lunes, 26 de junio de 2023

¡Cómo te entiendo, Cayetano!


Plan perfecto para un sábado: conocer un lugar nuevo que te entretenga y te asombre, que no es mucho pedir. Hace un par de sábados fui con el grupo "Lo que las piedras cuentan" a ver la Casa-Museo Cayetano Gómez Felipe, que realmente, más que museo, era la casa en la que este coleccionista palmero vivía, trabajaba y reunía una cantidad increíble de objetos.

Es una casa tradicional canaria con su patio central (en la imagen inicial), sus ventanas de guillotina mirando hacia la torre de la Concepción de La Laguna, su balcón de madera, el tejado a tres aguas, los techos y suelos de tea, las habitaciones dando a la galería... Una casa para vivir y para negocio. En el patio y sus dependencias se almacenaba el vino y otros productos; en el entresuelo se  guardaban mercancías que había que proteger de la humedad (La Laguna es La Laguna), y también servía de despacho; la parte alta era la vivienda: salones, comedores, cocina, dormitorios. Y todo lleno de lo que Cayetano (1902-1978) acumuló durante toda su vida, que fue mucho y variado.

Alguna vez he hablado del afán coleccionista que tenemos los humanos. A los mejor es un recurso atávico para construirnos un refugio o quizás estamos emparentados, allá en el fondo genético, con las urracas, vete tú a saber. El caso es que conozco mucha gente que reúne cosas: figuritas de ángeles o de animales, jarras de cerveza, nacimientos, bolas de cristal, cuadros, rosarios... Yo colecciono marcadores de libros y también tengo figuritas de lechuzas, por aquello de que son el símbolo de la filosofía, el animal que la diosa Atenea llevaba en el hombro. Pero son colecciones inocentes, de no muchos ejemplares y perfectamente acomodables en una casa.

Pero es que Cayetano coleccionaba ¡todo!. Bueno todo lo que se le ponía por delante y le llamaba la atención: trajes antiguos, joyas, tijeritas de plata, cubiertos, platos para colgar, lámparas de cristal, orinales, bolsos, relojes, brújulas, bargueños, cuadros antiguos, cómodas, jarrones, vajillas, azulejos, candelabros, mariposas, estatuas pequeñas, libros, baúles, moldes de cocina, cofres, molinos de piedra y miles de objetos a cual más curioso. ¡Hasta tiene en una cajita dos hormigas enormes vestidas de novios! ¿Dónde las habrá encontrado? O mejor, ¿a quién se le habrá ocurrido montar semejante boda? En paneles él nos da explicaciones: Puede decirse que nunca tuve intención de crear un Museo y estimo que este nombre -que yo mismo he terminado por aceptar en razón de su brevedad- resulta seguramente demasiado pomposo para calificar las colecciones de un aficionado, que, si algún mérito tienen, aparte de su valor intrínseco y artístico, está principalmente representado por la paciente y tenaz labor llevada a cabo para reunirlas, luchando en un medio ambiente de franca incomprensión y aun contra los prejuicios y escrúpulos familiares, que ponían el grito en el cielo a cada nueva adquisición, al ver la casa invadida por una serie de "trastos viejos". Puedo imaginarme las protestas de la familia cuando aparecía con uno de ellos: "Y ahora ¿dónde metemos eso?". Porque, según nos dijo la guía, hay muchísimo más guardado que no se ha podido exponer porque no hay sitio.

Pero, según vamos yendo de habitación en habitación, lo vamos comprendiendo: su curiosidad, su pasión, su ambición. En otro panel nos cuenta cómo hizo todo lo que pudo por quedarse un plato que tenía una señora muy mayor, Cha Petronila, y que no consiguió. Al marcharse le dijo que, si se lo dejaba en herencia al morir, él le prometía una misa. A los dos años apareció un pariente con el plato y él le hizo la misa. Allí está el plato en un lugar de honor (pero rodeado de muchos otros platos).

