lunes, 17 de agosto de 2020

Organizados y caóticos




Yo estoy convencida de que la civilización tal como la conocemos empezó cuando una mujer (seguro que fue ella), allá en su caverna prehistórica, decidió que ya estaba bien de aprenderse las cosas de memoria y de usar los dedos para saber las tareas pendientes y empezó a hacer listas con ellas:
Quitar telarañas de la cueva
Ordenar por tamaños los huesos de mamuts
Tirar a la basura las pinturas sobrantes de la última vez que el niño pintó machanguitos en las paredes...
Fue en ese momento sublime cuanto todo se organizó y empezó la cultura, todo orden y comprensión.

Sí, ya sé que hay gente que vive en un caos acogedor y cariñoso: pilas de libros en el suelo (¡y sin orden alfabético!), ropas de verano rebujadas con las de invierno, gavetas en las que pueden convivir un salchichón y una cafetera... Incluso en un libro que leí hace poco ("Intimidad improvisada" de Máximo Huerta), el autor cuenta que a él denle un buen caos, que el orden le recuerda a los guerreros chinos de Xian y le da repelús. Y tampoco es eso. Yo, que soy de las organizadas, tengo mi mesa de trabajo con un saludable desorden. Pero pienso que si no fuera por nosotros, los hacedores de listas, el mundo no funcionaría.

Yo hago listas desde siempre. Listas de la compra, claro; pero también listas de lo que voy a decir a mi hija cuando hablo con ella cada día:
¿Llamaste al oculista?
Terminé un libro que te va a gustar
Te llevo aguacates mañana
Se me estropeó el IPad ¿qué hago?...
O listas de cosas bonitas que pasan cada semana:
Lunes: atardecer precioso
Martes: Compré cerezas riquísimas en la Frutería
Miércoles: Hablé con mi amiga X después de tiempo inmemorial ...
O listas de libros que leo cada mes. O listas con los casi 600 artículos que tengo publicados en este Blog. O listas de menús que hago cada vez que invito a alguien. O de regalos que hago y me hacen cada día de reyes...

En un libro precioso que acabo de terminar -"El infinito en un junco" de Irene Vallejo- y que es una historia del libro desde sus orígenes, nos dice que la escritura nació precisamente como un ejercicio de contabilidad y por eso en la literatura, que es un reflejo del mundo, siempre se hace inventario: la lista de naves griegas de "La Iliada", los 10 mandamientos de la Biblia, las cosas de cada habitación que Perec enumera en "La vida instrucciones de uso", o las 164 listas que la escritora japonesa del siglo X, Sei Shonagon, nos cuenta en su "Libro de la Almohada" bajo títulos tan sugerentes como "Cosas que aceleran los latidos del corazón", "Cosas que deben ser breves", "Cosas que pierden al ser pintadas" o "Personas que parecen satisfechas de sí mismas".

En las novelas policiacas hay siempre un momento en que el investigador hace una lista: de sospechosos, de indicios, de resultados. Y en las de Harry Potter, su mundo se empieza a ordenar cuando lo admiten en el Colegio Hogwarts y lo primero que hacen es darle una lista de todo lo que necesita (en la imagen final):
Tres túnicas sencillas de trabajo (negras)
Un sombrero puntiagudo
Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante)
Una varita
Un caldero (peltre, medida 2)...

Vivimos entre listas. Cada fin de año se nos invita a hacerlas: de propósitos de año nuevo o de los libros (o películas o viajes o eventos o discos) que más nos han gustado. Es el deseo de seleccionar ("Las mil ochenta recetas de cocina" de Simone Ortega, por ejemplo. ¿Por qué esas y no otras?), pero también de ordenarnos la mente y la vida. Irene Vallejo en el libro mencionado dice que las mejores listas son "las que acarician los detalles y la singularidad del mundo, impidiendo que perdamos de vista aquello que es valioso". También para mí, la maniática de las listas, son parte de mi autobiografía y, aunque rompo y tiro la mayoría una vez cumplido su fin, son la llave frente al caos para organizar mi mundo.





lunes, 10 de agosto de 2020

La amiga a la que le gustaban las historias sobre reyes




Tengo una amiga a quien siempre le ha gustado leer historias de reyes. Le encantaban los reyes bíblicos, como David que primero fue un pastor que se enfrentó a un gigante con su honda y después un rey valiente, músico y poeta; o Salomón, a quien Dios concedió un corazón capaz de distinguir lo malo de lo bueno.

