lunes, 28 de octubre de 2024

Una propuesta lectora: "El olor de la primavera en tu piel"


La semana pasada mi hija, Ana González Duque, publicó su novela número 11 y, por supuesto, tachááán, me toca hablar de ella, que para eso soy una de sus fans y su lectora cero por excelencia (me lo curro, leo sus novelas en busca de erratas o para dar sugerencias hasta 4 veces). 

Bueno, pues te cuento. Es la segunda de una cuatrilogía en un pueblecito inventado, Silver Hill, y cada uno de los libros está dedicado a una estación y a un sentido. Del invierno y el gusto trató el primero, publicado el año pasado, Días de invierno con sabor a jengibre; y de la primavera y olfato esta segunda novela, El olor de la primavera en tu piel, que se explicita desde el título y desde el mismo comienzo: "El aire olía a primavera en Silver Hill. La naturaleza que rodeaba la pequeña ciudad que la había visto crecer impregnaba sus sentidos de tierra mojada, aderezada con una pizca de sal que el viento traía del mar cercano. Caroline aspiró con deleite...".

Y esta es, precisamente una de las cosas que más me gustan del libro, porque apenas se suele hablar de los olores y, sin embargo, esta novela, sensual y colorista, está llena de ellos. Se habla del olor a sol, del olor de la librería de Oliver —"a libros, a papel, a madera"—, de que Tom "seguía llevando la misma colonia con olor a naranjas y a sándalo de su adolescencia", del olor a pan caliente, a tomates cocinados a fuego lento, a especias, del aroma de Oliver a champú y a tentación, del olor a masa horneada y comida casera, del olor a cerrado... O de la brisa fresca que traía esencia de madera, cedro y tomillo a la fina nariz de Caroline. Porque Caroline, aunque trabaja como abogada, es lo que en perfumería se llama una nariz, una persona con una gran sensibilidad para los olores. Así lo vemos cuando su hermano David la encuentra trajinando con perfumes y rodeada de pipetas de cristal y del tufo de aceites esenciales. Y cuando, en otra escena, se permite descubrir, por el olor, los ingredientes de un ragú: " —Déjame adivinar. ¿chocolate negro? —Tom asintió. Caroline acercó la nariz al ragú y olisqueó: —Canela —repuso pensativa—.Y cardamomo. Clavo también.  Laurel.".

Así que claro que te recomiendo esta novela, porque nos lleva a casa, a aromas que nos hacen recuperar la memoria de lo que fuimos. Pero también porque sus cuatro personajes principales —Caroline, Tom, Oliver y David— nos hablan de segundas oportunidades, de reconducir nuestra vida si no somos felices con lo que hacemos y de aceptarnos a nosotros mismos si queremos que los demás también lo hagan. Y de ese pueblecito, Silver Hill, mezcla de todos los que hemos vivido, en los que todo el mundo se conocía y las cosas llevaban un ritmo propio.

Una novela amable que se termina con una sonrisa. Muchas veces algo así viene muy bien.

P.D.: Si te apetece leerla, puedes conseguirla en papel en la web de Ana, dedicada y con solapas. También, tanto en ebook como en papel, en Amazon. Y en las librerías Agapea, Lemus y El barco de papel.

La ilustración de la portada es de mi nieta, Eva de José.

Y este es el booktrailer, hecho por mi nieto David de José (Trabajo en familia, que no se diga :-D).