A Cayetano le gustaba lo bello, lo curioso, lo extraño. Disfrutaba de sus cosas en su casa pero no pretendía nada más. De hecho no apuntaba nada y, por ejemplo, de los cuadros no se sabe muchas veces ni el autor ni la fecha. Lo que lo movía era la búsqueda y sobre todo el placer de culminarla: Más de una vez, tal ha sido mi odisea para hacerme con algunos de ellos que ni mis tártagos, molestias, riesgos de caminante, ni el calificativo de loco han torcido mi persecución, porque al final tenía el goce inigualable de conseguir lo que me proponía.". Ese es el motor de todos los aventureros de la historia y la literatura, desde Ulises a Indiana Jones. No somos como él, pero cuando nos íbamos, asombrados por todo lo que una persona consiguió en su vida, a cada uno no nos quedó otra que decir: "No lo haría ni en siglos, pero ¡cómo te entiendo, Cayetano!"

lunes, 19 de junio de 2023

El tiempo de las cerezas




El tiempo de las cerezas es el título de una novela de Nicolás Barreau, continuación de La sonrisa de las mujeres, que me gustó mucho y que se refiere al nombre del restaurante de la protagonista en París: Le temps des Cerises. Pero hoy les voy a hablar de mi particular tiempo de las cerezas: el mes de junio.

Hasta que tuve 20 años yo nunca había probado cerezas de verdad en mi vida. Sí que había comido las cerezas escarchadas de las tartas o las guindas en almíbar que venían en frasquitos. Pero ni guindas, ni cerezas, ni picotas había en las ventas de mi niñez ni en los huertos de la isla. A los 20 años, el primer junio que estuve en Madrid, las probé por primera vez en una frutería de la calle Princesa, escenario de nuestros esparcimientos entre examen y examen de 3º de Filosofía. El flechazo fue inmediato. Recuerdo como si fuera hoy el sabor dulce y delicado de las picotas grandes y maduras en mi boca y el pensamiento de que nunca había comido nada tan rico. En el mes de junio, durante los 4 años que estudié en Madrid, cogía la guagua a cada rato para ir desde mi colegio mayor hasta Princesa y comprar un cartucho de cerezas que me iba comiendo por el camino de vuelta. ¡Qué delicia!

Ya en casa, pasó un tiempo hasta que poco a poco empezaron a aparecer aquí. Cuando nos mudamos al campo hace 40 años, lo primero que hicimos fue plantar un cerezo en la huerta. Pero, al revés que en la canción de Jorge Sepúlveda, "aquel cerezo rosa NO creció en un rincón de mi jardín..." y no hubo manera.  De todas formas, desde entonces, el mes de junio ha seguido siendo para mí el tiempo de las cerezas, ahora compradas en la frutería de mi pueblo.

Y ellas, las cerezas, arrastran otras muchas sensaciones asociadas a este mes: los primeros baños en el mar, ya no tan frío como en meses anteriores; las fiestas vinculadas a la vida y a los frutos de la tierra, como las romerías o la noche de San Juan; las tardes perezosas leyendo un libro o contemplando atardeceres eternos en los que solo apetece dejarse llevar por un sueño de colores; las comidas con los amigos o la familia al aire libre; la desaceleración del curso alrededor, que incluso los jubilados sentimos: los niños ya sin tareas, los exámenes ya finalizados, los planes para el tiempo libre; las noches estrelladas y tranquilas, salvo el chirrido de los grillos de fondo... Junio, fugaz, alegre primavera, / árboles de lo vivo, peces, pájaros, / niñas color azúcar devanando / un agua que refleja un cielo inútil., decía Vicente Aleixandre. Y también Emilio Ballagas pedía: Llévame por donde quieras, / viento de la luz de junio / -remolino de lo eterno.

Y por encima de todo, este mes ya casi estival nos trae la melancolía del paso de la vida, el pensamiento de que quedan hacia delante menos tiempos de cerezas que los que hemos disfrutado hacia atrás. Igual que en aquel poema de Juan Ramón Jiménez que dice: Y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando, también aunque no estemos, quiero pensar que siempre pervivirá un tiempo de las cerezas para los que vengan después. Que lo disfruten.


lunes, 12 de junio de 2023

Quico, el espía



Quico fue uno de mis primeros alumnos hace más de 50 años, allá por 1971. Quiso la buena fortuna que en las vueltas de la vida me lo volviera a encontrar hace un tiempo y, desde entonces, disfruto de su innegable talento y de su sentido del humor, que despliega en pinturas y escritos. Da fe de ello el último que me mandó esta semana, "Mi pasado me espía", cuyo enlace les pongo aquí: http://anghelmorales.blogspot.com/2023/06/mi-pasado-me-espia.html?m=1