También le gustaban las historias de reyes de "Las Mil y Una Noches", como la de Harun al-Rashid que se disfrazaba por las noches para mezclarse con el pueblo y así conocer sus necesidades sin que lo reconocieran; o reyes que imponían un respeto tan grande que todos temblaban ante ellos.

Disfrutaba enormemente con los reyes que Tolkien situó en la Tierra Media, reyes que se preparaban para serlo guardando el país de enemigos en un trabajo callado y duro. Provenían de estirpes heroicas de las que se contaban mil leyendas y se alzaban estatuas de piedra gigantescas para recordarlos: Durante muchos años anhelé contemplar las imágenes de Isildur y Anárion, mis señores de otro tiempo. A la sombra de estos señores. Elessar, Piedra de Elfo, hijo de Arathorn de la casa de Valandil hijo de Isildur, heredero de Elendil, ¡no tiene nada que temer!

Había veces que mi amiga se entusiasmaba con las leyendas y aventuras del rey Arturo y sus caballeros de la Tabla Redonda que vivían en pos de un ideal puro e inalcanzable. O repasaba los libros de Historia buscando los apodos de los reyes antiguos e investigando por qué los habían llamado así: el Justo, el Santo, el Hermoso, el Sabio, el Conquistador, el Hechizado, el Católico, el Deseado...

Había reyes que parecían tenerlo todo: Un palacio de diamantes, / una tienda hecha de día / y un rebaño de elefantes, / un kiosko de malaquita, / un gran manto de tisú...

Mi amiga no es que fuese monárquica, la verdad. Pero desde pequeña le llamaban la atención esas personas a las que el destino señaló de alguna manera y se hacía preguntas sobre ellas. ¿Cómo llegaron a ser reyes? ¿Cómo aprovecharon ese poder que se les otorgó, muchas veces sin comerlo ni beberlo? ¿Se dieron cuenta de que jugaban un papel en la Historia? Le interesaban las semejanzas entre algunos, sus fuerzas y sus debilidades, sus reacciones, sus cualidades.

Hasta que conoció a un rey real. Poca gente que yo conozca ha tenido ocasión de ello, pero mi amiga ocupó un cargo importante en una ocasión en su país y quiso la casualidad que conocíó a un rey de verdad. Y con conocer me refiero a que coincidió con él en eventos y viajes y tuvo largas charlas en muchas ocasiones. Él la llamaba por su nombre y ella a él "señor".

Entonces descubrió que era un hombre normal y corriente, pero que no se creía normal y corriente sino por encima del resto de los mortales. A lo mejor esto es lógico tratándose de un rey. Pero para mi amiga, que había seguido la trayectoria de los reyes de antaño, este rey, aunque era un tipo agradable, no era magnánimo y compasivo como Aragorn, sino que hacía lo que le daba la gana sin pensar en los otros. No era sabio en sus decisiones como Salomón sino que a veces parecía actuar sin ton ni son, a lo que saliera. No era santo como Fernando III, porque lo único que le interesaba era su propio placer. No era valiente como Ricardo Corazón de León, ni carismático como Arturo. La gente que estaba a su alrededor y lo adulaba no le tenía cariño sino que era del tipo rata que abandonan el barco cuando se hunde. No era justo como Luis XIII de Francia, porque pensaba que él estaba por encima de la justicia y sus leyes. No era culto ni sensible como Alfonso X o David (no se le conocía ni una triste cántiga o  salmo). No se preocupaba por el pueblo como Harun al-Rashid, porque el pueblo le importaba un pito. Ni siquiera era guapo (o hermoso). En resumen, concluyó que era un rey de morondanga.

