco soy mala cocinera como ella, oye, que a mí los bizcochos sí me salen bien.

El libro es una comedia clásica de enredos y malentendidos: Nico es un periodista deportivo que trabaja en un entorno de lo más machista. Por eso, y por preservar su intimidad, no quiere por nada que se sepa que también es la cara oculta detrás del seudónimo Verónica Freiy, la escritora más vendida de novela romántica de España. Marta es una pediatra que se acaba de enterar de que su novio está casado y con dos hijos. Los caminos de Nico y Marta se cruzan y un rollito de una noche acaba complicándoles mucho la vida. Y hasta ahí puedo leer, como decía Mayra Gómez Kemp.

¿Qué me gustó a mí del libro?

Me gustó el acierto de las dos voces, la de Marta y la de Nico, en cada capítulo, que nos permite entender por qué actúan como actúan y acercarnos más a los miedos, inseguridades y prejuicios de cada uno.

Me gustaron las perlas de sabiduría y humor que salpican la novela, haciéndola cálida y cercana: Un chico guapo y croquetas, mi definición de paraíso; el genialómetro, que mide la caída de las relaciones geniales; el taxista amante del mármol (anécdota real); el no me pasaba nada peor desde que me obligaste a ver todos los episodios de "Cristal" contigo...

Me gustaron la alusión a "Dejádselo a Psmith" de P. G. Wodehouse, uno de los libros preferidos de Ana y míos, y los guiños que ella hace a "Orgullo y prejuicio", a "La princesa prometida", a "La Guerra de las galaxias" (genial la explicación del nombre de Vader, el gato)...

Me gustaron los temas colaterales que inevitablemente salen aun en una comedia, porque son parte de la vida: los prejuicios sobre los hombres que escriben romántica; los seudónimos que disfrazan las voces de hombre o mujer; la precariedad laboral; el enfrentarse a ser madre soltera...

Me gustaron los personajes, tan tiernos y vivos, tanto los principales como los secundarios, Gracia y Antonio. Me recordaron a los de las comedias clásicas del Siglo de Oro, sobre todo los segundos, que ponen el contrapunto de humor a las situaciones, más serias, en las que todos se ven envueltos.

Me gustó la portada de Dani Jiménez, alegre y colorista, en tonos naranjas y rojos, que, como dijo Ana en una entrevista, recuerda a los dibujos antiguos de las novelas de P. G. Wodehouse.

Y me gustó el título, esas 42 semanas de embarazo, que siempre se cuentan, no en días ni meses, sino por semanas.

Este libro, la 9ª novela publicada por Ana pero su libro número 20, empezó con una idea: cuando Héctor Castiñeira (a quien dedica el libro por ello) desveló que, tras el seudónimo Enfermera Saturada, "Satu", se escondía un enfermero. Esta idea empezó a tomar camino y en el año 2018 se terminó la novela que, por culpa de la pandemia, se ha retrasado hasta ahora.

En el podcast en el que Ana la presenta dice: Nunca dejará de sorprenderme el hecho de que una idea se convierta en algo tangible tiempo después. Que esa idea se convierta en una historia y esa historia llegue a otras manos y le haga vivir algo a otra persona, que la haga sonreír, que la entretenga, que lo que un día fue una idea ahora sean 268 páginas. Esas 268 páginas componen un libro para tiempos difíciles, para mirar la vida desde un punto de vista optimista, para cerrarlo con una sonrisa. Eso es lo que espero que hagan, si lo leen. Disfrútenlo.

  

lunes, 21 de febrero de 2022

Segundas veces: Granada


Sierra Nevada (nevada) desde el Albaycín

Hace 9 años escribí un post que titulé "¿Cómo que no has estado en Granada?". Y contaba allí que era la primera vez que visitaba esta ciudad, enamorada del agua, flor de la brisa, que cantaba Carlos Cano. Hablaba de la Granada mora (madera, cerámica, mármol y agua en la Alhambra, callejuelas del Albaycín, teterías de la Calderería, la Puerta Elvira...); de la Granada cristiana (no solo las iglesias, sino también el Colegio de las Niñas Nobles o el pionono); de la Granada gitana (la señora con pantuflas tocando las castañuelas con su nieto en el Mirador de San Nicolás); y, sobre todo, de la Granada viva (los mercados, las tapas, las plazas llenas de gente). Terminaba entonces, en ese diciembre de 2013, con un propósito firme: volveré.

Y ahora he vuelto por segunda vez. Leí una vez un artículo de la escritora Milena Busquets en el que decía que las primeras veces están sobrevaloradas y que ella es más partidaria de las segundas veces (y terceras y cuartas), que es cuando se llega a poseer de verdad algo. No sé si tiene razón (¿Poseer? La realidad siempre es esquiva y se esconde), pero es cierto que esta segunda vez que he estado en Granada iba buscando las dos cosas: encontrarme con la luz y la magia de entonces y descubrir nuevos rincones y momentos.