lunes, 21 de octubre de 2024

Satélites, cometas, ovnis...: Sorpresas en el cielo


Este sábado pasado estaba mi sobrina con amigos por la noche en Vilaflor, el pueblo más alto de Canarias a la vera del Teide, cuando vio algo extraño: un rosario de luces que se movía a la vez en una línea brillante sobre el cielo nocturno. Parecía un batallón de drones a punto de atacar la Tierra. De hecho en el vídeo que nos mandó se oye a uno diciendo con cachondeo aquello de "Hay tiempo de comer" que alguien dijo cuando lo del volcán de La Palma. Se oyen también voces asustadas: "¿Pero qué es eso?", "Ni idea", "Grábalo, grábalo"...  Después se supo que era el tren de satélites Starlink de Elon Musk, el sistema desarrollado por SpaceX, que tiene como objetivo que Internet llegue hasta las regiones más remotas del mundo. Cada uno de estos trenes contiene entre 15 y 56 satélites. Ahora hay cerca de 6000 orbitando la Tierra, pero quieren expandirse a 42000. ¡Vamos a tener satélites hasta en la sopa!

A la misma hora, sobre las 9,30 de la noche, yo estaba con mi marido en el balcón de casa, mirando también el cielo. La noche era oscura, sin luna y despejada de nubes, al contrario que en días anteriores. Había estrellas aquí y allá y saqué los prismáticos para ver si había suerte y, esta vez sí, veía por fin el cometa Tsuchinshan-Atlas (para mí, ahora que le tengo confianza, el Suchinchán). En casa tenemos una cierta querencia a los cometas, esos viajeros del universo que nos visitan de vez en cuando llenándonos de preguntas. Es así desde los años 70 cuando mi marido los empezó a estudiar para su tesis doctoral que nunca terminó. Entonces era el Kohoutek (hasta mis hijos se sabían el nombre cuando eran pequeños de tanto que lo oían), pero también fuimos todos a ver el Halley en el 86 como quien va a una fiesta. Así que esta semana me daba rabia perderme el Suchinchán, pero de pronto, mientras recorría el cielo despacio con los prismáticos, allí estaba por fin, en el oeste al lado de dos estrellas, un poco difuso pero claramente reconocible con la cola hacia arriba como un velo de novia.

Fue un momento emocionante que nos hizo recordar otros muchos momentos asomados al universo: noches memorables estrelladas como si fueran a caer sobre nuestras cabezas, como en una historia de Astérix; los primeros satélites que vimos en las noches de Bajamar moviéndose en un viaje regular y seguro; y, por supuesto, aquella vez que nos visitó un ovni. Eran los tiempos (años 70 también) en que mi marido trabajaba en el Astrofísico del Teide, a donde subía cada 2 noches. Él estaba dentro del Observatorio cuando el observador le avisó, desde fuera, que "ya están estos aquí": Los habían vislumbrado noches antes y esa noche vieron claramente un objeto volador no identificado parado a gran altura sobre el Puerto de la Cruz. Estuvo allí un rato y luego se empezó a mover hacia el Teide. En ese momento lo captaron en el telescopio y vieron que era alargado y se movía hacia dentro y hacia fuera. Y luego, empezó a alejarse de la tierra en dirección radial, más y más lejos hasta que se perdió por esos mundos. Cuando por la mañana mi marido se lo contó al director del Observatorio, este le aconsejó que no dijera nada, no sea que tuvieran que lidiar con periodistas durante todo el mes. Lo cuento ahora porque imagino que, después de 50 años, ya no pertenece al secreto del sumario.

Así que ahí hemos estado siempre, igual que esta noche movidita del sábado, mirando hacia los cielos y preguntándonos miles de porqués: ¿De dónde vienen las estrellas? ¿Hay vida en otros mundos? ¿Cuál es la fuerza que mueve a los cometas y al universo entero? ¡Qué son los agujeros negros? ¿Por qué todo este despliegue de luz, calor y espectáculo? Y, sobre todo, ¿qué pintamos nosotros ante esta inmensidad?

¡Cuántas noches más nos deleitaremos ante un cielo tan familiar y a la vez tan desconocido! ¡Cuánto más conocerán los hombres en noches de contemplación a las estrellas! ¡Cuántas sorpresas nos guarda el cielo aún! Y como diría Mafalda, después de que el hombre pisó la Luna, ¡cuánto material de pisoteo queda todavía!