Ahora a mi amiga ya no le gustan las historias de reyes. Por no creer, no cree ni en los reyes magos.

lunes, 3 de agosto de 2020

Dafne en mi jardín




El árbol que ven en la foto primero fue un almendro y después, tras un injerto, un icaco. Con el tiempo probamos sus frutos (no muchos, la verdad), dulces con un punto ácido, a medias entre ciruela y albaricoque. Pero de repente, de la noche a la mañana, dejó de dar frutos y sus hojas cayeron y sus ramas se alzaron secas, como brazos descarnados. Entonces mi marido habló de cortarlo, pero yo no quise porque me  recordaba la efigie de una mujer ¿No se les parece? Le veo el muslo y la pierna cruzadas por delante, la curva suave de la cadera, la cabeza apenas intuida y agachada, y esos dos brazos hacia arriba, gráciles, como sosteniendo esas ramas que ¡oh, milagro!, después de dos años han empezado a reverdecer, como si alguien les hubiera llamado la atención. Tuvo, en este verano raro, hasta unas cuantas florecitas blancas y minúsculas que, aunque desaparecieron pronto, le dieron un aire primaveral y coqueto.

Cuando le enseñé mi árbol-mujer a mi amiga Conchi -que a veces es tan loca como yo para las interpretaciones- me dijo enseguida: "¡Oh, es Dafne!". De entrada me dejó descolocada porque a la única Dafne que recordé en ese momento fue a Jack Lemmon en "Con faldas y a lo loco" que, cuando Tony Curtis y él deciden vestirse de mujer y llamarse Josephine y Geraldine, Jack Lemmon se cambia rápidamente el nombre por el de Dafne. "Nunca me gustó Geraldine", dice con cara de fos.

Pero luego caí y Conchi y yo recordamos juntas el mito de la ninfa Dafne que volvió loco de amor a Apolo ¿Se acuerdan? A Apolo, además de ser apolíneo que era lo suyo, le bailaba el ojo, sobre todo ante una belleza como Dafne. Pero ella era más de irse a cazar por las montañas y desdeñaba a los pretendientes, aunque fueran más guapos que un San Luis y tuvieran el porvenir asegurado de un dios. Pero el otro dale que te pego detrás de ella hasta que Dafne, harta, pidió ayuda a su padre, un dios-río, y cuando Apolo casi estaba a punto de abrazarla, ella se fue convirtiendo en un precioso laurel: los pies se enraizaron, el cuerpo se transformó en un tronco, los brazos en ramas y el cabello en perfumadas hojas. Apolo -la lapa humana lo llamaría yo-, a pesar del chasco, siguió amándola y la proclamó como "su" árbol.

Claro que esta Dafne de mi jardín no da laureles con los que coronar las cabezas de los héroes griegos. Bueno, de hecho no da nada. A lo mejor algún día si se tercia, si está de buen año, si le da el capricho... este árbol-Dafne, digo, tal vez se digne producir aunque sea un puñado de icacos para comerlos directamente del árbol o para hacer mermeladas del color del verano para los días de invierno.

A mí me gusta porque me encanta la mitología y esto de tener una Dafne en el jardín viste mucho. Pero a veces, mirándola, me entra la vena realista y me digo que tanto mito, tanto mito y realmente lo que queremos son icacos. ¿Se le habrá pasado el arroz? ¿O será que, en vez de una Dafne pródiga y generosa, se me ha convertido en una Geraldine, sin faldas y medio loca?


Otra foto de Dafne, donde se aprecian más "la pierna cruzada" y las "manos"



Apolo y Dafne de Bernini

lunes, 27 de julio de 2020

Y al atardecer llueven meteoritos...




