Acabo de leer una novela policiaca (no digo cuál es para que no me acusen de eso que ahora se llama "spoiler" y que en mis tiempos era "chafar el final") en la que una mujer muere envenenada por ahorradora. Antes hay un señor al que envenenan y su hermana recoge todas sus pertenencias para aprovecharlas, entre ellas la pasta de dientes, ¡no va a tirarla casi llena!. Y mira tú por dónde, ahí es donde el asesino había puesto el veneno (nicotina) inyectándolo con una aguja fina. Así que cuando ella se lava los dientes, muere también. En la novela todos dicen: "¡Le está bien empleado por roñosa!". Pero yo digo que nosotros, los de mi generación, también la hubiéramos palmado. A nadie se le ocurre tirar la pasta de dientes a la mitad. Es más, la solemos exprimir tanto que la dejamos boqueando.
Y es que para nosotros, los que vivimos una posguerra, el derroche era pecado mortal. Lo de dejar comida era tan impensable que los platos quedaban relucientes como salidos de un lavaplatos; las botellas se reciclaban y se devolvían vacías a las tiendas; teníamos bolsas de tela para ir a la compra y todavía conservo las del pan, bordadas en casa como corresponde a las mujeres palmeras; los botes de mermelada se lavaban y se usaban otra y otra y otra vez; las medias se llevaban a coger los puntos cuando tenían una carrera (tirar unas medias ¡qué disparate!); las camisetas rotas se tornaban trapos del polvo... Tengo hasta un libro del año de la pera titulado "Las sobras. Las 125 mejores recetas para prepararlas", del que hoy dudo que haya una editorial que ose publicarlo. Antes se aprovechaba todo y las verdaderas sobras (las sobras de las sobras) se ponían en un cacharro para que las recogiera un chico que iba por las casas a por "la comida del cochino".
Y es más: aunque mucha gente no lo sabe, nosotros pertenecimos a la época del templero. El templero es, según el "Tesoro lexicográfico del español en Canarias", un rabo de cerdo con un poco de tocino adherido que sirve para templar, para darle sustancia a un potaje o un caldo que sin él no sabría a nada. Para eso le ponen una cuerda por un extremo y lo meten en la olla donde lo tienen unos minutos. Yo no conocí nunca esa actividad tan pintoresca, pero mis amigas de La Gomera me aseguraron que, cuando niñas, eso era así en los pueblos de la isla. "M'hija, vete a pedirle a Agustina que te preste el templero". Y el templero, que era un bien familiar como cualquier otro, que se guardaba colgado en las cocinas y que hasta se heredaba y todo, iba pasando de casa en casa engañando el hambre de la gente pobre.
Y luego, con el tiempo, nos volvimos ricos y empezamos a derrochar y a tirar alimentos, ropas o muebles que ya no queríamos, y a llenar el mar de plásticos y los montes, de basura y los niños a volverse caprichosos con las comidas...
Sophie Kinsella tiene una serie de libros con una compradora compulsiva ("Shopaholic") como protagonista. Compra cosas que no necesita, se encandila ante las rebajas y los escaparates atractivos, se vuelve loca por los zapatos y, si alguno le hace tilín, se compra otro par igual de otro color. En uno de los libros le sale una hermanastra a la que no conocía y que es todo lo contrario a ella, una persona austera y frugal. Por ejemplo, cuando se van a tomar un café, Becky (la derrochona) le propone a Jess (la austera) que vayan a una cafetería preciosa con mesas de mármol y se pidan un capuchino. Jess le dice que las cafeterías son carísimas, que sus márgenes de beneficio son vergonzosos y que mejor se sienten en un banco del paseo, que ella tiene un termo (de 2ª mano) con café del frugal, hecho usando los posos dos veces. Sabe un poco peor pero se ahorra muchísimo.
¿Entonces, qué? ¿Nosotros debemos ser como Becky, que disfruta de la vida aunque a veces esté en números rojos? ¿O como Jess, que sabe lo que vale un peine y que por eso no se gasta los peniques sin más ni más?
Como siempre, hay que acudir a los clásicos y a Aristóteles en particular: él y su término medio. O como dice mi amiga Conchi, "ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre". Celebremos la nueva conciencia ecológica que busca proteger el medio ambiente y volver a reciclar dentro de un orden. Pero lo que hay que tener muy, muy claro es que nunca jamás vuelvan los tiempos en que alguien tenga que pedirle un templero a su vecina para que la sopa sepa a algo lejanamente parecido a la carne. Y que nada nos impida disfrutar de un buen café no frugal.
Sean felices.