En él nos cuenta aquella vez que se le acercó un individuo y lo fichó como espía, trabajo en el que estuvo un tiempo hasta que tuvo que "espiar" a Pepe, uno de sus mejores amigos (de hecho, es padrino de su hija) y también, ex-alumno mío. La verdad es que, como podrán comprobar, cuenta todo ello con tal lujo de detalles, con tal prolija exuberancia, que ¡me lo creí! A ver, dudé un poco cuando el tipo que lo ficha se presenta con sombrero y gabardina al estilo Colombo, y con el ABC en la mano izquierda y El País en la derecha (¿no tendría que ser al revés?). Demasiado tópico y demasiado típico. Seguí dudando cuando señala como objetivo peligroso a investigar a Pepe, que es más bueno que el pan de nueces. Y lo que nunca creí es que Quico -¡Quico! al que el océano Pacífico no le llega ni al tobillo de lo tranquilo que es para estos menesteres- confiese que había dado "punto final" a una docena o dos de personajes ("tampoco fueron tantos", escribe con modestia).

Pero las explicaciones sobre todo el proceso, lo minucioso de las instrucciones tan detalladas que le daban, el sobre de color verde con los generosos emolumentos, sus esfuerzos por salvar al amigo..., me parecieron tan verídicos que le tuve que decir: "¿Pero eso es verdad, Quico, o te lo estás inventando?". A lo que él, muy ofendido, me contestó: "Parece mentira, Isabel ¿Tú me ves de espía?". Y hasta se quedó preocupado porque no fui la única y me dice que a ver si ahora la gente lo iba a empezar a mirar raro, pensando: "Mira el asesino ese, nadie lo diría...". Y luego me contó que lo que dice de Pepe sí es cierto y que se le ocurrió la historia cuando se encontró la partida de confirmación. El resto es "realismo mágico", dice.

Le tuve que contestar que, ¡ay, Quico!, yo estoy como el robot de Blade Runner, cuando decía lo de "yo he visto cosas que vosotros no creeríais, naves de ataque en llamas más allá del hombro de Orión...". Pues yo igual. Yo he vivido el tener los teléfonos intervenidos, de tal modo que hablando desde el Colegio Mayor con mi abuela, de repente se cortaba y se oía la voz de un gris dando instrucciones para ir a aporrear a un grupo de estudiantes. A mí me han avisado (un primo policía que tuve) de que tuviera cuidado con lo que escribía (yo tenía el novio lejos y una correspondencia casi diaria con él) porque existía una oficina dedicada a abrir y leer las cartas (vete tú a saber qué deducirían de las declaraciones de amor). Yo he conocido a espías de verdad, no creas, espías de carne y hueso con sus afirmaciones veladas sobre su trabajo y sus miradas condescendientes como diciendo: "Si tu supieras...". Y hasta en mi barrio del Toscal teníamos también un espía que todos sabíamos quién era. No nos faltaba sino pasar a su lado igual que Gila y susurrar: "Alguien ha matado a alguien...".

Así que, visto el panorama, ¿por qué no tú, Quico? Ya, ya sé que tendría que haber confiado más, haber pensado que tienes demasiada cara de bueno para dedicarte a sospechar de unos y de otros y a dar puntos finales sin ton ni son. Pero daría medio sueldo (más no, que no está el horno para derroches) por verte, en un universo paralelo, bajarte de tu Aston Martin y oírte decirnos a todo el personal: "Bond, Quico Bond".

lunes, 5 de junio de 2023

A propósito de elecciones

Mi nieta mayor votando por primera vez

Mi amigo Nicolás me estuvo contando el otro día, en una comida en la que coincidimos, una de sus teorías, la de que toda la historia humana es fruto de peleas. Surgió la conversación porque mi marido dijo que estuvo en una Sociedad Colombófila en La Laguna pero que después, por diferencias entre socios, la Sociedad se dividió y un grupo fundó otra en Geneto. Con los mismos objetivos y los mismos intereses (soltar palomas y que vuelvan al palomar), pero otra.