Todos los fans de Les Luthiers conocemos la zamba "Añoralgias" sobre el pueblito adorado al que le ocurren todos los desastres: calufas, diez meses de sequía, huracanes, erupciones volcánicas con hirvientes torrentes de lava, inundaciones periódicas... En una de las últimas estrofas dice:
Los hambrientos lobos aullando estremecen
cuando son mordidos por fieros mosquitos.
No se puede dormir por los gritos
de miles de buitres que el cielo oscurecen.
Siempre algún terremoto aparece
y al atardecer llueven meteoritos.

Pues parece que Tenerife se ha convertido en este 2020 de las narices en el lindo pueblito de Añoralgias. Primero fue en febrero una calima pocas veces vista con fortísimos vientos que arrastraron casi todo el polvo rojo del Sahara sobre nuestras cabezas. Cerquita estuvo una DANA (gota fría) que influyó en ello. Después fue la pandemia que nos encerró y nos quitó abrazos y cercanía. Luego, empezando este verano raro que se llama la "nueva normalidad", hubo un apagón general en la isla, un "cero energético" lo llamaron, que no solo nos dejó sin luz sino también sin teléfono, ni wifi, ni vida social, oye. Y como consecuencia múltiples fallos técnicos en aparatos y sistemas. Después, el 16 de julio hubo un terremoto de 4,1 que nos dejó temblando a los de la vertiente norte y oeste. Y esta semana nos hemos enterado de que ¡cayó un meteorito!. El 14 por la noche una de las cámaras del Museo de la Ciencia y el Cosmos grabó la caída de un cuerpo del espacio exterior entre Icod y Buenavista del Norte, y creo que si uno va por allí a husmear, puede hasta encontrar trozos del tamaño de una moneda.

Menos mal que los canarios somos gente tranquila y calmosa y que incluso este rosario de calamidades nos lo tomamos hasta con guasa. Leí un twit que decía "Mi viejo dice que esta calima, pandemia, apagón, terremoto y meteorito... es pa calor".

Y no se preocupen. La isla sigue siendo el vergel de belleza sin par de la canción y, como en los folletos turísticos, seguimos bañándonos en aguas transparentes, haciendo caminatas entre la laurisilva, disfrutando de noches estrelladas como las que les conté la semana pasada, descubriendo rincones perdidos en Anaga... En fin, veraneando como se hacía antes.

O casi. Porque, entre nosotros y como quien no quiere la cosa, nos vemos mirando al Teide de reojo, por si acaso , después de 111 años sin erupcionar, este año se le escapa del cráter alguna nubecilla loca y empiezan los fuegos artificiales. Y también descubro a mis paisanos levantando los ojos al cielo por si los buitres de "Añoralgias". No nos fiamos ni un pelo de este 2020. Y si no, al quite.

lunes, 20 de julio de 2020

La noche estrellada



Durante el confinamiento mis amigas del colegio y yo nos hemos acostumbrado a vernos y escucharnos en una videollamada los jueves por la tarde. Este último jueves estuvimos hablando del cometa Neowise, ese que nos anuncian que se ve en el noroeste por las noches, muy cerquita de la Osa Mayor. Pero ninguna de las cuatro que en ese momento hablábamos lo ha podido ver. Los cielos de julio no se han presentado estas últimas noches ni claros ni propicios. No ha habido noches estrelladas.

Entonces Ligia, desde Miami, nos dijo: la primera vez que yo vi una noche estrellada fue cuando llegué de Venezuela a Tenerife a los 10 años. Nos recogieron en el barco -no recuerdo si era el "Santa María" o el "Veracruz"- y cuando después iba, ya de noche, en el coche por aquella carretera vieja de Santa Cruz a Icod, se me ocurrió mirar al cielo y me quedé embelesada porque no me explicaba cómo era tan estrellado. Le pregunté entonces a mi abuelita: "Bayi -así la llamábamos-, ¿y por qué el cielo aquí tiene tantas estrellas?". Y mi abuela me contestó: "Mi niña, aquí el cielo es siempre así". Y yo: "Pero en Caracas no. Allí hay alguna que otra estrella salteada, pero nunca, nunca en mi vida había visto yo un cielo así". Me quedé con la boca abierta, el cielo casi no tenía huequitos donde no hubiera algo brillante. Contarlas era imposible.

