Yo estoy convencida de que la civilización tal como la conocemos empezó cuando una mujer (seguro que fue ella), allá en su caverna prehistórica, decidió que ya estaba bien de aprenderse las cosas de memoria y de usar los dedos para saber las tareas pendientes y empezó a hacer listas con ellas:
Quitar telarañas de la cueva
Ordenar por tamaños los huesos de mamuts
Tirar a la basura las pinturas sobrantes de la última vez que el niño pintó machanguitos en las paredes...
Fue en ese momento sublime cuanto todo se organizó y empezó la cultura, todo orden y comprensión.
Sí, ya sé que hay gente que vive en un caos acogedor y cariñoso: pilas de libros en el suelo (¡y sin orden alfabético!), ropas de verano rebujadas con las de invierno, gavetas en las que pueden convivir un salchichón y una cafetera... Incluso en un libro que leí hace poco ("Intimidad improvisada" de Máximo Huerta), el autor cuenta que a él denle un buen caos, que el orden le recuerda a los guerreros chinos de Xian y le da repelús. Y tampoco es eso. Yo, que soy de las organizadas, tengo mi mesa de trabajo con un saludable desorden. Pero pienso que si no fuera por nosotros, los hacedores de listas, el mundo no funcionaría.
Yo hago listas desde siempre. Listas de la compra, claro; pero también listas de lo que voy a decir a mi hija cuando hablo con ella cada día:
¿Llamaste al oculista?
Terminé un libro que te va a gustar
Te llevo aguacates mañana
Se me estropeó el IPad ¿qué hago?...
O listas de cosas bonitas que pasan cada semana:
Lunes: atardecer precioso
Martes: Compré cerezas riquísimas en la Frutería
Miércoles: Hablé con mi amiga X después de tiempo inmemorial ...
O listas de libros que leo cada mes. O listas con los casi 600 artículos que tengo publicados en este Blog. O listas de menús que hago cada vez que invito a alguien. O de regalos que hago y me hacen cada día de reyes...
En un libro precioso que acabo de terminar -"El infinito en un junco" de Irene Vallejo- y que es una historia del libro desde sus orígenes, nos dice que la escritura nació precisamente como un ejercicio de contabilidad y por eso en la literatura, que es un reflejo del mundo, siempre se hace inventario: la lista de naves griegas de "La Iliada", los 10 mandamientos de la Biblia, las cosas de cada habitación que Perec enumera en "La vida instrucciones de uso", o las 164 listas que la escritora japonesa del siglo X, Sei Shonagon, nos cuenta en su "Libro de la Almohada" bajo títulos tan sugerentes como "Cosas que aceleran los latidos del corazón", "Cosas que deben ser breves", "Cosas que pierden al ser pintadas" o "Personas que parecen satisfechas de sí mismas".
En las novelas policiacas hay siempre un momento en que el investigador hace una lista: de sospechosos, de indicios, de resultados. Y en las de Harry Potter, su mundo se empieza a ordenar cuando lo admiten en el Colegio Hogwarts y lo primero que hacen es darle una lista de todo lo que necesita (en la imagen final):
Tres túnicas sencillas de trabajo (negras)
Un sombrero puntiagudo
Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante)
Una varita
Un caldero (peltre, medida 2)...
Vivimos entre listas. Cada fin de año se nos invita a hacerlas: de propósitos de año nuevo o de los libros (o películas o viajes o eventos o discos) que más nos han gustado. Es el deseo de seleccionar ("Las mil ochenta recetas de cocina" de Simone Ortega, por ejemplo. ¿Por qué esas y no otras?), pero también de ordenarnos la mente y la vida. Irene Vallejo en el libro mencionado dice que las mejores listas son "las que acarician los detalles y la singularidad del mundo, impidiendo que perdamos de vista aquello que es valioso". También para mí, la maniática de las listas, son parte de mi autobiografía y, aunque rompo y tiro la mayoría una vez cumplido su fin, son la llave frente al caos para organizar mi mundo.