(La imagen inicial me la mandaron sin decirme el autor. La del final, los satélites en formación en el cielo nocturno, está tomada del vídeo que mi sobrina me mandó el sábado 19 por la noche )


lunes, 14 de octubre de 2024

Lo que nos depara el día

 


Yo tenía una compañera malencarada  que, cuando llegábamos por la mañana a trabajar y le decíamos "buenos días", nos bramaba: "¿Qué tienen de buenos?".  Siempre pensé que esa no era la mejor manera de encarar lo que nos deparara el día.

Ahora tengo amigos con buenos deseos que me predisponen para disfrutar cada momento del día. Como mi amigo Chano, todo un filósofo, ya quisiera Marco Aurelio, que cada día me saluda con sabios consejos  para vivirlo mejor; o Chari, que atrapa amaneceres a cual más esperanzador y los comparte con los que quiere; y otros, como Marian o José Luis, que mandan temprano canciones como la Zamba del tiempo nuevo, de Los Trovadores, tan poética ella ("Subía el alba como un pañuelo del amanecer y en la zamba del tiempo nuevo comenzó a crecer...") o Esta vida  ("Me gusta el olor que tiene la mañana. Me gusta el primer traguito de café. Sentir como el sol se asoma a la ventana y me llena la mirada de un hermoso amanecer...").

Esas, esas son las mejores maneras de encarar el día.: con curiosidad, con apego, con asombro, encontrándonos ratos luminosos y sorpresas inesperadas. Esta semana, por ejemplo, mareas impresionantes con olas largas de espuma blanca bañando las orillas de la isla; comidas tranquilas al lado del mar oyendo su lenguaje; tardes serenas de lectura en las que una se adentra y vive otras historias; conversaciones con amigos en las que se procura descifrar el mundo; e intentos de ver un cometa escurridizo con nombre impronunciable que se esconde cuando miramos hacia el oeste, tras la puesta de sol.

Todo es válido en el día a día y hasta lo imposible se hace cercano. Y así me veo contemplando el cielo esperando hasta el milagro de una aurora boral. ¿Por qué no? El sol tiene en este momento una intensa actividad y se han visto en otros sitios alejados del norte, como en localidades de Cataluña, Madrid, Murcia, Granada, Segovia, Badajoz... y hasta en La Palma, ahí al ladito como quien dice. Y aunque parezca mentira, el cronista Lope Antonio de Guerra ya dejó escrito en 1770 que "el 18 de enero poco después de una hora de puesto el sol, se divulgó en esta ciudad el rumor de que quizás en los Montes de Taganana se había prendido fuego atendiendo a que aquella parte del cielo parecía extremadamente inflamada, roja y bañada de resplandor más vivo; pero habiéndose observado con alguna más atención, se conoció que era una Aurora Boreal. La noche, aunque fría, estaba serena, las nubes corrían bastantemente dispersas, la inflamación y color sanguíneo se extendía por toda la parte del norte desde el Oriente, hasta algunos grados más allá del occidente con una luz a la verdad muy extendida, pero nada tumultuosa, agitada, ni vacilante." Y también Viera y Clavijo corroboró todo esto en su Carta filosófica sobre la aurora boreal, observada en la ciudad de La Laguna de Tenerife la noche del 18 de enero de 1770".

Y aquí me ven, pertrechada con prismáticos y manta esperancera, en la azotea de mi casa, espoleada por los buenos deseos desde la mañana y esperando en los cielos lo extraordinario. Si ocurrió una vez, ¿por qué no más veces? Todo es posible en días que empiezan con tan buenos augurios. Y miren por dónde igual me voy a ahorrar un viajito a Finlandia.

lunes, 7 de octubre de 2024

¿Quién se acordará?