Y Conchi contó: yo recuerdo una noche así en una boda -tendría yo unos 16 años- de unos amigos de mis padres en Arico. Cuando entramos en la iglesia todavía era de día  pero a la salida era de noche y nosotros fuimos caminando por la carretera porque el salón donde se celebraba la boda estaba unos metros más allá. La noche era una noche cerrada, sin luna. Y en esto miro al cielo y a mí me dio la sensación de que se me caía encima, yo no había visto nunca tantas estrellas juntas. Es que fue una impresión, un impacto, porque sí, a veces cuando se iba la luz en Santa Cruz veías las estrellas pero siempre había alguna luz cercana. Pero esto era un cielo negro y luces y luces y luces. Veías las constelaciones, clarísimo todo. Me quedé extasiada. No he vuelto a ver algo así como aquella noche.

Después Chari añadió: pues mi noche estrellada no fue aquí sino en un pueblito de Gerona que se llama Vallfogona del Ripollés, muy cerca de los Pirineos. En agosto de 1997 anduve por allí invitada por unos amigos a una masía de finales del XIX. Llegamos a media tarde y en cuanto oscureció nos dimos un paseo por sus calles, pero lo que más impresión me produjo fue mirar al cielo, ya en las afueras, y verlo lleno de estrellas de todos los tamaños y, en medio, una hermosa y bien definida vía láctea. El cielo parecía negro, de tan oscuro. Tuve la sensación de que entre él y yo había muy poca distancia y que casi podía tocar las estrellas. Nunca antes ni después he vuelto a ver algo parecido.

Yo entonces recordé mi noche estrellada. Fue hace pocos años e íbamos por la carretera del Norte a quedarnos en la Playa de la Arena. Nos habíamos retrasado un poco porque nos cogió un atasco en la carretera a la altura de San Juan de la Rambla por culpa de un accidente. Total que, cuando se restableció el tráfico, ya eran más de las 10 de la noche cuando pasamos el Puerto de Erjos y empezamos a bajar hacia el sur. Paramos entonces en uno de los miradores que dan al Teide -se veía su silueta recortada sobre el fondo oscuro y estrellado- y a los valles altos de Santiago del Teide y me quedé sin respiración. La vista del cielo oscuro y de las miles y miles de estrellas era impactante. La quietud y el silencio, absolutos. De vez en cuando, una estrella fugaz rompía el concierto. No sé cuánto tiempo estuvimos allí, callados y cautivados, pero sé  que, cuando volvimos a subir al coche, tardamos un rato en volver a hablar.

Cuando este jueves por la tarde colgamos el teléfono, pensé que la amistad es también algo como esto: compartir el asombro y la capacidad de captar la belleza pura y la coincidencia en un momento, único y casi de éxtasis, en el que nos vimos empequeñecidas ante lo infinito, paradas mirando el cielo desde la orilla del universo.

lunes, 13 de julio de 2020

Las niñas finas




Aquí estamos mi amigo Juancho y yo en una excursión que hicimos un grupo de alumnos y profesores el 15 de abril de 1989 caminando desde Las Cañadas del Teide al Paisaje Lunar de Vilaflor. En el camino nos encontramos este lugar de Las Cañadas, Caramujo, y, accidentalmente, pusimos la chaqueta sobre la sílaba "mu" dando lugar a una palabra fea. Nada más lejos de nuestra intención, porque ni a Juancho ni a mí se nos ha oído nunca una palabrota. Los dos éramos entonces sesudos profesores, él de Ciencias Naturales, yo de Filosofía, y siempre hemos dado buen ejemplo a nuestros alumnos. Además, los dos nos educamos en colegios religiosos, él en La Salle, yo en las Dominicas, así que fuimos niños finos, conscientes de que decir una palabrota suponía ir de cabeza al infierno.