Y eso hemos hecho. Además de lo ya visto, hicimos cosas nuevas. Visitamos un tablao flamenco con unos bailaores, guitarra y cantaor magníficos, de los que ponen los pelos de punta. Nos embelesamos en la Sacristía de la Catedral con las manos de la Inmaculada de Alonso Cano, una imagen pequeña y preciosa en la que no habíamos reparado antes. Pisamos de noche, en la hora bruja, bajo una luna llena impresionante, las callejuelas empedradas del Sacromonte para ir a una zambra gitana en la que una adolescente, temblando, bailaba por primera vez (y muy bien). Compramos azafrán, el oro rojo (y a precio de oro), en el mercado de San Agustín. Pasamos por el pueblo de Soportújar, el pueblo de las brujas, y nos enteramos de que allí vivió Baba Yaga, procedente de Siberia, en su casa móvil con patas de gallina, y que el pueblo es el punto de encuentro de todas las brujas del mundo. Oímos la canción "Granada" en la voz profunda de un chico de la Tuna. Encontramos la ciudad, no con las luces de navidad de la otra vez, sino adornada con corazones y mensajes amorosos (coincidió con el día de los enamorados). Vimos almendros en flor debajo de los muros de la Alhambra desde el Paseo de los Tristes.

Así que las segundas veces (y las terceras y las cuartas) pueden ser también sorprendentes, porque, además del recuerdo y la mirada nueva, en un viaje se habla, se comenta y se comparten con los amigos momentos estupendos: la hora del vermut (que un día sustituimos por chocolate con churros en la Plaza de Mariana Pineda) o irnos de compras por las tiendecitas curiosas de los pueblos o, simplemente, alegar y reírnos y saber que vivimos juntos un paréntesis de la vida diaria.

Y también se conoce a gente nueva y puede pasar, como me pasó, que peguemos la hebra con una persona que no conocemos de nada y que te cuente parte de su vida y te confiese por qué ya no reza. O que te expliquen, como nuestra estupenda guía, Estrella, no solo todo lo que hay que saber de su ciudad,  sino también cómo se hace el remojón granaíno (aceitunas, bacalao, naranja, cebolla y aceite) o la vida y muerte de García Lorca. tan bien contadas que me emocionó. O escuchar a la panadera del pueblecito de Capileira, en plena Alpujarra, decirnos que le encanta su profesión. El único inconveniente -dice- es que te tienes que levantar a las 2 de la madrugada.

Por encima de todo me ha gustado el humor granaíno que se ve por todas partes: en la petición de los habitantes de Pitres, un pueblo de la montaña, a su alcalde para tener un paseo marítimo. Y este, ni corto ni perezoso, lo que hizo fue cambiar el nombre a su calle principal y llamarla así, "Avenida Marítima", con su ancla y su barca y todo. O el Barrio de La Chana ¿En qué otra ciudad del mundo se le da nombre a un barrio por su habitante más famosa, una señora de muy buen ver a quien visitaban con asiduidad muchos buenos (y no tan buenos) mozos de Granada?.

Así que no se corten en revisitar los sitios ya conocidos. Y, si son tan bonitos como Granada, no se debe uno despedir de ellos para siempre, como hizo Boabdil, el último rey musulmán, desde el sitio que hoy se conoce como el Puerto del Suspiro del Moro. No, como dije hace 9 años y repito ahora, hay que decir (sin suspiros): "Volveré".








(Para Estrella, nuestra guía y mentora, que, con gracia y sabiduría, nos hizo amar Granada)


lunes, 7 de febrero de 2022

Los probantes



Mis amigos Walter y Suzana son como Perséfone la de Démeter ¿se acuerdan?. Sí, aquella a la que, en la mitología griega,  rapta Hades, el dios de los infiernos, y que, gracias a los ruegos que su madre Démeter (la diosa de las cosechas y de la primavera) le hace a Zeus, es devuelta a la Tierra durante 6 meses al año y pasa otros 6 meses en el Inframundo. Gracias a eso tenemos 6 meses buenos donde todo florece y da frutos y otros 6 con frío, lluvia y crujir de dientes. Bueno, pues Walter y Suzana, igual, aunque ellos lo hacen mejor, nada de frío. De finales de octubre a abril, dejan Austria cuando empieza a nevar, y vienen a Tenerife, a su casa del sur de la isla a disfrutar del sol y del mar. Y de abril a octubre vuelven a Viena, a su casa frente a la catedral de San Esteban, cuando allá da gusto pasear por las calles e irse a comer un codillo al Prater.

