De todas las novelas de García Márquez la única que he releído y varias veces (ustedes saben que solo lo hago con las que me gustan muchísimo) es "Crónica de una muerte anunciada". Esa novela tiene uno de los comienzos más sencillos y a la vez más estremecedores que he leído: El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5,30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Todo el relato tiene algo de fatum, de la fuerza del destino, de que, hagamos lo que hagamos, no podemos evitarlo porque es nuestro sino. Así de frágiles somos los humanos.
Lo he recordado ahora porque este mes sentí lo mismo cuando vi morir en el mar a uno de mis amigos. Y como en la "Crónica...", hubiera podido contarlo diciendo que, media hora antes de perderse en el mar, Eduardo nos saludó con su cordialidad habitual, mientras mi marido y yo nos sentábamos en hamacas a su lado frente a las piscinas naturales del club de Bajamar. Hablamos de que ese día, el 3 de mayo, nos habíamos animado a bañarnos por primera vez en el año. El día estaba soleado, con una brisa agradable que se agradecía y la temperatura del agua, 20º, era ideal. En Bajamar al lado del mar hay 4 piscinas naturales: 2 pequeñas, la grande y otra, también grande, a la que llamamos "la negra" porque su fondo es de rocas. Cuando es la pleamar, como aquel día, la mayoría nos bañamos en esta, a la que el agua llega con menos fuerza. Pero a Eduardo le gustaba la otra, con las olas retumbando sobre su cabeza y la sensación de estar en el centro del mundo, sintiendo caer la espuma sobre el cuerpo.
Eduardo era del grupo de amigos con los que solemos hablar en el club. Hemos hecho viajes y comidas juntos y él fue, aunque nunca lo supo, mi "amigo invisible" en la fiesta de Navidad. Era afable y muy querido por todos y, aunque no tuve grandes conversaciones con él, sé que adoraba dos cosas. Una fue la música: un cuarto de hora antes de morir, mandó a un amigo común cuatro wasaps con el Bolero de Ravel, "Suspiros de España" de Rocío Jurado, "Los cuatro muleros" de Pepe Marchena y "La mazurca de las sombrillas" de la zarzuela "Luisa Fernanda". Otro de sus amores era el mar y ese día no veía la hora de bañarse, no quiso ni pararse a comprar fruta -contaba su mujer, conmocionada- por la prisa por llegar.
Cuando nosotros ya nos íbamos a la 1, él, que había estado hablando con unos y con otros, se despidió, dijo que ahora le tocaba a él y se dirigió a la piscina grande. Nosotros lo vimos caminando tranquilo por el borde exterior. La marea estaba muy alta pero nada que ver con las grandes mareas de septiembre. Me paré para verlo meterse dentro de la piscina y lo vi tirarse allí de pie, en una gozosa zambullida, de esas que alegran el alma. Fue la última vez que lo vi vivo. Cuando a los 10 minutos salí del vestuario ya no estaba.
Después vendría el rescate del mar, los esfuerzos inútiles por revivirlo y el llanto desconsolado de los suyos. Pero yo sé que siempre recordaré la zambullida, ese momento de gloria del que disfrutó plenamente antes de que el mar lo reclamara como suyo. Tuvo una vida larga y feliz, y al final murió como Machado pedía hacerlo en su "Retrato": Y cuando llegue el día del último viaje, / y esté a partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar.



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