Mi madre me contó que, días después de confesarse antes de hacer la primera comunión, levantó una piedra en el camino, vio una caca debajo y exclamó: "¡Mierda!". Inmediatamente fue pitada a confesarse otra vez, no fuera que se le quedara esa mancha en el alma. Y es que en estos asuntos del lenguaje todo es cuestión de educación. Por ejemplo, yo tuve dos abuelas, una fina y la otra palabrotera. Mi abuela Lola, la fina, si nos oía una mala palabra, nos echaba la bulla y poco menos que nos amenazaba con lavarnos la boca con lejía. Mi abuela Horacia hacía lo mismo pero, cuando terminaba, la oíamos rezongar: "¡Coño! ¡Qué mal hablados son estos niños, carajo!".

Pensándolo bien ¿qué es lo que convierte a una palabra totalmente inocente en una palabrota? Si uno busca en diccionarios, resulta que carajo se llamaba a la "pequeña canasta que se encontraba en lo alto del palo mayor en las naves antiguas" y puñeta es el "adorno de encaje o bordado dispuesto en la bocamanga de la toga de los magistrados". ¿Qué mente perversa contaminó a esas bellas palabras de significados ajenos?

Y también en defensa de los tacos, decir uno a tiempo puede preservar de la úlcera o de un ataque al corazón e incluso allanar el camino del amor, según P. G. Wodehouse. En su libro "Dieciocho hoyos", tiene una historia -"Chester se olvida de sí mismo"- en el que un chico juega al golf con una chica de la que está enamorado. A ella le gusta pero ha rechazado su declaración de amor porque piensa que un tipo que, cuando algo le sale mal en el golf, en lugar de cagarse en todo lo que se menea (esto no lo dice así P. G. Wodehouse, que seguro que también era fino de esos de internado inglés, pero se supone), salpica su conversación de carambas, vayas y qué lástimas, es un tipo envarado, frío y hasta poco humano. Por eso, cuando en medio de una jugada decisiva, una bola lanzada por otro jugador con toda su fuerza le da en el culo y le frustra la jugada, Chester -así se llama él- olvida toda mesura y delicadeza y se lanza a decir palabrotas (que el autor disfraza con ¡¡Ogggh!!, ¡¡Aggrrh!! y ¡¡Grrrh!!), entonces ella comprende que el pobre se había reprimido para no ofender sus delicados oídos. Y se estremece al pensar que "de no ser por lo que acababa de ocurrir, se habrían separado para siempre, alejados entre sí por océanos de malas interpretaciones, ella fría y desdeñosa, él con toda la sinfonía guardada en su interior".

A lo mejor habría que concluir con que a las palabras no habría que buscarles la fealdad o la belleza sino la utilidad y contundencia en la conversación. ¡Pero no! Resistiré semejante simplificación. Porque, al fin y al cabo, las niñas que fuimos educadas en colegios de monjas somos más finas que la puñeta.

lunes, 6 de julio de 2020

Viaje al centro de la aventura




Para mí que ser aventureros nos viene de fábrica. Nacemos, crecemos aprendiendo a jugar y a revivir historias y luego, más tarde, descubrimos que la propia vida es la gran aventura. En ella hay hallazgos, amores y desamores, encuentros, intentos de cambiar el mundo, emociones y pasiones... ¿Y qué pasa si en medio viene una pandemia sin comerlo ni beberlo y nos encierra en casa y nos corta la arrancadilla? Pues no pasa nada mientras conservemos el sano vicio de la lectura y libros suficientes para satisfacerlo. En ellos la aventura seguirá viviendo y cada uno de nosotros, viajeros impenitentes y entusiastas, correremos mundo todo lo que la imaginación nos lo permita.