Ustedes saben que Bécquer no era la alegría de la huerta ¿verdad? Pero francamente con la rima LXI se pasó. Basta acordarse de "¿Quién en fin al otro día, / cuando el sol vuelva a brillar, / de que pasé por el mundo / ¿quién se acordará?". Si él viera la cantidad de gente que se acuerda de él, las calles y plazas que llevan su nombre y los libros que todavía repiten sus poemas, le habría dado un patatús y se le habría quitado la depre de un plumazo.

Aparte de eso, al pobre le tendríamos que haber explicado que, según la sabiduría popular, hay además tres vías para que se acuerden de nosotros: tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro. Y él de eso último está sobrado. Así que cuando nos dé el melancólico y nos pongamos a suspirar en plan Bécquer, repasemos nuestra vida y miremos a ver si hemos acatado los tres consejos. 

Yo, por mi parte, del primero no me puedo quejar, lo he cumplido con creces. Hay en este mundo 6 personas (mis 2 hijos y mis 4 nietos) que existen porque yo existo. Espero entonces que recuerden a la madre con la que jugaron y cantaron y a la abuela que les enseñó a hacer pizza.

Por lo de plantar árboles, esta semana he plantado, con la ayuda de mi marido, un mandarino, un aguacatero y un nectarino. Con los 3 tenemos ya en la huerta unos 40 árboles (sin contar la palmera, el drago y el falso pimentero) que nos dan sombra, descanso, refugio ¡y frutas de vez en cuando! Leí que un árbol enfría igual que 10 aires acondicionados funcionando continuamente, que absorbe 2900 litros de agua de lluvia (será cuando llueve) y que filtra 28 Kg. de polución en el aire. Solo por eso, y no por el recuerdo de quién lo plantó, ya merece la pena rodearse de ellos. Y me gusta pensar que todos mis árboles están conectados entre sí por medio de las raíces. como dendritas en una red neuronal (como describe Peter Wohlleben en La vida secreta de los árboles) y que en el fondo saben quiénes somos sus cuidadores y nos recuerdan a su manera.

Y respecto a escribir un libro ¿creen que el que quiera que juzgue si hemos obedecido los tres preceptos me lo convalidará  por los 800 posts (801 con este) que cumplí la semana pasada? Desde el 2008, año de mi jubilación, aquí he estado semana tras semana. Creo que solamente por el empeño y la constancia me tendrían que firmar el papelito ¿no?

Y aunque luego "al otro día, cuando el sol vuelva a brillar" no se acuerde de nosotros ni el chico de la gasolinera, consuela pensar que, quieras que no, vamos dejando una huella por aquí, un arbolito por allá y una sonrisa como recuerdo de que pasamos por el mundo. Alguien lo captará, seguro. Y si no, ¿quién se va a enterar?

lunes, 30 de septiembre de 2024

La niña



En muchas casas, la más pequeña de la familia o la única es la niña (o el niño, claro), el eje, el centro de atención, aquella por la que se iluminan las miradas. Y muchas veces ese nombre, la niña o nena, sigue usándose toda la vida. A dos de mis amigas las llaman Nena por eso mismo y a mi tía Nena nadie la conoció nunca por su verdadero nombre.

En mi familia la niña fue mi hermana, la más pequeña, y 20 años después mi hija, primera hija, sobrina y nieta. Pero después, durante mucho tiempo, la niña fue Isa, mi sobrina, a la que pueden ver en la imagen inicial cuando era pequeña. A ella le dedicó mi hija Ana una "Oda a Isabel" en agosto del 91, cuando la niña tenía casi dos años:

La niña tiene un pez

en la mirada,

un pez atado

de pies y manos a la vida. 

Una casa sin umbrales

que ensombrece 

la nariz dulce y pequeña.

Isabel,

el viento te hiere las alas

y tu risa,

anclada en el silencio,

te salpica la espuma

de la infancia

por la cara.