- ¡Eso es! -dijo Nicolás- La multiplicación por clonación. Y lo mismo pasa con todo. Con los países, miren Yugoslavia que se dividió en 7 estados. O con las murgas, de las que nacen murguitas. O con los pueblos (¿Realejo Alto y Realejo Bajo?). O con los clubs de fútbol o los de lucha canaria. La historia del mundo está hecha por clonación, por grupos que se separan del original peleándose, pero que siguen siendo iguales. Y eso es bueno porque los seres vivos que clonan no mueren. Multiplicarse por el sexo es más divertido pero nos hace mortales.

Me encantó lo que dijo mi amigo porque es de esas personas que te hacen pensar. Y en estos días de discusiones políticas y de propaganda electoral, una se da cuenta, al ver la cantidad de partidos que hay (sobre todo cuando encontramos el buzón lleno de papelotes), de que muchos de ellos están proponiendo exactamente lo mismo y exponen las mismas promesas. Todos formaron parte de un partido matriz y, por discusiones acerca de quién manda o de poner el acento más en un aspecto que en otro, se separaron y ahora se llaman distinto (es increíble ver la lista de nombres de partidos), pero piensan casi igual.

Me recuerda todo esto un libro que leí hace mil años, del que desgraciadamente no retuve ni título ni autor. Hablaba de un partido comunista que se presentaba a las primeras elecciones en España después del franquismo. Pero como  querían ser más comunistas que los comunistas, exageraban todo y hasta ponían en sus banderas dos hoces y dos martillos. No esperaban ser votados sino por sus familias y amigos, pero por un fallo informático les asignaron millones de votos y ganaron las elecciones. "¿Y ahora qué hacemos?", decían. No recuerdo más; si alguien la leyó, me dicen título y autor, si se acuerdan, porque era muy divertido y no me importaría releerlo ahora. Pero sí se me quedó la idea de que realmente no se diferenciaban casi nada del Partido Comunista de entonces, solo que ellos más. La clonación, que diría Nicolás.

En el fondo de todas estas escisiones están las peleas y en eso le doy la razón a mi amigo. Desde el patio del colegio, el ser humano, por un quítame allá esas pajas, está presto para decir "ya no me ajunto contigo" o el "y tú más". Somos así de pendencieros, quisquillosos y majaderos. Pero pienso, qué quieren que les diga, que se consigue más con la unión (que hace la fuerza, no lo olvidemos) Menos líos, menos discusiones y, en el caso de los partidos, muchísimos papeles menos en nuestros buzones, muchísimos debates aburridos menos, muchísimas peroratas menos. Y más fuerza a la hora de conseguir los fines, todos remando en la misma dirección.

Así que animo a todos los partidos (más a los de izquierda que son más peleones) a ponerse de acuerdo en lo fundamental y a dejar aparcadas las minucias. La clonación nos hará inmortales pero la unión es más productiva. Y da más alegrías.


lunes, 29 de mayo de 2023

Temas de conversación




Según un amigo de los que salimos a cenar los viernes por la noche, últimamente solo tenemos dos temas de conversación: las enfermedades y los nietos. Exagera, pero por curiosidad me puse a mirar si era verdad en los chats de grupos de esta semana y, oye, por lo menos las enfermedades son el pan nuestro de cada día.

El lunes y martes hablamos de visitas a médicos y fisioterapeutas. El miércoles el colesterol fue el tema estrella, que si el bueno, que si el malo, que si yo lo tengo perfecto, que si a mí me pasa de 300. Incluso una de mis amigas nos confesó que el colesterol me viene de mi madre y también la artritis. Mi padre, nada, ya se podía hinchar de chorizo, tocino y otras porquerías, y nada. El jueves tocó hablar de tratamientos y el viernes, de las defensas bajas y de los efectos de la vacuna del herpes. Parece que estamos en ese punto del que hablaba mi amigo Mingo cuando nos decía: "A ver si nos vemos un día de estos y nos tomamos un termalgín".

De todas formas, claro que se ha hablado de otro montón de cosas. Se ha organizado entre las amigas una comilona para la semana que viene (aunque sea mala para la dieta), se habló del ascenso de la Unión Deportiva Las Palmas, de los cohousing (tenemos a una amiga entusiasta), de las muertes de Tina Turner, Juan Galarza y Antonio Gala, de las elecciones, de que los años pesan... Y, por supuesto también hablamos de los nietos.