Durante estos meses de encierro he leído (y releído) unos cuarenta libros, gracias a los cuales he vivido en el Manaus de la fiebre del caucho al lado del río Amazonas con los libros de Eva Ibbotson; he montado una librería (La librería de Penélope Fitzgerald) y una tienda para mascotas (La tienda de la esquina en la bahía de Cockleberry de Nicola May); he estado empapándome de historias de la Italia del siglo XIV con el Decamerón y estuve también en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme; me he reído otra vez con las aventuras de Jeeves y Bertie Wooster (P. G. Wodehouse); pasé por el Santander del siglo XIX luchando por dirigir un colegio (Un destino propio de María Montesinos) y por el Japón de finales del XX buscando un Van Gogh perdido (Sakura de Matilde Asensi)... Pero sobre todo un libro, La isla de Bowen de César Mallorquí, me devolvió el espíritu de la aventura, de aquellos libros con los que empezamos a amar la literatura y en los que nos sumergíamos, seguros de encontrar en ellos el riesgo, la intriga, los miedos razonables, el sálvese quien pueda o el enfrentamiento a lo desconocido sin más armas que el coraje.

Almudena Grandes hace años escribió un artículo sobre los libros de aventuras (lo llamó, con toda propiedad, Tesoros escondidos). Contaba que en ellos empezó a vivir en las islas: "Las había misteriosas, tropicales, volcánicas, árticas, y algunas tenían nombre, la mayoría ni eso, aunque todas eran igual de peligrosas. También viví en el mar, en largas travesías plagadas de tormentas, de ballenas, de naufragios, de pulpos gigantes y admirables submarinos, pero sin desdeñar la tierra firme. Así conocí mundo, cabalgué por las praderas, dormí en iglús, visité la Patagonia y el Polo Norte, las islas del Pacífico y la estepa siberiana, y en todos esos lugares arriesgué la vida, pero siempre volví para contarlo."

La isla de Bowen me recordó todo eso. Yo también estuve en una isla en el Ártico, misteriosa, volcánica y muy, muy peligrosa; hice un largo viaje por mar, en busca de un científico perdido y de un metal desconocido y valioso, en el que me pasó de todo, hasta tsunamis; conocí a personajes deliciosos con los que me gustaría encontrarme en la realidad (como ese profesor Zarco, tan parecido en su misoginia y su mal carácter, al capitán Haddock); y arriesgué la vida y terminé el libro con una sonrisa. Porque en él hay muchas más cosas que lo hacen atractivo: interesantes observaciones científicas de las que no tenía ni idea, intriga desde el primer momento, choque entre mentes a cual más inteligente, hombres y mujeres valientes... y humor, mucho humor. Es por supuesto un homenaje a Julio Verne a quien muchos adoramos por todo lo que nos ha hecho disfrutar desde que lo descubrimos en la biblioteca paterna. De él, César dice en su "Nota final" que "Verne es un género en sí mismo (...) Nos enseñó a no perder jamás la inocencia ante la prodigiosa realidad de la naturaleza y el universo, a conservar intactas la curiosidad y la capacidad de asombro".  Y esto es algo que suscribo totalmente.

Admiro y conozco a César Mallorquí a través de las redes. Sigo su magnífico Blog y ahora estoy empezando otra de sus obras, La estrategia del parásito (un título muy apropiado para una pandemia). Soy 5 años mayor que él, lo cual explica que él no sepa la canción "Marcianita" ni quién fue Billy Cafaro, cosas que los de mi quinta conocemos bien. Pero, a pesar de eso, César y yo bebimos de las mismas fuentes literarias y a los dos nos gustan Verne, Tintín, Richmal Crompton y su Guillermo Brown, H.G.Wells, Conan Doyle, Kipling, Clarke, P.G. Wodehouse... Y eso significa, salvando las distancias de que ahora él las escribe y yo las leo con avidez, que somos hermanos y compañeros de aventuras por siempre jamás.
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