La "niña" es ahora médico rehabilitadora y esta semana pasada ha cumplido 35 años. Sigue teniendo la mirada dulce y la sonrisa ancha y esa alegría contagiosa y vital que Ana supo adivinar. Pero ya no es "la niña". El título ha pasado ahora a su hija de 5 meses, Lucía, un bebé precioso de ojos almendrados y sonrisa luminosa que nos tiene embobados. En Galicia cuentan que existen unos duendes, los meniñeiros -visibles solo a los niños-, que enseñan a reír a los pequeñitos. Solo así se explica que se rían tanto y sin motivo aparente. Y nosotros les devolvemos el eco de sus sonrisas.

Dichosas las familias que se perpetúan y en las que nacen niñas y niños que llenan las casas de ternura y risas. Dichosas las familias que coleccionan infancias y llenan de amor a sus niños, porque estos irrumpen en su vida y la transforman, la descolocan y la enriquecen. Y una infancia feliz, como diría Camus, hace adultos sin resentimientos.

"Estos días azules y este sol de la infancia". Es el último verso que escribió Antonio Machado.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Cuando fuimos chicos y chicas de Preu



El sábado pasado pusieron en Cine de Barrio en la 1 la película "Los chicos del Preu". Dirigida por Pedro Lazaga en 1967, en ella actúan muchos de los actores conocidos de la época. Los chicos eran Emilio Gutiérrez Caba, María José Goyanes, Cristina Galbó, Óscar Monzón y unos jovencísimos Karina y Camilo Sesto, que entonces todavía se llamaba Camilo Blanes. Los mayores (padres y profesores) eran José Luis López Vázquez, Alberto Closas, Gemma Cuervo, José Orjas, Mary Carrillo, Luisa Sala, Margot Cottens, Rafaela Aparicio (siempre de criada) y un largo etcétera.

Dado que 3 años antes (curso 64-65) yo también fui una chica de Preu con 16 años y que esto es hoy materia de recuerdo y de nostalgia, no me perdí la película, haciendo a la vez un ejercicio de comparación. ¿Éramos así de saltarines nosotros? La primera escena, en la que aparecen los chicos corriendo desalados por la calle jajaja jujujú, me preparó para un no. Pero luego me tuve que confesar a mí misma que sí, que nos parecíamos. Les cuento.

Los chicos de mi Preu, igual que en la película, llevaban a clase chaqueta y corbata en ocasiones especiales, sobre todo a los exámenes. La foto inicial lo atestigua. Era en mayo de 1965 en el instituto de Santa Cruz, el único que existía entonces. No sé si se celebraba algo pero ahí estamos todos muy peripuestos.

En clase y en todos sitios se fumaba, no tanto a lo mejor como en la Facultad que vivíamos inmersos en una nube de humo tóxico, pero bastante. En la foto final, hay un alumno y dos profesores fumando. En la película (en el bar, en el estudio, en la discoteca) todo el mundo tiene un cigarro en la mano y no aparecen los raros (como yo, que nunca he fumado). 

A los profes se les llamaba de Don. En la foto final aparecen Don Gregorio, Don Leandro, Don Sebastián... pero también nos dieron clase Don Federico, Don Juan, Don Antonio, Don Basilio, Don Roberto... A algunos les poníamos nombretes (como El 4 y medio de Alberto Closas), pero con nombrete y todo, los respetábamos un montón. Eran señores mayores y ese año incluso a uno le dio un infarto en clase y se murió al día siguiente.

En los bailes les doy mi palabra de honor que se bailaba así, con saltitos y brazos serpenteantes, como en la película. Una de las chicas incluso sin música sigue haciendo contorsionismo. Solo que nosotros, en vez de en discotecas, organizábamos guateques en las azoteas de los amigos: picú, discos, bocadillos y sangría, y, hala,  a dar saltos (con algún baile agarrado en medio para hablar con el chico que nos gustaba).