Esta semana, además, me han llegado historias con preguntas que ellos nos hacen a los abuelos. La del nieto de mi amiga Arista sobre por qué los pobres no van al cajero a sacar dinero, con lo fácil que es y así dejan de ser pobres. La de otra nieta que quería que sus padres, separados y con otras parejas, volvieran a estar juntos. Cuando su abuela le intentaba explicar que era complicado, la niña preguntaba: "¿Y por qué no buscan en Internet la solución?". Eso también pedía otra niña sobre el tema de si Dios existe o no: buscar en Google. O cuando en una charla que oí a un escritor argentino, este explicaba que le contó a su hija de 6 años que Hansel y Gretel se perdieron en el bosque y ella, lejos de asustarse, preguntaba: "¿Y por qué no llamaron a su papá por el móvil?".

Nosotros y las enfermedades, los niños y su curiosidad. Tal vez es lógico que estos sean, por contraste, nuestros temas favoritos de conversación. Nosotros ya hemos recorrido la mayor parte del camino y andamos medio averiados, ellos lo están estrenando todo en un camino tapizado de preguntas. Nos preocupan nuestros achaques y nos emocionan sus pasos nuevos. Nos fascinan porque los niños tienen todas las preguntas y la confianza en que se respondan. Y nosotros sabemos ya que hay muchas preguntas que nunca tendrán respuesta. He ahí la cuestión.

lunes, 22 de mayo de 2023

El cálido aliento



Ustedes saben que yo leo de todo, siempre que esté bien escrito (excepto novelas de terror y prospectos de medicamentos). Me encanta la novela negra, la histórica, el realismo mágico, la poesía,  la literatura fantástica, las policiacas, la contemporánea... Y también me gustan mucho las novelas románticas, sobre todo cuando pasamos en la vida por temporadas en las que una ve demasiado ruido y furia alrededor. Entonces, se coge una novelita de amor (y si es con humor, mejor, tipo las de Sophie Kinsella o Eva Ibbotson), nos sentamos en un cómodo sillón de orejeras con los pies estirados en el butacón, si quieren al lado una copita de algo (oporto yo, pero  ustedes a elegir) y ¡hala! a sumergirnos en una historia de esas que terminan bien y en la que fueron felices y comieron perdices después de sortear dificultades sin fin.

Lo único malo es que te puedes tropezar con el cálido aliento, que fue lo que me pasó con la última. Es de una autora muy muy leída en España y de la que no sabía nada, así que le ofrecí el beneficio de la duda. Pero ¡ay! en cuanto el chico y la chica se conocen y se odian (y así sabemos todos que acabarán juntos), al mínimo roce él le echa el cálido aliento y ella ya cae rendida. Miren, si no, lo que ella va contando cada dos por tres: 

"... se acercó todavía más, hasta el punto de que casi podía sentir su cálido aliento en mi rostro..." (página 190).

"... cerré los ojos con fuerza cuando sentí su cálido aliento en mi cuello..." (página 190 también)

" El tacto de su piel, el cítrico aroma masculino, su cálido aliento, sus manos..." (página 319)

" Me estremecí al sentir su cálido aliento en mi nuca..." (página 361)

" Apoyó su cabeza en el hueco de mi clavícula y sentí su cálido aliento en el cuello..." (página 372)

" ... me gustaba sentir su cálido aliento en mis labios..." (página 373). Y así sucesivamente.

Claro que yo ya venía avisada porque en una de las novelas de P.G. Wodehouse (sí, también me encantan las de humor inglés), concretamente "Dieciocho hoyos" sobre el mundo del golf y los golfistas, cuenta la siguiente historia: el Socio Veterano de un Club de golf quiere emparejar a William y a Jane, 2 jóvenes golfistas con el mismo handicap, pero él es muy lento y no se le ha declarado a Jane. Esta tiene una vena romántica y le confiesa al Socio, suspirando, que ha leído una novela titulada "Amor que mata" en la que un jeque árabe estrecha a una chica entre sus brazos y ella percibe su cálido aliento en el rostro. El Socio insta, entonces, a William a que se declare de una vez y le haga lo mismo, pero cuando lo va a hacer, ella está hablando con otro y William dice al Socio: Pero, oiga, no podré arrebatar violentamente a Jane y estrecharla entre mis brazos y hacer lo del cálido aliento con ese tipo rondando por los alrededores. Y decide, aliviado, aplazarlo porque, además, ese día había comido un buen bistec y un plato de riñones salteados y no estaba la cosa para cálidos alientos.