En el tiempo en que están aquí nos vemos mucho y casi siempre Suzana, a la que le encanta cocinar y sorprendernos, nos invita a comer. Ella, que habla 8 idiomas pero que tiene un particular modo de expresarse en español, dice que nosotros somos sus probantes, los conejos de indias que probamos las exquisiteces que hace y que inventa. El wienerschnitzel, por supuesto, y el ganso por San Martín, y unas sopas exquisitas, y los pinchos de gambas de la imagen, y unos hojaldres de aperitivo rellenos con los mojos canarios rojo y verde... Y la sachertorte, maravillosa, que la hace más buena que en el propio Hotel Sacher. Y de paso, "probamos" también la amistad con sus amigos porque su casa es como la de los Durrel en la Trilogía de Corfú, o como la de mi madre en mi niñez, siempre llena de invitados que vienen a conocer la isla y a sus habitantes.

Así que ahora le hemos cogido gusto a lo de ser probantes y nos apuntamos a muchas otras cosas. A probar en un día de frío un guachinche en que hacen un puchero y un escaldón de muerte, a catar un vino de La Palma exquisito que nos regalaron por Navidad, a ser lector cero y ser de los primeros que echen la vista y disfruten de un libro apetecible, a probar cuánto de fría está el agua del mar en el mes de febrero, a hacer un viaje ahora y descubrir a lo mejor un rincón que nadie ha mirado con los mismos ojos, a mostrar talentos escondidos...

Hace un tiempo le preguntaron al paleontólogo Juan Luis Arsuaga que para qué se levanta cada día. Él contestó que para aprender. Me gustó pero yo hubiera ido más allá y hubiera dicho que para probar. Porque probar implica aprender. Y también catar, ilusionarse y desilusionarse, intentar, degustar, ensayar, examinar... En resumidas cuentas, estar vivos.

Qué quieren que les diga: me encanta ser probante.

lunes, 31 de enero de 2022

Pareidólicos perdidos




Me acabo de enterar, por un artículo de Juan José Millás, de que eso que nos pasa a muchos y de lo que hablé hace poco (Veo caras), es decir, que percibimos caras y formas en el fuego, en las nubes, en los azulejos de la cocina, en las rocas... se llama pareidolia, que ya es nombre raro también. Por ejemplo, sobre el montón de fotos que se hicieron del volcán de La Palma nos volvimos todos pareidólicos y encontramos, ya una cara terrible del dios de la lava en medio de una humareda uno de los días en el que las explosiones fueron tremendas, o en una curiosa forma vegetal emergiendo de las cenizas, la cara verde y redonda de un bebé con una nariz típica de payaso. Tanto una como otra imagen las leíamos, además, con su clave correspondiente: el horror en una, la esperanza de que la vida siempre vuelve en la otra.

¿Por qué nos pasa esto? Nos ponemos a dotar a estas formas de significado, como si fueran mensajes que la naturaleza o incluso el más allá nos envían, cuando sabemos -somos racionales- que no tienen ninguno. Y como esto, hacemos otras muchas cosas sin sentido: tocar madera, cruzar los dedos, no pisar raya en el suelo, buscar tréboles de 4 hojas, ver gatos negros, poner velas, hacer procesiones, tocar la peta a un petudo... y un sinfín de rituales a cual más absurdo para ver si nos dan suerte y satisfacen nuestros deseos.

¿Por qué lo hacemos? ¿Somos en realidad irracionales o tontos del haba? Yo tengo una teoría desde que una vez oí aquello de que estamos en el corazón del caos y que esto lo notamos más en tiempos de descontrol como los de ahora -erupciones, tormentas, pandemias, follones-, en los que no estamos seguros de nada. Vila-Matas lo describe como la percepción de que viajamos a toda velocidad, sin conductor alguno, montados en "la piedra de la locura", es decir, montados en una anárquica roca llamada Tierra. Entonces todos esos rituales y todas esas fantasías forman parte de lo que los psicólogos llaman "Ilusión de control", el pensar que con esos gestos la naturaleza nos hará caso y seguiremos siendo los reyes del mambo. Pero no es así. El caos está ahí mismo y desde siempre, además. Aceptémoslo y seamos racionales, me digo. Fuera visiones, ilusiones y mandangas.

Pero el caso es que luego te mandan imágenes como las que les pongo al inicio y al final del post. La primera la sacó mi amigo Werner en La Palma, cerca de la ciudad, y parece el perfil de un guerrero viendo pasar, sereno, las aguas turbulentas. La segunda la encontró otra amiga, Eleanora, en el Teide y es la cara de un duende medio borracho. Entonces mandas las convicciones a la porra y fantaseas con que las rocas y los grandes roques de nuestra tierra son caras enormes en las que la naturaleza ha absorbido y ha plasmado en pliegues y arrugas pétreas el espíritu de los ancestros (que algún mensaje nos quieren mandar)

Así de incoherentes, indecisos y temerosos somos los humanos. Paraidólicos perdidos. No tenemos remedio.






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