Mi Preu, como el de la película, era mixto, la primera vez para mí que estábamos chicos y chicas juntos, después de los 10 años de colegio. Y también hicimos pandillas y amistades que perduran hasta hoy y excursiones y hasta un viaje de fin de curso a Lanzarote que  nos devolvieron los chicos de allí ¿Nos divertíamos? Claro que sí.

Había chicos en grupos musicales, como el de Camilo Sesto en la película. Y gente como él, que en Preu eligió otro camino. 

Era un curso duro porque se exigía mucho y nos jugábamos la entrada en la universidad. Y como en la película, fuimos juntos a ver las notas del examen final en la Facultad y los "no aptos" eran tantos como los "aptos".

Claro que había diferencias. Creo que ninguno trabajaba y menos cargando cajas en la recova, como hace el personaje de Emilio Gutiérrez Caba. Y tampoco había laboratorio de Química, no éramos tan avanzados. Pero éramos jóvenes y el amor, la amistad, la familia siempre son los temas eternos. Ni nos planteábamos que la vida tiene un plazo; al contrario, se extendía por delante de nosotros para hacer con ella lo que quisiéramos. Algunos de los que aparecen en las fotos nos convertimos con el tiempo en profesores, pero también hay un político, un notario, un farmacéutico... Hay quien murió joven y hay quienes todavía estamos aquí pensando en lo que fuimos y en lo que somos.

Me gustó la película.



lunes, 16 de septiembre de 2024

Pa lo que hay que oír...



Me mandan esta semana uno de esos memes en el que alguien supuestamente de mi edad se percata de algunas amargas realidades: que todo está más lejos, que los peldaños de las escaleras son mucho más altos, que la ropa la hacen ahora más apretada, que la gente joven es más joven que cuando yo lo era y que la gente de nuestra edad es mucho más vieja que yo, que los espejos ya no son tan nítidos como antes... En fin, todo eso que acompaña al paso de los años y de lo que eres consciente cuando el futuro se te achica.

Y a ver, no digo que no sea verdad para algunos, pero creo que todos deberíamos fijarnos y emular a Clint Eastwood que acaba de cumplir 94 años y sigue  tan pimpante trabajando delante y detrás de las cámaras. Cuando el cantante de country Toby Keith le preguntó que qué hacía para seguir activo y brillante a su edad, le contestó: "Cuando me levanto todos los días, no dejo entrar al viejo". Con esa frase, "No dejes entrar al viejo en ti", Keith compuso una canción. Y esa canción debería acompañarnos cada vez que nos levantamos por la mañana y nos miramos al espejo. Deberíamos prescindir de ojeras, despelujes y arrugas y decirnos lo de: "¡Mecachis, qué joven soy!".

Eso sí, de la lista de cosas que nos mandaron hay un cambio en la realidad con el que estoy totalmente de acuerdo: que no sirve de nada pedirle a la gente que hable más claro y más alto, porque todos hablan ahora tan bajito que no se les entiende casi nada. ¿Se acuerdan de aquella canción que decía: "Ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor..."? Pues yo no sé si son palabras de amor, pero musitar, ya lo creo que musitan.

Luego, a los amigos bienintencionados que me dicen que por qué no me pruebo un audífono, les tengo que aclarar que yo no es que esté sorda sino que son los demás los que musitan, murmuran y hablan como si estuvieran en la iglesia. ¡Si hasta los fuegos del Cristo de la semana pasada que para mí en otros tiempos eran atronadores y que los he oído siempre desde mi casa, 8 km. más lejos, ahora que los presencié cerca (imagen inicial), musitaban y eran ruiditos suaves...!

Y como si el universo conspirara para hacerme creer que estoy sorda, encima me mandan cartas a casa diciéndome que vaya a hacerme pruebas de audífonos gratis y me fríen a propaganda en revistas y redes. ¡Pero si yo tengo la sensibilidad auditiva de un zorro del desierto, que según me han dicho oye a sus presas en sus madrigueras!

Y, además, pa lo que hay que oír...

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