Así pues, yo recomiendo a los autores de novelas románticas que dejen de atufar a sus personajes, por Dios. Y que no sean repetitivos, que, como dijo hace poco Irene Vallejo en uno de sus artículos, ...no en vano, en los mitos y tradiciones -la piedra de Sísifo, las vísceras de Prometeo, los tormentos del infierno- el castigo toma la forma de repetición estéril.

La próxima que leeré va a ser una policíaca, y esta vez espero, por el bien de los lectores, que el asesino no eche el cálido aliento en el cogote de la víctima. Que ya está bien.


lunes, 15 de mayo de 2023

El hijo de la mar



De todas las novelas de García Márquez la única que he releído y varias veces (ustedes saben que solo lo hago con las que me gustan muchísimo) es "Crónica de una muerte anunciada". Esa novela tiene uno de los comienzos más sencillos y a la vez más estremecedores que he leído: El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5,30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Todo el relato tiene algo de fatum, de la fuerza del destino, de que, hagamos lo que hagamos, no podemos evitarlo porque es nuestro sino. Así de frágiles somos los humanos.

Lo he recordado ahora porque este mes sentí lo mismo cuando vi morir en el mar a uno de mis amigos. Y como en la "Crónica...", hubiera podido contarlo diciendo que, media hora antes de perderse en el mar, Eduardo nos saludó con su cordialidad habitual, mientras mi marido y yo nos sentábamos en hamacas a su lado frente a las piscinas naturales del club de Bajamar. Hablamos de que ese día, el 3 de mayo, nos habíamos animado a bañarnos por primera vez en el año. El día estaba soleado, con una brisa agradable que se agradecía y la temperatura del agua, 20º, era ideal. En Bajamar al lado del mar hay 4 piscinas naturales: 2 pequeñas, la grande y otra, también grande, a la que llamamos "la negra" porque su fondo es de rocas. Cuando es la pleamar, como aquel día, la mayoría nos bañamos en esta, a la que el agua llega con menos fuerza. Pero a Eduardo le gustaba la otra, con las olas retumbando sobre su cabeza y la sensación de estar en el centro del mundo, sintiendo caer la espuma sobre el cuerpo.

Eduardo era del grupo de amigos con los que solemos hablar en el club. Hemos hecho viajes y comidas juntos y él fue, aunque nunca lo supo, mi "amigo invisible" en la fiesta de Navidad. Era afable y muy querido por todos y, aunque no tuve grandes conversaciones con él, sé que adoraba dos cosas. Una fue la música: un cuarto de hora antes de morir, mandó a un amigo común cuatro wasaps con el Bolero de Ravel, "Suspiros de España" de Rocío Jurado, "Los cuatro muleros" de Pepe Marchena y "La mazurca de las sombrillas" de la zarzuela "Luisa Fernanda". Otro de sus amores era el mar y ese día no veía la hora de bañarse, no quiso ni pararse a comprar fruta -contaba su mujer, conmocionada- por la prisa por llegar.

Cuando nosotros ya nos íbamos a la 1, él, que había estado hablando con unos y con otros, se despidió, dijo que ahora le tocaba a él y se dirigió a la piscina grande. Nosotros lo vimos caminando tranquilo por el borde exterior. La marea estaba muy alta pero nada que ver con las grandes mareas de septiembre. Me paré para verlo meterse dentro de la piscina y lo vi tirarse allí de pie, en una gozosa zambullida, de esas que alegran el alma. Fue la última vez que lo vi vivo. Cuando a los 10 minutos salí del vestuario ya no estaba.

Después vendría el rescate del mar, los esfuerzos inútiles por revivirlo y el llanto desconsolado de los suyos. Pero yo sé que siempre recordaré la zambullida, ese momento de gloria del que disfrutó plenamente antes de que el mar lo reclamara como suyo. Tuvo una vida larga y feliz, y al final murió como Machado pedía hacerlo en su "Retrato": Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté a partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.

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